Simple Past Try en Piel Ardiente
Era una noche de esas en Polanco, con el aire cargado de jazmín y tacos al pastor flotando desde la calle. Yo, un chamaco de treinta tacos que trabajaba en marketing, andaba en el bar La Tequila con unos cuates, pero mis ojos no se despegaban de ella. Se llamaba Ana, una morra preciosa con curvas que mataban, piel morena como el chocolate mexicano y un vestido rojo que se pegaba a sus chichis y caderas como si fuera su segunda piel. La neta, la había visto antes, hace como dos años en una fiesta, y ahí tuve mi simple past try: un intento bien pendejo de ligarla. Le dije algo como “¿Vienes mucho por aquí? Porque yo sí, y tú luces como mi próxima cerveza”. Qué vergüenza, güey, me fui con la cola entre las patas cuando se rió y se fue con sus amigas.
Pero esa noche, el destino era cabrón. Nuestras miradas se cruzaron al otro lado de la barra, y ella sonrió con esa boca carnosa que pedía beso. Me acerqué, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. “¿Te acuerdas de mí? El pendejo del simple past try”, le dije, y ella soltó una carcajada que me erizó la piel. “¡Claro que sí! Pero esta vez vas a intentarlo mejor, ¿no?”, respondió con voz ronca, oliendo a vainilla y tequila reposado. Hablamos horas, coqueteando, rozando manos. Su piel era suave como tamal de elote, tibia al tacto. Sentí su aliento en mi oreja cuando se acercó: “¿Sabes? Siempre me pregunté qué habría pasado si no te hubieras rajado esa vez”.
La tensión crecía como el calor de un comal. Salimos del bar, caminando por las calles iluminadas, su mano en la mía, dedos entrelazados. El sonido de sus tacones contra la banqueta, el roce de su muslo contra el mío. Llegamos a su depa en una torre chida con vista al skyline. Adentro, el olor a su perfume mezclado con el de las velas de coco que encendió. “Ven”, murmuró, jalándome al sofá. Nos besamos por primera vez, labios suaves, lengua juguetona probando tequila y dulzor de su saliva. Sus manos en mi pecho, desabotonando mi camisa, uñas raspando mi piel, enviando chispas por mi espalda.
“Neta, esta morra me va a volver loco. Ese simple past try fue una mierda, pero ahora... ahora la tengo aquí, oliendo a deseo, lista para mí”.
Acto dos de esta pinche obra maestra empezó con ella encima de mí, el sofá crujiendo bajo nuestro peso. Le quité el vestido despacio, revelando lencería negra que abrazaba sus tetas firmes y su culo redondo. “Qué chingón estás”, gemí al ver su cuerpo desnudo, pezones duros como piedras de obsidiana, brillando bajo la luz tenue. Ella se rió, bajándome los pantalones, su mano envolviendo mi verga ya dura como fierro. “Mira nomás qué prieta traes”, dijo juguetona, acariciándola lento, arriba y abajo, el sonido húmedo de su palma contra mi piel haciendo eco en la habitación.
La llevé a la cama, king size con sábanas de algodón egipcio suaves como nube. La tiré suave, besando su cuello, saboreando el salado de su sudor mezclado con su loción. Bajé por su panza, lamiendo ombligo, hasta llegar a su entrepierna. El olor a excitación, musgoso y dulce como mango maduro, me invadió. Separé sus labios con los dedos, rosados y húmedos, y metí la lengua. Ella arqueó la espalda, gimiendo “¡Ay, cabrón, qué rico! No pares”. Chupé su clítoris hinchado, succionando suave, sintiendo su pulso acelerado contra mi boca. Sus jugos corrían por mi barbilla, sabor ácido y adictivo. Metí un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar, sus muslos apretando mi cabeza como tenazas.
Pero ella no se quedaba atrás. Me volteó como luchadora, poniéndome boca arriba. “Ahora me toca”, gruñó, montándose en mi cara. Su panocha empapada sofocándome deliciosamente, moliéndola contra mi lengua mientras sus tetas rebotaban. El sonido de sus jadeos, “¡Sí, así, pendejito!”, y el slap de su culo contra mi pecho. Me masturbaba mientras, su mano experta apretando mi tronco, pulgar rozando el prepucio sensible. La tensión subía, mis bolas pesadas, el corazón retumbando en oídos. “Te quiero adentro”, suplicó, deslizándose hacia abajo, guiando mi verga a su entrada caliente.
Entró despacio, centímetro a centímetro, su calor envolviéndome como guante de terciopelo mojado. “¡Qué chingona estás!”, exclamé, agarrando sus caderas anchas, sintiendo la carne suave bajo mis palmas. Empezó a cabalgar, lento al principio, sus chichis balanceándose, pezones rozando mi pecho. El sonido rítmico de piel contra piel, slap-slap-slap, mezclado con sus gemidos guturales. Aceleró, su cabello negro azotando mi cara, olor a sudor y sexo llenando el aire. Yo embestía desde abajo, profundo, sintiendo su interior contraerse alrededor de mí, ordeñándome.
“Esto es mil veces mejor que mi simple past try. Su coño aprieta como nunca, y su cara de placer... neta, me voy a correr ya”.
La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo perfecto, redondo y firme. Le di una nalgada juguetona, el sonido seco resonando, dejando una marca roja que lamí después. Volví a penetrarla, esta vez salvaje, mis bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Ella gritaba “¡Más duro, güey! ¡Dame todo!”. Sudor corría por mi espalda, goteando en su piel, mezclándose. El cuarto olía a sexo puro, almizcle y fluidos. Sentí su orgasmo venir primero: su coño palpitando, piernas temblando, un chorro caliente mojando mis muslos. “¡Me vengo, cabrón!”, aulló, clavándome las uñas.
No aguanté más. Salí, volteándola para correr en sus tetas, chorros calientes salpicando su piel, ella frotándolos con manos ansiosas, lamiendo un dedo con sonrisa pícara. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow era perfecto: su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, olor a semen y ella impregnando las sábanas.
“Ese simple past try fue el mejor error de mi vida”, murmuré, besando su frente húmeda. Ella rió suave, trazando círculos en mi abdomen. “Y este try... fue épico, amor. ¿Repetimos mañana?”. Nos quedamos así, en silencio bendito, con la ciudad zumbando afuera y nuestro calor adentro. Neta, Polanco nunca se sintió tan vivo.