Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Por Que Intentarlo Si Tu Piel Me Llama Por Que Intentarlo Si Tu Piel Me Llama

Por Que Intentarlo Si Tu Piel Me Llama

6849 palabras

Por Que Intentarlo Si Tu Piel Me Llama

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre la playa, tiñendo de dorado la arena fina que se pegaba a tus pies descalzos. El aire olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las parrilladas improvisadas, y el ritmo de la cumbia retumbaba desde los altavoces, haciendo vibrar el suelo bajo tus plantas. Habías venido solo, o eso creías, para desconectarte del pinche estrés de la chamba en la Ciudad de México. ¿Para qué rayos vine? pensaste, mientras te recargabas en la barra improvisada de bambú, con una cerveza helada sudando en tu mano.

Entonces la viste. Alta, con curvas que el bikini rojo apenas contenía, la piel morena brillando bajo el sol como si estuviera untada en aceite de coco. Su cabello negro azabache caía en ondas salvajes hasta la cintura, y cuando se rio con sus amigas, el sonido fue como campanas lejanas, fresco y juguetón. Se acercó a pedir un michelada, rozando tu brazo sin querer –o queriendo– y el contacto fue eléctrico, un chispazo que te subió por el espinazo. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como jazmín en flor.

¿Por qué even try resistir? Esa güey es puro fuego.
Te dijiste a ti mismo en un murmullo bilingüe, recordando esas frases gringas que te salían cuando el deseo te nublaba el juicio. Ella te miró de reojo, con ojos café profundo que prometían pecados deliciosos.

–¿Qué pedo, carnal? ¿Solo o esperando compañía? –te soltó con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, mientras agitaba el hielo en su vaso.

Le sonreíste, sintiendo el pulso acelerarse en las sienes. –Pura suerte tuya que me encontraste aquí, nena. Soy Marco, y tú pareces la reina de esta playa.

Se llamaba Sofia, originaria de Guadalajara, pero con acento tapatío suavizado por años en la costa. Charlaron de tonterías: el pinche tráfico de Vallarta, las mejores taquerías, cómo el mar siempre cura el alma rota. Pero bajo las palabras, la tensión crecía como la marea. Cada vez que se reía, su mano rozaba tu muslo; cada sorbo que daba, sus labios rojos se humedecían, invitándote a imaginar su sabor salado y dulce.

La música cambió a un reggaetón pesado, y ella te jaló a la pista de arena. Bailaron pegados, sus caderas ondulando contra las tuyas al ritmo del dembow. Sentías el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina, el sudor perlando su escote, goteando hasta perderse en el valle entre sus pechos. Tu verga se endureció al instante, presionando contra los shorts, y ella lo notó, mordiéndose el labio inferior con una sonrisa pícara.

Esto es una locura, güey. ¿Qué haces? Tu mente gritaba, pero el deseo era más fuerte, un rugido en las venas.

Acto uno cerrado, la noche caía como un manto estrellado, y Sofia te susurró al oído: –¿Vamos a mi cabaña? Está cerca, con vista al mar. No muerdo... mucho.

El camino fue un torbellino de besos robados bajo las palmeras, sus manos explorando tu pecho, uñas arañando suavemente la piel. La cabaña era chida: madera rústica, hamaca en el porche, velas parpadeando con aroma a coco. Entraron riendo, y ella cerró la puerta con un clic que sonó como promesa.

En el medio del acto, la escalada fue lenta, deliciosa. Te quitó la camisa con dedos impacientes, lamiendo el sudor de tu cuello, saboreando la sal de tu piel como si fuera tequila añejo. –Chingón, susurró contra tu clavícula, mientras sus tetas se presionaban contra ti, pezones duros como piedras preciosas rozando tu torso. Tú desataste el nudo de su bikini, liberando esos senos perfectos, pesados y firmes, coronados de areolas oscuras. Los besaste, chupaste, mordisqueaste, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con el romper de las olas afuera.

La acostaste en la cama king size, sábanas de algodón fresco contra su espalda ardiente. Bajaste por su vientre plano, oliendo su arousal: almizcle femenino, dulce como mango maduro. Le separaste los muslos, admirando su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. –Deliciosa, murmuraste, antes de hundir la lengua. Ella arqueó la espalda, gritando ¡Ay, cabrón!, manos enredadas en tu pelo, guiándote mientras lamías su clítoris hinchado, sorbiendo sus fluidos como néctar. El sabor era adictivo: salado, ácido, puro sexo.

Pero Sofia no era pasiva. Te volteó como un experto luchador, quitándote los shorts de un tirón. Tu verga saltó libre, venosa y palpitante, goteando precum. –Mira nomás qué pinga tan chingona –rió, antes de metérsela a la boca. Sentiste el calor húmedo envolviéndote, su lengua girando alrededor del glande, chupando con succión perfecta. Los sonidos eran obscenos: slurps húmedos, gemidos ahogados, tu pulso latiendo en sus labios.

Por qué intentarlo, si esto es el paraíso.
Pensaste, mientras tus caderas se mecían involuntarias.

La tensión psicológica ardía: eras el tipo responsable, el que no se enganchaba en vacaciones, pero ella te desarmaba capa por capa. –Te quiero adentro, papi –jadeó, ojos vidriosos de lujuria. Te pusiste condón –siempre seguro, carnal–, y la penetraste despacio, centímetro a centímetro. Su coño era apretado, aterciopelado, chorreando alrededor de tu polla. Embestiste, sintiendo cada contracción, el slap-slap de piel contra piel, sus uñas clavándose en tu espalda.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, tetas rebotando, sudor volando. Tú de lado, mordiendo su cuello mientras la follabas profundo. El aire olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a vela derretida. Sus gritos subían de tono: ¡Más duro, pendejo! ¡Chíngame! Y tú obedecías, el clímax construyéndose como tormenta.

En el final, el release fue explosivo. La pusiste a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, embistiendo como animal. Ella se corrió primero, coño convulsionando, chorros calientes empapando las sábanas, gritando tu nombre al mar. Tú la seguiste, eyaculando con un rugido gutural, el mundo explotando en blanco. Colapsaron juntos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes sincronizadas con las olas.

El afterglow fue tierno. La abrazaste, besando su frente perlada de sudor, oliendo su cabello. –Eso fue... la neta de mi vida –murmuró ella, trazando círculos en tu pecho.

Tú sonreíste, mirando el techo de palma.

Por qué even try negarlo: esto fue perfecto.
El mar cantaba arrullo, y en ese momento, supiste que las vacaciones nunca serían iguales. Sofia se acurrucó más, su calor envolviéndote como manta, prometiendo más noches de fuego. La tensión se disipó en paz, dejando solo el eco de placer y una conexión inesperada, como el destino tapatío en playa jalisciense.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.