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Trios Adventistas Secretos

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Trios Adventistas Secretos

Yo siempre fui el adventista modelo en nuestra congregación de la colonia Roma en la CDMX. Javier, el wey serio que llega puntual al sábado, canta los himnos con el pecho inflado y ayuda en la repartición de folletos. Pero neta, debajo de esa fachada de sábado santo, bullía un fuego que ni los sermones más largos podían apagar. Todo cambió ese sábado cuando vi a María y a su prima Luisa por primera vez juntas en el salón de la iglesia.

María era la típica adventista guapa: cabello largo negro como la noche, ojos cafés que te miraban con esa mezcla de inocencia y picardía, y un cuerpo que el vestido modesto no podía ocultar del todo. Curvas suaves, pechos firmes que se marcaban cuando se inclinaba a servir el pozole en el convivio post-servicio. Luisa, su prima, era más delgada, atlética, con piel morena dorada por el sol y una sonrisa que prometía travesuras. Ambas vestidas con faldas hasta la rodilla, pero sus piernas tonificadas y el brillo en sus ojos gritaban algo prohibido.

Me acerqué con un plato de arroz, fingiendo casualidad. Órale, hermanas, ¿de qué congregación vienen? pregunté, sintiendo ya el pulso acelerado. María rio suave, su voz como miel caliente. Somos de aquí mismo, Javier. ¿No nos has visto? Luisa acaba de volver de un congreso en Guadalajara. Hablamos de la Biblia, de los versos sobre tentación, pero sus miradas se cruzaban conmigo de forma que hacía que mi verga se removiera en los pantalones. Olía a su perfume floral mezclado con el aroma de las velas de la iglesia, un olor que me mareaba.

La tensión creció cuando Luisa rozó mi brazo al pasarme un vaso de agua. Su piel tibia, suave como seda, envió chispas por mi espina. ¿Qué carajos estoy pensando? Esto es la casa de Dios, me dije, pero el deseo ya ardía. Al final del convivio, María susurró: Ven a mi casa esta noche, Javier. Vamos a hacer un estudio bíblico privado. Solo nosotros tres. Trae tu Biblia. Su aliento cálido en mi oreja olía a chicle de menta, y asentí como pendejo hipnotizado.

Acto primero cerrado, llegué a su depa en Polanco a las ocho, un lugar chido con muebles de madera clara y plantas por todos lados. No era lujo exagerado, pero olía a limpio, a incienso suave y a algo más: anticipación. María abrió la puerta en un vestido suelto de algodón, Luisa detrás con shorts cortos que mostraban sus muslos fuertes. Pasa, carnal, dijo Luisa, guiñándome. Nos sentamos en el sillón, Biblias abiertas en el versículo de la tentación en el desierto.

Pero el estudio duró poco. María leyó en voz alta, su voz ronca haciendo que cada palabra vibrara. Pero cada uno es tentado cuando... sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Nuestras rodillas se tocaban. Luisa puso su mano en mi muslo, suave al principio, luego apretando. Sentí el calor subir por mi pierna, mi verga endureciéndose contra la tela. ¿Han pensado en trios adventistas? soltó Luisa de repente, sonrojada pero excitada. Esos rumores en los foros, adventistas que se reúnen en secreto para romper las reglas... neta me calienta pensarlo.

¿Trios adventistas? ¿En serio? Mi mente explotó con imágenes: cuerpos entrelazados, gemidos ahogados en la oscuridad de una habitación santa. Mi corazón latía como tambor en desfile.

María rio bajito, sus pezones endurecidos bajo la tela. Yo también, prima. Javier, ¿tú qué? ¿Te late la idea de un trío adventista aquí mismo? Mi garganta se secó, pero el deseo ganó. Neta sí, wey. Pero ¿y si nos pillan? Luisa se acercó, su boca rozando mi cuello, lengua tibia lamiendo mi piel salada. Olía a vainilla de su crema, y gemí cuando María besó mi otra mejilla, sus labios carnosos sabiendo a gloss dulce.

La escalada fue lenta, deliciosa. Manos explorando. Quité el vestido de María, revelando sus tetas perfectas, rosadas pezonas tiesas como botones. Las chupé, sintiendo su sabor salado, su gemido ronco vibrando en mi boca. ¡Ay, Javier, qué rico! exclamó ella, arqueando la espalda. Luisa se desvistió, su panocha depilada brillando húmeda, olor almizclado a excitación llenando el aire. Me bajaron los pantalones, mi verga saltando libre, venosa y palpitante.

Luisa la tomó primero, lengua caliente rodeándola, succionando con hambre. Mmm, qué verga más rica, carnal, murmuró, saliva chorreando. María se frotó contra mi muslo, su humedad empapándome, piel resbalosa. La tensión psicológica era brutal: Somos adventistas, esto es pecado mortal, pero se siente como el paraíso. Las volteé, poniéndolas de rodillas en el sillón. Lamí la concha de María, jugosa y dulce como mango maduro, mientras Luisa me montaba la cara, su culo firme presionando, gemidos mezclándose con el sonido de lenguas chapoteando.

El ritmo subió. Metí mi verga en María primero, despacio, sintiendo sus paredes calientes apretándome como guante. ¡Más duro, pendejito! rogó ella, uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes. Luisa besaba a María, lenguas enredadas, saliva brillando. Luego cambié, embistiendo a Luisa por atrás, su culo rebotando contra mis caderas con palmadas sonoras, sudor goteando, mezclándose con sus jugos. El cuarto olía a sexo puro: almizcle, sudor, perfume revuelto. Pulses acelerados, respiraciones jadeantes, pieles chocando en sinfonía húmeda.

María se unió, frotando su clítoris mientras yo follaba a Luisa. ¡Vamos a corrernos juntos, en nuestro trío adventista! gritó. La intensidad creció: mis bolas tensas, verga hinchada al límite. Luisa se corrió primero, convulsionando, chorro caliente salpicando mis muslos, grito gutural. María siguió, apretándome tanto que casi exploto, su concha pulsando. Yo no aguanté: saqué la verga y eyaculé en sus tetas, leche espesa chorreando, caliente y pegajosa.

Colapsamos en el sillón, cuerpos enredados, pieles pegajosas por sudor y fluidos. El afterglow era puro éxtasis: respiraciones calmándose, besos suaves, risas ahogadas. María acarició mi pecho, Eso fue nuestro secreto trío adventista, Javier. Neta lo necesitaba. Luisa asintió, lamiendo restos de mi semen de sus labios. ¿Volverá a pasar? Dios mío, ojalá, pensé, mientras el aroma de nuestro pecado flotaba en el aire.

Nos vestimos lentos, prometiendo discreción. Salí a la noche fresca de Polanco, piernas temblando, verga aún sensible. En mi mente, el sermón del sábado sonaba hueco. Los trios adventistas ya no eran rumor; eran mi realidad ardiente. Y sabía que no sería la última vez.

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