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Canciones del Tri Exitos en Nuestra Piel Ardiente

6948 palabras

Canciones del Tri Exitos en Nuestra Piel Ardiente

Entré al bar esa noche con el calor de la ciudad pegado a la piel, el DF bullendo afuera con sus luces neón y el tráfico eterno. Era uno de esos lugares chidos en la Condesa, con mesas de madera oscura, luces tenues y una rocola que siempre ponía lo mejor del rock mexicano. Mis amigas ya se habían rajado temprano, pero yo me quedé, con una chela fría en la mano, sintiendo el ritmo de la música vibrar en el pecho. El aire olía a tequila ahumado, a pieles sudadas y a esa promesa de algo salvaje que flota en las noches como esta.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con una playera negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y unos jeans que le quedaban como pintados. Se acercó a la rocola, metió unas monedas y seleccionó un puñado de canciones del Tri éxitos. Empezó con "Triste Canción de Amor", esa rola que te revuelve el alma, con la voz rasposa de Alex Lora llenando el lugar. Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos cafés, intensos, me sonrieron con picardía. Me quedé ahí, sentada en la barra, sintiendo un cosquilleo en la nuca mientras el bajo retumbaba en mis huesos.

¿Qué carajos? Este wey me está viendo como si ya me conociera de toda la vida. Neta, su mirada me está poniendo la piel de gallina.

Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a colonia fresca mezclada con el humo de cigarro que flotaba en el aire. "Órale, güerita, ¿te late El Tri? Esas canciones del Tri éxitos son pa' romperla", dijo con voz grave, sentándose a mi lado sin pedir permiso. Su nombre era Marco, originario de Guadalajara pero radicado en la capital por el jale. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de cómo la ciudad te chupa la energía pero te da noches como esta. Cada sorbo de chela hacía que su rodilla rozara la mía, un toque casual que mandaba chispas por mi espina.

La rocola siguió con "Piedras Contra el Vidrio", y él me jaló a la pista improvisada en medio del bar. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura firme pero suave, guiándome al ritmo. Sentía el calor de su cuerpo filtrándose por mi blusa delgada, el sudor de su cuello rozando mi mejilla. Olía a hombre, a deseo crudo, y el sabor salado de su piel cuando accidentalmente lamí su oreja al moverme. "Estás cañona, ¿sabes?", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos.

Acto uno completo: la tensión ya estaba ahí, latiendo como el corazón acelerado.

Salimos del bar pasadas las dos, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Caminamos por las calles empedradas, riendo de tonterías, pero cada roce de manos era eléctrico. Llegamos a su depa en una colonia cercana, un lugar modesto pero chulo, con posters de rock en las paredes y una bocina conectada al cel que empezó a escupir más canciones del Tri éxitos. "Abre Tu Puerta" sonaba mientras me servía un trago de mezcal, el humo dulce subiendo por mi nariz.

Nos sentamos en el sofá, las piernas entrelazadas. Hablé de mis días estresantes en la oficina, de cómo necesitaba soltarme, y él confesó que las rolas de El Tri siempre lo ponían en mood. Sus dedos trazaron mi brazo, lentos, dejando un rastro de fuego. "

Si supiera lo que me provoca verte moverte así
", dijo, y me besó. Fue suave al principio, labios explorando, lengua tímida. Pero pronto se volvió hambriento, sus manos en mi nuca, mi espalda arqueándose contra él. Probé el mezcal en su boca, ahumado y dulce, mientras "Abuso" empezaba a sonar, con esa letra que habla de pasiones prohibidas.

Me quitó la blusa con cuidado, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi clavícula, dientes rozando suave, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo le arranqué la playera, sintiendo los músculos duros bajo mis palmas, el vello áspero en su pecho. "Eres un pendejo delicioso", le susurré riendo, y él gruñó, volteándome sobre el sofá. Sus manos bajaron a mi falda, subiéndola lento, dedos juguetones en el borde de mis calzones. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo enloqueció. "Neta, estás empapada, nena", dijo con voz ronca, y metí la mano en sus jeans, sintiendo su verga dura, palpitante, lista.

Esto es lo que necesitaba: puro instinto, sin dramas, solo cuerpos chocando al ritmo de la música.

La intensidad subió cuando me cargó al cuarto, la cama king size crujiendo bajo nuestro peso. "Chíngame despacio primero", le pedí, y él obedeció, quitándome todo menos las ganas. Su boca en mis tetas, chupando pezones hasta que gemí alto, el sonido ahogado por "Niño Sin Amor" de fondo. Bajó más, lengua trazando mi ombligo, muslos, hasta llegar a mi panocha. Lamidas expertas, suaves luego rápidas, sorbiendo mi clítoris como si fuera el mejor tequila. Sentí las piernas temblar, el pulso latiendo en mis oídos, el olor a sexo llenando la habitación. "¡Sí, wey, así!", grité, jalándole el pelo.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé los jeans, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen que lamí con gusto salado. La chupé hondo, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, sus gemidos roncos mezclándose con la rocola. "Me vas a matar, cabrona", jadeó, y lo monté, guiándolo adentro de mí centímetro a centímetro. Lleno, estirándome perfecto, el roce interno mandando estrellas por mi visión. Cabalgamos al ritmo de "Las Piedras Rodantes", mis caderas girando, sus manos apretando mis nalgas, piel contra piel chapoteando.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos posiciones: él atrás, embistiéndome fuerte, una mano en mi clítoris frotando, la otra en mi garganta suave, consensual. Sudor goteando, mezclándose, el slap-slap de carne resonando. "¡Ven conmigo!", rugió, y exploté, paredes contrayéndose alrededor de él, olas de placer cegadoras. Él se corrió segundos después, caliente dentro, gruñendo mi nombre.

El medio acto culminó en éxtasis puro, pero aún quedaba el cierre.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, la música bajando a un volumen suave con "Todo Me Gusta de Ti". Su pecho subía y bajaba contra el mío, el olor a semen y sudor nuestro perfume compartido. Besos perezosos en la boca, lenguas juguetonas. "Eso fue chingón, ¿verdad?", murmuró, acariciándome el pelo. Asentí, sintiendo una paz profunda, el corazón calmándose.

Hablamos en susurros mientras el amanecer pintaba la ventana de rosa. De cómo las canciones del Tri éxitos nos unieron esa noche, de planes vagos para repetir. No era amor, pero era conexión real, empoderadora. Me vestí con su camisa oliendo a él, y al salir, el sol tibio en la piel me recordó que la vida en la ciudad también tiene estos regalos. Caminé a casa con las piernas flojas, sonriendo, el eco de esas rolas y su toque latiendo en mí.

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