La Pasión de La Pulga Trigráfica
Entré al estudio de diseño en la Condesa, ese rincón chido lleno de pantallas brillantes y el olor a café recién molido mezclado con tinta fresca. Me llamo Alex, y había ido a recoger unos flyers para mi bar. La tipa que me atendió era La Pulga Trigráfica, como se hacía llamar en sus redes. Chiquita, morena, con curvas que no se esperaban en un cuerpo tan compacto, ojos negros que te clavaban como alfileres y una sonrisa pícara que gritaba problemas. "¡Órale, carnal! ¿Vienes por los volantes o por el show?", me soltó mientras se estiraba sobre el escritorio, dejando que su blusa se abriera un poquito, mostrando el encaje negro de su brasier.
Me quedé pasmado, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Su perfume, algo dulce como vainilla con un toque picante, me envolvió. "Los volantes, neta, pero si hay show, no me quejo", respondí, tratando de sonar cool. Ella se rio, una carcajada ronca que vibró en el aire cargado del estudio. Se acercó, sus caderas balanceándose con esa gracia felina, y me tendió la carpeta. Nuestros dedos se rozaron, y juro que sentí una chispa, como estática de impresora. ¿Qué chingados me pasa con esta morra?, pensé, mientras mi pulso se aceleraba.
Pasamos la tarde platicando. Me contó que La Pulga Trigráfica era su alias artístico, porque era chiquita como pulga pero mordía fuerte en el diseño gráfico, con sus trípticos eróticos que vendía en línea. "Mis diseños son triples: capa de seducción, capa de deseo y capa de clímax", dijo guiñándome un ojo. Yo le hablé de mi bar, de las noches locas con salsa y tequila. El sol se colaba por las ventanas altas, tiñendo su piel de dorado, y el sudor perlaba su frente. Cada vez que se movía, el roce de su falda corta contra sus muslos me distraía. Tensionaba el ambiente, como si el aire se espesara con promesas.
Quiero tocarla, wey. Ver si esa pulga pica de verdad.
Al atardecer, le invité un mezcal que traía en mi mochila. "Para celebrar los flyers perfectos", dije. Brindamos, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome las entrañas. Ella se lamió los labios, dejando un brillo rosado, y se acercó más. "Sabes, Alex, tus ojos me dan ideas para un nuevo tríptico. Tú como modelo". Su aliento olía a mezcal y menta, cálido contra mi oreja. Mi verga dio un salto en los jeans, traicionándome. La tomé de la cintura, suave, preguntando con la mirada. Ella asintió, mordiéndose el labio inferior, y me jaló hacia ella.
Nuestros labios chocaron en un beso hambriento. Su boca era suave, jugosa, saboreando a mezcal y deseo. Sus manos subieron por mi pecho, arañando levemente la camisa, mientras yo la apretaba contra mí, sintiendo sus tetas firmes presionando. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su lengua juguetona. La cargué sin esfuerzo –era ligera como su apodo– y la senté en el escritorio, papeles volando al suelo. "¡Eres una chingona, Pulga!", murmuré, besando su cuello, inhalando su aroma almizclado de mujer excitada.
Le quité la blusa despacio, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos como chocolate. Los lamí, succionando uno, sintiendo su sabor salado y dulce. Ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, cabrón, sí!", sus uñas clavándose en mi nuca. El estudio se llenó de nuestros jadeos, el zumbido de las computadoras como banda sonora. Bajé la mano por su vientre plano, metiéndola bajo la falda. Sus calzones estaban empapados, calientes. "Estás chorreando, morra", le dije, frotando su clítoris hinchado. Ella tembló, abriendo las piernas, invitándome.
La desnudé por completo, admirando su cuerpo desnudo bajo la luz tenue. Piel canela, culo redondo, vello recortado en forma de flecha. Se bajó del escritorio y me desvistió a mí, arrodillándose. Su boca envolvió mi verga, caliente y húmeda, chupando con maestría. Sentí su lengua girando, el vacío succionando, sus manos masajeando mis huevos. "No aguanto, Pulga, me vas a hacer venir", gruñí, pero ella se detuvo, sonriendo traviesa. "Aún no, pendejo. Quiero sentirte adentro".
La puse de espaldas sobre el escritorio, su culo alzado como ofrenda. Me coloqué detrás, frotando mi punta contra su entrada resbaladiza. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome, calientes y pulsantes. "¡Qué rico, Alex! ¡Dale duro!", rogó. Empecé a bombear, el slap-slap de piel contra piel resonando, mezclado con sus gritos y mis gruñidos. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire –sudor, fluidos, pasión cruda. La agarras de las caderas, clavándome en ella, profundo, tocando su fondo. Ella se retorcía, masturbándose el clítoris, su coño contrayéndose alrededor de mí.
La volteé, cara a cara, para ver sus ojos vidriosos de placer. Sus tetas rebotaban con cada embestida, yo chupando sus pezones mientras la follaba. "¡Más rápido, wey! ¡Me vengo!", chilló, y su cuerpo convulsionó, ordeñándome con espasmos. No pude más; me corrí dentro, chorros calientes llenándola, mi visión nublándose en éxtasis. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa contra piel.
Después, recostados en el suelo mullido de alfombras, ella trazaba círculos en mi pecho con el dedo. "Eso fue mejor que cualquier tríptico mío, carnal". Reí, besando su frente húmeda. El estudio olía a nosotros, a satisfacción. "Vuelve cuando quieras, Alex. La Pulga Trigráfica siempre tiene espacio para más inspiración". Sentí una paz chida, como si hubiéramos creado arte vivo. Afuera, la noche mexicana rugía con cláxones y risas, pero adentro, solo quedábamos el eco de nuestros cuerpos y la promesa de más mordidas.