La Tríada del Tamponade Cardíaco
Estaba en esa fiesta en Polanco, de esas que arman los cuates cuando quieren impresionar. La música retumbaba suave, reggaetón mezclado con cumbia rebajada, y el aire olía a tequila reposado y perfumes caros. Yo, Alejandro, cardiólogo de veintiocho tacos, acababa de divorciarme y andaba suelto como perro sin correa. Tomaba un trago de Jack Daniels con hielo cuando las vi entrar: Karla y Sofía, dos morras que quitaban el hipo. Karla, con su pelo negro largo y un vestido rojo que se le pegaba al cuerpo como segunda piel, curvas de infarto. Sofía, rubia teñida, ojos verdes y un escote que dejaba ver lo justo para volver loco a cualquiera.
Se acercaron sonriendo, con esa seguridad de quienes saben lo que provocan. ¿Qué pedo, doctor? ¿No nos vas a invitar una chela? dijo Karla, rozándome el brazo con sus uñas pintadas de negro. Su voz era ronca, como miel quemada. Respondí con una sonrisa pendeja: Neta, güeyes, cómo no. Pero solo si me cuentan qué las trae por acá. Charlamos de pendejadas, de la vida en la CDMX, de cómo el tráfico te chinga el día. Sofía se pegó a mí por el otro lado, su perfume de vainilla y jazmín me invadió las fosas nasales. Sentí un cosquilleo en la verga, de esos que te avisan que la noche va a estar buena.
La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Karla me susurró al oído: ¿Sabes? Nosotras dos somos inseparables. Hacemos todo juntas. Su aliento cálido me erizó la piel. Incluyendo esto, agregó Sofía, pasando su mano por mi pecho. Mi corazón dio un brinco, latiendo fuerte bajo la camisa. No era nada serio, pero neta, esas dos me tenían al borde. Terminamos los tragos y salimos de ahí, subiendo a un Uber rumbo a su depa en Lomas. En el camino, besos robados, manos que exploraban muslos. El chofer nos miró por el retrovisor con cara de qué chingados, pero qué me importa.
¿Qué chingados estoy haciendo? Dos morras como diosas, y yo, el wey serio del hospital, a punto de meterme en una tríada que me puede dejar sin aliento. Pero carnal, el deseo quema más que cualquier arritmia.
Llegamos al depa, un lugar chido con vistas al skyline de Reforma. Luces tenues, velas aromáticas oliendo a sándalo. Karla me jaló al sofá, su boca se estrelló contra la mía, lengua juguetona, sabor a fresa de su gloss. Sofía se arrodilló detrás, besándome el cuello, mordisqueando la oreja. Quítate la camisa, doctor, ordenó Karla, y yo obedecí como pendejo enamorado. Sus manos frías en mi piel caliente, pezones endureciéndose al toque. La desvestí despacio, revelando senos firmes, pezones rosados como caramelos. Olían a loción de coco, deliciosos.
Sofía ya estaba en paños menores, su tanga de encaje negro apenas cubriendo su panocha depilada. Me bajó el pantalón, liberando mi verga tiesa como poste. ¡Órale, qué chingona! Mírala, Karla, está lista pa' nosotras, dijo riendo. La tomó en su mano suave, masturbándome lento, mientras Karla se quitaba el vestido, quedando en lencería roja que acentuaba su culo redondo. Me recargué en el sofá, jadeando, el corazón martilleándome el pecho como tambor de banda. Sus besos bajaban por mi torso, lenguas calientes lamiendo sudor salado.
La cosa escaló cuando Karla se sentó en mi cara, su panocha húmeda rozando mis labios. Chúpame, Alejandro, hazme volar. Olía a excitación pura, almizcle dulce. Metí la lengua, saboreando sus jugos calientes, mientras Sofía se la jalaba a mi verga, chupando la cabeza con succiones expertas. Gemidos llenaban el aire, mezclado con el slap slap de su boca. Mi pulso se aceleraba, sentía presión en el cuello como distensión yugular, sonidos del corazón ahogados por el placer. Es la triada del tamponade cardíaco, pensé, recordando mis clases de medicina: esa compresión intensa que te deja sin aire, pero aquí era de puro gozo.
Neta, mi corazón late tan fuerte que parece que va a explotar. Presión en el pecho, venas hinchadas en el cuello, y los latidos amortiguados por el éxtasis. Pero qué rico, wey, no pares.
Cambiaron posiciones, Karla montándome la verga despacio, su coño apretado envolviéndome como guante caliente. ¡Ay, cabrón, qué dura la tienes! Me estira chingón. Subía y bajaba, tetas rebotando, sudor perlando su piel morena. Sofía se pegó a ella, besándola con lengua, manos en sus nalgas. Yo las veía, hipnotizado, el olor a sexo impregnando todo. Agarré las caderas de Karla, embistiéndola fuerte, piel contra piel chapoteando. Sofía se subió al sofá, ofreciéndome su panocha: A ti también, doctor, no seas egoísta. Alterné, lamiéndola mientras Karla me cogía, sus jugos goteando en mi cara.
El ritmo se volvió frenético. Karla gritaba ¡Más duro, pendejo, rómpeme!, y yo obedecía, sintiendo mi verga palpitar dentro de ella. Sofía se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su humedad, gemidos agudos. Cambiamos: Sofía a cuatro patas, yo detrás, metiéndosela hasta el fondo. Su culo perfecto temblaba con cada estocada, ¡Sí, así, carnal, dame verga!. Karla debajo, lamiéndole el clítoris, tetas rozando mi saco. El aire cargado de jadeos, olor a sudor y semen preorgásmico. Mi corazón tronaba, pecho oprimido como en un tamponade cardíaco, pero la triada de sensaciones –presión exquisita, pulsos mudos de placer, tensión en todo el cuerpo– me llevaba al límite.
Sofía explotó primero, convulsionando, ¡Me vengo, chingado, no pares!, chorros calientes salpicando. Karla se corrió después, apretándome la verga con espasmos, gritando mi nombre. No aguanté más: saqué la verga y eyaculé en sus tetas, chorros espesos y calientes, mientras ellas lamían y reían. Colapsamos en el sofá, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Besos suaves ahora, caricias tiernas. El corazón se calmaba, pero el eco de esa triada del tamponade cardíaco perduraba, un placer que casi me asfixia de tan intenso.
Estas dos morras me dieron la noche de mi vida. No era una emergencia médica, era una emergencia de pasión. Mañana en el hospital recordaré esto cada vez que vea un ECG con taquicardia.
Nos quedamos así horas, platicando pendejadas entre copas de vino. Karla y Sofía, inseparables, me invitaron a repetir. La triada del tamponade cardíaco no termina aquí, doctor, dijo Sofía guiñando. Yo sonreí, sabiendo que había encontrado mi nuevo vicio. La noche cerró con ellas dormidas a mi lado, sus respiraciones suaves como arrullo, mi mano en sus cinturas calientes. Qué chingón ser vivo, pensé, antes de caer rendido.