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A Mi Novia Le Gustan Los Tríos

7912 palabras

A Mi Novia Le Gustan Los Tríos

La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, con ese olor a tacos de la esquina mezclándose con el perfume dulce de mi novia Ana. Estábamos en nuestro depa en la Condesa, ese lugar chido con balcón que da a la avenida, donde el ruido de los coches y las risas de la gente suben como un fondo perfecto para nuestras locuras. Ana, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas, se recargaba en mi pecho mientras veíamos una peli en Netflix. Llevábamos un año juntos, y neta, cada día me volvía más loco por ella. Sus curvas, ese culazo que se mueve como hipnosis, y unos ojos negros que te clavan hasta el alma.

¿Y si le propongo algo más salvaje? pensé, mientras mi mano bajaba por su espalda, sintiendo el calor de su piel a través de la blusa ligera. Ella giró la cara, su aliento fresco con sabor a menta rozándome los labios.

Órale, carnal —dijo con esa voz ronca que me pone a mil—, ¿en qué piensas? Siento tu verga dura contra mi nalga.

Me reí bajito, besándola en el cuello, oliendo su shampoo de coco que me enloquece. Ahí fue cuando soltó la bomba, como si nada, mientras jugueteaba con mi pelo.

—Sabes, a mi novia le gustan los tríos —susurró, y se mordió el labio, mirándome con picardía—. Neta, siempre he fantaseado con uno. Contigo y otra chava, explorando todo.

Mi corazón dio un brinco, la sangre me subió caliente por todo el cuerpo. ¿Era en serio? Ana no era de las que bromea con eso. Recordé cómo en la cama siempre me pedía detalles sucios de mis aventuras pasadas, cómo gemía más fuerte imaginando manos extras en su cuerpo. El deseo me picaba en la piel, un hormigueo que bajaba directo a mi entrepierna.

¿Y por qué no me lo dijiste antes, mamacita? —le respondí, apretándola más, sintiendo sus tetas firmes contra mí.

Ella sonrió, ese hoyuelo en la mejilla que me derrite. —Porque quería ver si tú también te animabas, pendejo. Mi amiga Carla siempre anda coqueteando contigo. ¿Qué tal si la invitamos?

Carla. La neta, era una bomba: rubia teñida, cuerpo de gym, con un culo que desafía la gravedad. La habíamos visto en fiestas, y siempre había esa chispa. El pulso se me aceleró, imaginando sus lenguas enredadas, sus cuerpos sudados chocando contra el mío.

Al día siguiente, el sol de mediodía entraba por las cortinas, calentando las sábanas donde Ana y yo nos revolcábamos perezosos. Mandamos un WhatsApp a Carla: "¿Vienes a platicar y unas cheves? Trae ganas de aventura". Ella respondió con un emoji de diablito y un "Ya mero llego, cabrones". La tensión crecía como una tormenta, el aire se sentía cargado, espeso con anticipación. Ana se duchó primero, saliendo envuelta en una toalla que apenas cubría sus muslos, gotas de agua resbalando por su piel como invitación. Yo la miré, mi verga ya semi-dura solo de verla.

¿Y si se arrepiente? ¿Y si Carla no se anima?
me dije, pero Ana me calló con un beso profundo, su lengua danzando con la mía, sabor a jabón y deseo puro.

Carla llegó puntual, con un vestido rojo ajustado que gritaba "cómeme". Traía chelas frías y una sonrisa pícara. Nos sentamos en el sofá, el sonido de la ciudad allá abajo como un rugido lejano. Hablamos pendejadas al principio: del tráfico culero, de la nueva taquería en Polanco. Pero el alcohol soltó las lenguas. Ana, con las mejillas sonrojadas, confesó:

Mira, Carla, a mi novia le gustan los tríos, y pues... aquí estamos.

Carla soltó una carcajada ronca, sus ojos verdes brillando. —¡Neta! Yo también ando con antojo de algo heavy. ¿Listos para jugar?

El ambiente cambió en segundos. Manos rozándose "accidentalmente", risas nerviosas. Yo puse música, un reggaetón suave con bajo que vibraba en el pecho. Ana se paró primero, bailando lento, sus caderas moviéndose como serpiente. Carla la siguió, pegándose a ella por detrás, manos subiendo por su cintura. Yo las vi, hipnotizado: el contraste de pieles, morena y clara, sudando ya bajo las luces. Mi corazón latía como tambor, el olor a perfume mezclado con excitación empezaba a llenar el cuarto.

Ana giró hacia mí, jalándome al centro. Sus labios en los míos, luego en los de Carla. Sentí sus tetas presionando, lenguas chocando cerca de mi cara. Esto es real, pinche paraíso, pensé, mientras mis manos exploraban. Toqué el culo de Carla, firme y caliente, luego el de Ana, suave como terciopelo. Gemidos bajos empezaron: "Ay, sí... más".

La cosa escaló rápido, pero con ese ritmo que te hace roer las uñas de la emoción. Nos quitamos la ropa entre besos torpes y risas. Ana en el centro, yo chupándole las tetas, sintiendo sus pezones duros como piedras en mi lengua, sabor salado de sudor. Carla le lamía el cuello, bajando despacio, sus uñas arañando la espalda de Ana que arqueaba con un "¡Carajo, qué rico!". El cuarto olía a sexo: ese aroma almizclado, húmedo, que te pega en la nariz y te enciende el cerebro.

La tumbamos en la cama, colchón hundiéndose bajo nuestros pesos. Yo entre sus piernas, oliendo su panocha mojada, ese olor dulce y fuerte que me vuelve loco. La lamí despacio, lengua en su clítoris hinchado, mientras Carla le besaba la boca y le masajeaba las tetas. Ana jadeaba, "¡No pares, pendejos! ¡Me vengo!", su cuerpo temblando, jugos calientes en mi boca, sabor ácido y adictivo.

¿Cuánto más aguanto? Mi verga palpitaba, venosa y dura, rozando el muslo de Carla. Ella se giró, mamándomela entera, garganta profunda que me sacó un gruñido gutural. Ana se unió, las dos lenguas en mi tronco, saliva chorreando, miradas lujuriosas arriba. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados, pieles chocando. Sudor nos pegaba, el calor de tres cuerpos enredados como fuego líquido.

Cambié posiciones, metiéndosela a Ana despacio, sintiendo su concha apretada envolviéndome, caliente y resbalosa. Carla se sentó en su cara, Ana lamiéndola con ganas, "¡Qué chingona lengua tienes, amiga!". Yo empujaba rítmico, bolas golpeando su culo, viendo tetas rebotar, olores mezclados en un cóctel embriagador. La tensión subía, mis músculos tensos, corazón retumbando en oídos. Ana se corrió otra vez, gritando contra la panocha de Carla, contracciones ordeñándome la verga.

Carla quería más: "A mí, cabrón, fóllame". La puse en cuatro, embistiéndola fuerte, su culo blanco abriéndose para mí, mientras Ana le chupaba las tetas desde abajo. Gemidos en stereo, "¡Más duro! ¡Sí, así!". El clímax me alcanzó como ola: eyaculé dentro de Carla, chorros calientes, cuerpo convulsionando, olor a semen fresco mezclándose con todo.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a nosotros: sexo puro, sudor, placer residual. Ana se acurrucó en mi pecho, Carla al otro lado, dedos trazando círculos perezosos en mi piel. "¿Ves? A mi novia le gustan los tríos, y neta, fue épico", murmuró Ana, besándome la clavícula.

Me reí suave, el cuerpo pesado de satisfacción, músculos relajados como nunca.

Esto cambia todo, pero para bien. Más noches así, más locuras compartidas.
Carla se despidió al amanecer con un beso largo, prometiendo repetir. Ana y yo nos quedamos en la cama, el sol filtrándose, saboreando el afterglow. Su mano en mi verga floja, la mía en su culo adolorido. En ese momento, supe que nuestro amor se había puesto más intenso, más vivo. La ciudad despertaba afuera, pero nosotros flotábamos en nuestra burbuja de éxtasis compartido.

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