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Trios Caseros Reales que Despiertan el Fuego

7923 palabras

Trios Caseros Reales que Despiertan el Fuego

La noche caía suave sobre nuestra casita en las afueras de la Ciudad de México, con ese olor a tierra húmeda y jacarandas que tanto me gustaba. Yo, Ana, de veintiocho años, estaba en la cocina preparando unos tacos al pastor con esa salsa picosa que a Marco le volvía loco. Él, mi carnal de tres años, alto y moreno como buen chilango, andaba en la sala platicando con Luis, su compa de la prepa que acababa de llegar de un viaje por la costa. Los dos reían a carcajadas con sus chistes pendejos, y el sonido de sus voces graves me erizaba la piel.

¿Por qué carajos me siento así de caliente nomás de oírlos? pensé mientras picaba el cilantro fresco. Luis siempre había sido guapo, con esos ojos cafés intensos y el cuerpo atlético de quien juega fut en las canchas del barrio. Recordé esa vez en una fiesta donde nos miramos demasiado tiempo, y Marco lo notó, pero en vez de enojarse, sonrió con picardía. "Wey, mi vieja es un bombón, ¿verdad?", le dijo esa noche, y Luis solo asintió, rojo como tomate.

Salí con los tacos humeantes, el vapor subiendo con aroma a piña chamuscada y chile. Me senté entre ellos en el sofá viejo pero cómodo de la sala, con las luces tenues y la tele prendida en mute. "¡Órale, Ana, qué rico se ve esto!", exclamó Luis, rozando mi pierna accidentalmente al estirarse por un taco. Su piel cálida contra la mía mandó una corriente eléctrica directo a mi entrepierna. Marco me guiñó el ojo, masticando con calma. "Sí, carnal, mi jefa cocina como los dioses. ¿Y tú qué, Luis? ¿Trajiste esas historias calientes de la playa?"

La plática fluyó como tequila añejo, suave al principio. Hablamos de la vida, del pinche tráfico de la CDMX, de cómo el calor de Acapulco pone a todos cachondos. Entonces, Luis sacó su cel: "Miren esto, weyes. Encontré unos trios caseros reales en la red, de esos que parecen grabados en un depa normalito, bien caseros y neta calientes". Marco se acercó, curioso, y yo sentí un cosquilleo en el estómago. "¿Quieres ver, mi amor?", me preguntó él, con esa voz ronca que me deshace.

Consentí con una sonrisa pícara, y pusimos el video. Eran tres adultos en una cama deshecha, cuerpos sudados moviéndose al ritmo de gemidos reales, no de porno falso. El olor a popcorn quemado en mi mente se mezcló con el deseo que crecía. Mi blusa se sentía apretada contra mis pechos, los pezones endureciéndose bajo la tela. Marco pasó su mano por mi muslo, subiendo despacio, y Luis tragó saliva, sus ojos fijos en mí más que en la pantalla.

"¿Te late, Ana? ¿Te imaginas nosotros así, como en esos trios caseros reales?", murmuró Marco en mi oído, su aliento caliente oliendo a cerveza Corona.

El corazón me latía como tamborazo en una fiesta. Neta, ¿estoy lista para esto? ¿Con mi viejo y su compa? Pero se siente tan chido, tan natural... Asentí, besando a Marco con hambre, mi lengua explorando su boca salada. Luis nos miró, su verga ya marcada en el pantalón. "Si les late, yo estoy puesto, wey. Pero solo si Ana quiere de verdad". Su voz temblaba de excitación contenida.

La tensión se espesaba como el aire antes de la lluvia. Me levanté, quitándome la blusa con lentitud, dejando ver mi sostén negro de encaje que Marco tanto amaba. El sonido de sus respiraciones aceleradas llenaba la sala, junto al zumbido del ventilador. "Sí quiero, cabrones. Vamos a hacer nuestro propio trio casero real", dije, con la voz ronca, sintiendo el poder de mi cuerpo deseado.

Nos movimos a la recámara, nuestra cama king size con sábanas frescas de algodón mexicano. Marco me besó el cuello, mordisqueando suave, mientras Luis se acercaba por detrás, sus manos grandes acariciando mi cintura. Olía a su colonia fresca, mezclada con sudor masculino. "Eres una diosa, Ana", susurró Luis, besando mi hombro. Sentí sus erecciones presionando contra mí, una al frente, otra atrás, y gemí bajito, el calor entre mis piernas volviéndose líquido.

Marco desabrochó mi brasier, liberando mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Los chupó con avidez, su lengua áspera girando, enviando chispas de placer por mi espina. Luis no se quedó atrás; bajó mi short, exponiendo mi tanga húmeda. "Mira qué mojada está tu jefa, wey", dijo, rozando con los dedos mi clítoris hinchado. El roce era eléctrico, suave al principio, luego más firme, haciendo que mis rodillas flaquearan.

¡Ay, Dios, dos hombres tocándome así! Se siente como volar.

Me recosté en la cama, ellos quitándose la ropa con prisa. Marcos, grueso y venoso, listo para mí; Luis, largo y curvado, palpitando. Me arrodillé entre ellos, tomando una verga en cada mano, sintiendo el calor aterciopelado, las venas latiendo bajo mis palmas. Lamí la de Marco primero, saboreando su pre-semen salado, luego la de Luis, más dulce, gimiendo con la boca llena. Sus manos en mi pelo, guiándome suave, gemidos roncos llenando el cuarto: "¡Qué chingón, Ana! Sigue así, mamacita".

La intensidad subía como el volcán en erupción. Marco me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas. Su lengua hundida en mi concha, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. Olía a mi propia excitación almizclada, embriagadora. Luis besaba mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo arqueaba la espalda, clavando uñas en sus hombros. "¡Más, pendejos, no paren!", suplicaba, el sudor perlando mi piel.

Cambiaron posiciones, el ritmo acelerándose. Luis se colocó entre mis muslos, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. "¿Puedo, Ana? ¿Quieres que te coja?". "¡Sí, métela ya!", respondí, y él empujó lento, llenándome centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Marco observaba, masturbándose, luego acercó su verga a mi boca. Chupé con furia, el sabor de ambos mezclándose en mi lengua, mientras Luis embestía profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas.

El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, piel caliente. Gemidos se volvían gritos ahogados, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cambiamos otra vez; yo encima de Marco, cabalgándolo con furia, mi concha apretándolo mientras rebotaba, tetas saltando. Luis detrás, lubricando mi ano con saliva y mis jugos. "Relájate, preciosa", dijo, presionando suave. Entró despacio, el ardor inicial convirtiéndose en placer pleno. ¡Doble penetración en nuestro trio casero real! Sentía sus vergas rozándose dentro de mí, separadas solo por una delgada pared, pulsando al unísono.

"¡Te sientes increíble, Ana! ¡Tan apretada!", gruñó Luis, sus caderas chocando contra mis nalgas.

El clímax se acercaba como tormenta. Marco debajo, frotando mi clítoris con el pulgar; Luis atrás, una mano en mi teta. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo explotando en olas: contracciones fuertes ordeñando sus vergas, jugos chorreando. Grité su nombre, "¡Marco! ¡Luis!", visión nublada por estrellas. Ellos siguieron bombeando, gruñendo, hasta que Marco se corrió primero, llenándome de semen caliente, palpitando. Luis salió, eyaculando en mi espalda, chorros espesos y calientes resbalando por mi piel.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones jadeantes calmándose. Marco me besó la frente, "Te amo, mi reina. Eso fue épico". Luis acarició mi brazo, "Gracias por dejarme entrar en su mundo, wey. Neta inolvidable". Me acurruqué entre ellos, sintiendo sus corazones latiendo contra mí, el olor a sexo lingering como promesa de más noches así.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que habíamos creado nuestro propio trio casero real, uno que nos uniría más. No hubo arrepentimientos, solo sonrisas perezosas y planes para la próxima. La vida en nuestra casita nunca había sido tan ardiente.

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