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Prueba Ahora En Español

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Prueba Ahora En Español

Estaba sentada en mi depa en la Condesa, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Yo, Ana, veintinueve años, soltera por elección propia después de un par de relaciones que no pintaban para nada. El trabajo en la agencia de publicidad me tenía hasta la madre, con deadlines que no paraban y jefes pendejos que no sabían ni lo que querían. Esa noche, navegando en mi cel sin ganas de nada, vi el anuncio: Prueba ahora en español. Era una app de chats eróticos anónimos, todo en nuestro idioma, con promesas de placeres reales y conversaciones que te ponían la piel de gallina. "¿Por qué no?", pensé. Total, ¿qué podía salir mal? Descargué la chingadera en dos minutos y creé un perfil rápido: "Nena lista para probar sabores nuevos".

El corazón me latía un poquito más rápido mientras la app cargaba. El primer match llegó casi al instante: Marco, treinta y dos, de aquí mismo, Polanco. Su foto mostraba un tipo moreno, con barba recortada y ojos que prometían travesuras. "Hola, nena. ¿Lista para probar ahora en español?", escribió. Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Órale, güey. Dime qué traes", respondí, acomodándome en el sillón con las piernas cruzadas, el aire fresco de la noche colándose por la ventana.

La plática fluyó como miel caliente. Él describía con palabras que me erizaban la piel: cómo me imaginaba besando mi cuello, el sabor salado de mi piel bajo su lengua. Yo le seguía el juego, contándole cómo mis dedos ya jugaban con el borde de mi blusa, imaginando sus manos grandes y callosas explorándome.

Carajo, este wey sabe lo que hace
, pensé, mientras el calor subía por mis muslos. No era el típico pendejo que mandaba fotos de su verga de una; no, este construía el fuego despacito, con frases como "Imagina mi aliento en tu oreja, susurrándote guarradas en español mexicano puro". Mi respiración se aceleraba, el sonido de mi propia voz en voz baja grabando un audio para él: "Ven y pruébame, cabrón".

Pasaron horas así, entre mensajes y audios que me dejaban jadeante. El olor de mi propia excitación empezaba a perfumar el cuarto, dulce y almizclado. Al final, él propuso: "¿Y si lo hacemos real? Mañana, café en el Roma, dos de la tarde. Si conectamos, seguimos". Dudé un segundo, pero el pulso en mi clítoris no me dejaba pensar claro. "Ahí estoy, Marco. No me falles".

Acto dos: La escalada

Al día siguiente, el sol de mediodía calentaba las banquetas del Roma, con olor a tacos al pastor y flores frescas de los puestos. Llegué con un vestido ligero, negro, que se pegaba a mis curvas justito, sin bra. Él estaba ahí, exacto como en la foto: alto, camisa ajustada marcando pecho firme, sonrisa pícara. "Ana, ¿verdad? Qué chida verte en carne y hueso", dijo, besándome la mejilla. Su colonia, algo amaderado y masculino, me envolvió como una caricia.

Tomamos café, pero la tensión era palpable. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y cada mirada era una promesa. Hablamos de todo: de la ciudad que nos volvía locos, de antojos culposos, de cómo la app nos había cruzado. Prueba ahora en español, bromeó él, guiñando. "Aquí estamos, probando". Reí, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela. La plática derivó rápido a lo nuestro: "Anoche me la pasé imaginándote encima de mí, moviéndote como reina". Mi mano rozó la suya, piel cálida y áspera. "Pues muéstrame, entonces".

Salimos casi corriendo a un hotel boutique a dos cuadras, uno de esos con habitaciones elegantes y vistas al parque. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a café y deseo puro, lengua explorando con hambre contenida. Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su pelo mientras él me apretaba contra la pared. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba el cuarto, mezclado con el tráfico lejano. "Qué rica hueles, nena", murmuró, bajando por mi cuello, mordisqueando suave. Sus manos subieron mi vestido, dedos gruesos acariciando mis muslos, llegando a mi tanga empapada.

Me quitó el vestido despacio, admirándome desnuda bajo la luz suave.

Me siento poderosa, deseada como nunca
, pensé, mientras lo desvestía yo. Su cuerpo era firme, músculos trabajados, verga ya dura palpitando contra mi vientre. Lo empujé a la cama, montándome encima, frotándome contra él. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa de sudor incipiente. "Pruébame ahora, Marco", le dije, guiando su boca a mis tetas. Chupó un pezón, tirando suave con los dientes, enviando chispas directo a mi centro. Gemí alto, órale qué rico, arqueándome.

Él volteó las tornas, besando bajito, lamiendo mi ombligo, llegando a mi panocha. El primer toque de su lengua fue fuego: plana y caliente, saboreándome entera. Olía a sexo, a nosotrxs, y el sabor en su boca después me volvió loca cuando lo besé. "Estás chingona, Ana. Tan mojada por mí". Metió dos dedos, curvándolos justo ahí, mientras su pulgar jugaba con mi clít. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas, uñas clavadas en sus hombros. No pares, cabrón, rogaba en silencio, el cuarto girando con cada lamida.

Lo quería dentro. "Cógeme ya". Se puso condón rápido, y entró despacio, estirándome delicioso. Lleno, grueso, golpeando profundo. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos, sudor goteando, pieles pegajosas. Yo arriba primero, cabalgándolo fuerte, tetas rebotando, sus manos en mis nalgas guiándome. "¡Sí, así, nena! Qué apretadita". Luego él encima, piernas en mis hombros, embistiendo con ritmo perfecto, ojos clavados en los míos. El clímax llegó rugiendo: yo primero, contrayéndome alrededor de él, grito ahogado en su cuello, olas de placer puro sacudiéndome. Él siguió segundos después, gruñendo mi nombre, cuerpo temblando encima del mío.

Acto tres: El eco del placer

Quedamos tirados, enredados en sábanas revueltas, el aire pesado con olor a sexo y colonia mezclados. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazón latiendo fuerte aún. Besos suaves ahora, perezosos, dedos trazando patrones en mi espalda. "Eso fue la neta, Ana. Prueba ahora en español total". Reí bajito, sintiéndome plena, empoderada. No era solo el orgasmo brutal; era la conexión, el juego mutuo, sin presiones.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo sobre pieles sensibles, jabón resbalando entre risas y caricias inocentes. "Volvemos a probar, ¿no?", preguntó él, secándome el pelo. Asentí, sabiendo que sí. Salimos al atardecer, la ciudad vibrante a nuestros pies, con esa sonrisa secreta de quienes acaban de descubrir un placer nuevo.

De regreso en mi depa, el recuerdo aún palpitaba en mí.

Quién iba a decir que un anuncio pendejo cambiaría la noche
. Marco ya mandaba mensaje: "Listo para la próxima prueba". Sonreí, respondiendo al instante. La vida en México sabe a esto: pasión espontánea, en español puro, sin filtros.

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