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Cuando Alan Parsons Nos Susurro Try Anything Once

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Cuando Alan Parsons Nos Susurro Try Anything Once

La noche en nuestro departamento de la Roma, con sus luces tenues y el aroma a jazmín del difusor flotando en el aire, era perfecta. Tú, sentada en el sofá de terciopelo gris, con un vestido negro ceñido que abrazaba tus curvas como un amante impaciente, mirabas a Marco con esa chispa en los ojos. Él, tu carnal de tantos años, con su camisa entreabierta dejando ver el pecho moreno y tatuado, preparaba unos tequilas en la barra. Neta, esta noche se siente diferente, pensabas, mientras el calor de la ciudad se colaba por la ventana entreabierta, trayendo el lejano bullicio de los carros en Insurgentes.

"Órale, mi reina, ¿qué playlist pusiste?", preguntó Marco con esa voz ronca que te erizaba la piel, acercándose con los vasos en mano. El tequila olía fuerte, ahumado, con un toque de limón que prometía picor en la lengua.

Tú sonreíste, pulsando play en el altavoz. "Algo chido, wey. Alan Parsons, para ambientar". La música empezó suave, etérea, con esas teclas que flotan como niebla. Y entonces llegó Try Anything Once, la canción de Alan Parsons que habías descubierto esa tarde en Spotify. Las notas instrumentales te envolvieron, como un susurro al oído: prueba todo una vez. Tus ojos se encontraron con los de Marco, y sentiste un cosquilleo en el vientre, un deseo que se enredaba como hiedra.

¿Y si lo hacemos? ¿Y si esta noche probamos todo una vez, sin miedos, solo nosotros dos?

Acto primero: la cena. Comieron tacos de arrachera que Marco había sazonado con chimichurri casero, jugosos, con el humo del grill aún en la carne. Cada bocado era un preludio; el sabor salado explotaba en tu boca, y el roce accidental de sus dedos al pasarte la salsa te hacía morderte el labio. "Estás riquísima esta noche", murmuró él, su aliento cálido contra tu oreja. Tú reíste, juguetona: "No seas pendejo, come primero". Pero el aire ya estaba cargado, espeso con promesas. La canción de Alan Parsons seguía de fondo, sus melodías hipnóticas tejiendo la tensión, haciendo que tus pezones se endurecieran bajo la tela del vestido.

Gradualmente, la mesa se olvidó. Marco te jaló al centro de la sala, donde la alfombra persa amortiguaba sus pasos. Bailaron lento, sus manos en tu cintura, firmes, posesivas pero tiernas. Sentías el latido de su corazón contra tu pecho, rápido como tambores taquileños. El olor de su colonia, madera y cítricos, se mezclaba con tu perfume de vainilla, creando un elixir embriagador. "Me encanta cómo te mueves, mi amor", susurró, mordisqueando tu lóbulo. Un gemido escapó de tus labios, suave, como el viento que mecía las cortinas.

La transición al medio acto fue natural, como el tequila bajando ardiente por tu garganta. Sus besos empezaron castos, labios rozando labios, pero pronto se volvieron voraces. Lenguas danzando, saboreando el tequila y el sal de la piel. Tus manos exploraban su espalda, arañando levemente, mientras él deslizaba el vestido por tus hombros, exponiendo tus senos al aire fresco. Qué chingón se siente su boca, pensabas, cuando lamió un pezón, chupándolo con devoción, el sonido húmedo resonando en la quietud. Tus piernas temblaban, el calor entre tus muslos crecía, húmedo, insistente.

"Vamos a la recámara", jadeaste, pero Marco te levantó en brazos, riendo. "Simón, pero esta noche try anything once, ¿va? Como dice Alan Parsons". La frase, sacada de la canción que aún sonaba bajito, te prendió como mecha.

Sí, pendejo, probemos todo. Quiero sentirte en cada rincón de mí.
En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia, se desvistieron mutuamente. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tocaste, piel caliente sobre acero, el olor almizclado de su excitación invadiendo tus fosas nasales. Él te abrió las piernas, admirando tu concha depilada, reluciente de jugos. "Eres una diosa, wey", gruñó, antes de hundir la cara allí.

El medio acto escaló con maestría. Su lengua trazaba círculos en tu clítoris, succionando suave, luego fuerte, mientras dos dedos se curvaban dentro de ti, tocando ese punto que te hacía arquear la espalda. Gemías alto, "¡Cógeme con la boca, Marco, no pares!", el sonido de tus jugos chapoteando, su barbilla brillando. El sudor perlaba vuestros cuerpos, salado al lamerlo de su cuello. Cambiaron posiciones; tú encima, montándolo despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirarte, llenarte. El slap de carne contra carne, rítmico como la música de Alan Parsons que ahora era solo un eco en tu mente.

Pero la tensión subía: querían más. "Probemos algo nuevo", propusiste, voz ronca. Lubricante de vainilla en la mesita, consensual, emocionante. Él se puso de rodillas detrás, masajeando tu culito con dedos untados, entrando uno, luego dos, preparándote. Duele rico, pensabas, el ardor mezclándose con placer. "Dime si quieres parar", murmuró él, siempre atento. "No, wey, métemela despacito". La punta de su verga presionó, abriéndote, centímetro a centímetro. Gritaste de placer-dolor, lágrimas de éxtasis en los ojos. Se movía lento, profundo, sus bolas golpeando tu clítoris, manos en tus caderas. "¡Qué apretadita, mi reina! Try anything once, ¿verdad?". Tú asentías, perdida en sensaciones: el estiramiento, el roce interno, su aliento jadeante en tu espalda.

La intensidad psicológica crecía con cada embestida. Recordabas la canción, Alan Parsons try anything once, y reías entre gemidos, conectados en esa vulnerabilidad compartida. Él te volteó, misionero profundo, besos fieros, confesiones: "Te amo, neta, eres todo para mí". Tus uñas en su culo, urgiéndolo más rápido, el clímax acercándose como tormenta. El olor a sexo impregnaba la habitación, sudor, lubricante, esencia pura de deseo.

El final estalló como fuegos artificiales en el Zócalo. Tú primero, el orgasmo te sacudió, concha contrayéndose, chorros calientes mojando las sábanas. "¡Me vengo, Marco, ay wey!", gritaste, visión borrosa, pulsos retumbando en oídos. Él te siguió, gruñendo, llenándote con chorros calientes, profundos. Colapsaron, entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

En el afterglow, la música había parado, solo el tictac del reloj y el zumbido lejano de la ciudad. Marco te besó la frente, "Fue chido, mi amor. Gracias por try anything once". Tú sonreíste, trazando círculos en su pecho.

Alan Parsons tenía razón. Probar todo una vez abre puertas que no sabíamos que existían. Y con él, lo haría mil veces más.
Se durmieron así, envueltos en paz, el aroma a sexo y jazmín sellando la noche perfecta, con la promesa de más aventuras en el horizonte mexicano.

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