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Chispas Ardientes de Tri County Electric

7482 palabras

Chispas Ardientes de Tri County Electric

Era una noche de esas que te pegan como un golpe de calor en el norte, con el aire espeso y pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, sola en mi casita al borde del pueblo, sentía el bochorno colándose por las ventanas abiertas. De repente, pum, se fue la luz. El ventilador se detuvo y el silencio se llenó con el zumbido de los grillos y mi propia frustración. Saqué el teléfono y marqué a Tri County Electric, esa compañía que cubre los tres condados y siempre manda a sus linieros como salvadores.

Órale, ¿y si me toca un wey feo y gruñón? Mejor que venga rápido, que este calor me tiene ya con las hormonas alborotadas.

No pasaron ni veinte minutos cuando escuché el rugido de una camioneta. Bajó él: Marco, con su overol ajustado marcado por el sudor, el cabello negro revuelto y esos brazos que parecían tallados en roble. Olía a tierra mojada y a hombre de trabajo, un aroma que me revolvió las tripas. Me miró con ojos café intensos, sonrisa pícara.

—Buenas noches, jefa. ¿Se fue la corriente? —dijo con voz grave, como ronroneo.

—Sí, wey, y con este calorcito me voy a derretir —respondí, abanicándome con la mano, sintiendo mis pechos subir y bajar bajo la blusa ligera.

Se rio, un sonido que vibró en mi pecho. Subió la escalera con su caja de herramientas, y yo no pude evitar seguirlo con la vista: el culo firme bajo el overol, las venas marcadas en sus antebrazos. Arriba en el tejado, bajo la luz de su linterna, empezó a revisar los cables. Yo me quedé abajo, bebiendo agua fría, imaginando sus manos callosas en mi piel.

La tensión crecía con cada minuto. El aire se cargaba de electricidad, no solo por la tormenta que se avecinaba, sino por esa química que saltaba entre nosotros. Bajó sudado, con gotas resbalando por su cuello bronceado.

—Ya casi, Ana. Hay un cable suelto, pero la neta es que esta red de Tri County Electric a veces se pone pendejísima con las lluvias.

Le ofrecí un vaso de agua. Nuestros dedos se rozaron y ¡zas!, una chispa real, como si el destino jugara. Me miró fijo, y yo sentí el pulso acelerado, el calor subiendo desde mi vientre.

¿Qué chingados? Este wey me está prendiendo como antorcha. ¿Y si le digo algo? No, calma, Ana, no seas lanuda.

La tormenta rompió entonces: truenos retumbando, relámpagos iluminando su rostro anguloso. La luz parpadeó un par de veces antes de volver, pero nosotros ya estábamos en penumbras cargadas de promesas. Se acercó para explicarme el arreglo, su cuerpo a centímetros del mío. Olía a sudor limpio, a jabón y a deseo crudo.

—Listo, jefa. Pero si se va otra vez, me llamas. Día o noche —murmuró, su aliento cálido en mi oreja.

No aguanté más. Puse mi mano en su pecho, sintiendo el latido fuerte bajo la camisa húmeda.

—Quédate un rato, Marco. La tormenta no ha terminado.

Sus ojos se oscurecieron. Me jaló suave pero firme, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a menta y urgencia. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello. Me levantó como si no pesara nada, llevándome al sofá. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer que me erizaban la piel.

El overol cayó al piso con un thud sordo, revelando un torso esculpido por años trepando postes de Tri County Electric. Sus músculos se contraían bajo mis yemas, duros y calientes. Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su clavícula, saboreando ese gusto terroso que me volvía loca.

—Eres una mamacita fuego, Ana —gruñó, mientras sus manos grandes amasaban mis senos por encima de la blusa. La tela se rasgó un poco cuando la arrancó, exponiendo mis pezones duros al aire fresco de la lluvia que ahora golpeteaba las ventanas.

Me recostó, su boca devorando un pecho, lengua girando experta, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo alto. ¡Qué rico, cabrón! Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas que lo hicieron jadear. Bajó más, besando mi vientre suave, inhalando mi aroma de mujer excitada, ese almizcle dulce que lo enloquecía.

Neta, nunca sentí manos así. Callosas, seguras, como si supieran exactamente dónde tocar para volverme gelatina.

Me despojó del short con urgencia, sus dedos rozando mis labios hinchados. Estaba empapada, el calor líquido goteando por mis muslos. Él se arrodilló, ojos fijos en los míos mientras su lengua probaba mi néctar. Lento al principio, lamiendo con devoción, saboreando cada pliegue. Gemí su nombre, caderas moviéndose solas contra su boca hambrienta. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación mezclándose con sus gruñidos bajos, el trueno de fondo amplificando todo.

¡Marco, no pares, wey! ¡Me vengo! —grité, el orgasmo explotando como relámpago, ondas de placer sacudiéndome entera, jugos inundando su barbilla.

Se levantó, quitándose el resto, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso rápido. La acaricié de arriba abajo, lengua lamiendo la punta salada de precum. Él jadeó, caderas empujando suave.

Chúpamela, reina —suplicó, y yo obedecí, engulléndolo profundo, garganta relajada por el deseo. El sabor salado, el olor almizclado de su entrepierna, todo me embriagaba. Lo chupé con hambre, bolas en mi mano, hasta que lo tuve al borde.

Me puso a cuatro patas en el sofá, el cuero pegándose a mis rodillas sudorosas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, qué llenita! Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una rozando mi clítoris interno. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, gruñidos animales.

Agarró mis caderas, acelerando, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Olía a sexo puro, a lluvia y pasión. Me volteó, piernas en sus hombros, penetrándome más hondo, sus ojos en los míos.

Eres mía esta noche, Ana. ¡Dime que sí!

Sí, papi, fóllame duro —rogué, uñas en su culo urgiéndolo.

La intensidad subió: él frotando mi clítoris mientras me taladraba, yo apretándolo con mis paredes, ordeñándolo. El clímax nos golpeó juntos; él rugiendo, llenándome con chorros calientes, yo convulsionando, grito ahogado en su cuello, mordiendo piel salada.

Colapsamos jadeantes, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. La luz de Tri County Electric brillaba estable ahora, pero las chispas entre nosotros seguían crepitando. Me besó la frente, suave.

Qué chido fue eso, jefa. ¿Repetimos?

Reí bajito, trazando su pecho con el dedo.

Neta, este liniero de Tri County Electric acaba de electrocutar mi mundo. Y no quiero que se apague nunca.

La tormenta amainó, dejando un fresco bendito. Nos quedamos así, platicando de tonterías, risas mezcladas con caricias perezosas. Sabía que no era solo un polvo; había conexión, esa corriente que no se arregla con cables. Cuando se fue al amanecer, con promesa de volver, sentí un vacío dulce, un hormigueo persistente que me hacía sonreír sola.

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