Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Elementos Sensuales de la Tríada Ecológica Elementos Sensuales de la Tríada Ecológica

Elementos Sensuales de la Tríada Ecológica

6788 palabras

Elementos Sensuales de la Tríada Ecológica

En las profundidades de la selva chiapaneca, donde el aire huele a tierra mojada y flores silvestres, yo, Ana, bióloga de campo con el cuerpo curtido por el sol y las caminatas eternas, preparaba mi equipo para otra jornada. El zumbido de los insectos y el canto de las guacamayas llenaban el campamento improvisado, un claro rodeado de árboles gigantes que se enredaban como amantes desesperados. Ahí llegó él, Marco, el nuevo asistente del instituto, alto, moreno, con ojos que brillaban como el verde de las hojas bajo la lluvia. Venía recomendado, pero lo que no esperaba era esa chispa, esa tensión que se armó desde el primer ¿qué onda?

Le expliqué el proyecto mientras desempacaba las trampas para moscos. Los elementos de la tríada ecológica, le dije, son el agente infeccioso, el huésped y el ambiente. Sin uno, no hay equilibrio; todo se desmadra. Él me miró fijo, asintiendo, pero sus labios se curvaron en una sonrisa pícara. Neta, Ana, suena como una relación cabrona. El agente que invade, el huésped que se rinde y el ambiente que lo hace posible, soltó con esa voz grave que me erizó la piel. Sentí un calor subiendo por mi pecho, el olor a su sudor fresco mezclándose con el mío, y por un segundo imaginé su boca en mi cuello. Pero me compuse, wey, profesional total. Algo así, pendejo. Mañana salimos al monte a recolectar muestras. No te me vayas a rajar.

La noche cayó como manto pesado, el croar de las ranas y el susurro de las hojas en la brisa. En mi hamaca, el cuerpo me ardía. Pensaba en Marco, en cómo su camiseta se pegaba a sus músculos cuando cargó las mochilas.

¿Y si la selva es el ambiente perfecto para que el agente y el huésped se encuentren? ¿Y si yo soy el huésped listo para ser invadida?
Me toqué despacio, sintiendo la humedad entre mis piernas, el pulso acelerado latiendo en mi clítoris. Pero me detuve; la tensión era deliciosa, como la espera antes de una tormenta.

Al amanecer, el sol filtrándose en rayos dorados, partimos. El camino era un laberinto de raíces y lianas, el suelo blando bajo las botas, oliendo a podredumbre dulce y vida nueva. Marco iba adelante, abriendo paso con el machete, sus brazos flexionándose con cada golpe. Sudaba a chorros, y yo no podía dejar de mirar cómo la gota resbalaba por su espalda. ¿Estás bien, Ana? preguntó, volteando con esa mirada que me deshacía. Chingón, nomás el calor me tiene caliente, respondí, y nos reímos, pero el aire se cargó de algo más. Nuestras manos se rozaron al cruzar un arroyo, piel contra piel, eléctrica. El agua fría salpicaba mis piernas, contrastando con el fuego interno.

Paramos en un claro junto a una cascada chica, el rugido del agua ahogando nuestros jadeos. Saqué las redes para capturar vectores, pero Marco se acercó por detrás, su aliento caliente en mi oreja. Los elementos de la tríada ecológica... aquí estamos, ¿no? Tú el huésped fuerte, yo el agente travieso, y esta selva jodiendo todo. Su mano rozó mi cintura, y yo me giré, presionando mi cuerpo contra el suyo. Sentí su verga dura contra mi vientre, palpitante, y un gemido se me escapó. Invádeme, wey. Haz que el ambiente explote.

Nos besamos con hambre, lenguas enredándose como lianas, sabor a sal y selva en la boca. Sus manos grandes me amasaron los pechos por encima de la blusa, pezones endureciéndose al roce áspero de la tela. Lo empujé contra un árbol, la corteza rugosa en su espalda mientras le bajaba el pantalón. Su pito saltó libre, grueso, venoso, con una gota de precum brillando a la luz moteada. Lo lamí despacio, saboreando su esencia salada, el olor almizclado de su entrepierna mezclándose con el musgo. Él gruñó, ¡Carajo, Ana, qué chingona chupas!, enredando dedos en mi pelo revuelto.

Me levantó como si nada, piernas alrededor de su cintura, y me penetró de un solo empujón. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome, el roce ardiente contra mis paredes húmedas. El agua de la cascada nos salpicaba, fresca contra nuestra piel ardiente, mientras él me embestía rítmico, profundo. Mis uñas se clavaban en su espalda, dejando surcos rojos, y yo gritaba con cada choque, ¡Más, pendejo, rómpeme! El ambiente conspiraba: pájaros chillando, hojas crujiendo, el eco de nuestros cuerpos chocando como truenos lejanos.

Pero no era solo físico; en mi mente, todo giraba en torno a los elementos de la tríada ecológica. Él, el agente que alteraba mi equilibrio, yo, el huésped cediendo deliciosamente, la selva amplificando cada sensación. Cambiamos posiciones, yo de rodillas en la tierra blanda, él atrás, jalándome el pelo mientras me taladraba. El olor a tierra removida, a sexo crudo, me volvía loca. Alcancé mi clítoris, frotándolo furioso, y el orgasmo me golpeó como avalancha: temblores, contracciones, un grito gutural que espantó a los monos howler.

Marco no se quedó atrás; con un rugido, se corrió dentro de mí, chorros calientes inundándome, su cuerpo convulsionando contra el mío. Nos derrumbamos jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos, el corazón martillando al unísono. El sol calentaba nuestras carnes exhaustas, el viento secando el sudor con caricias suaves.

Después, recostados en una lona, fumando un cigarro compartido –ese vicio culpable en medio de la nada–, hablamos. ¿Ves? La tríada funciona perfecto para esto, dijo él, trazando círculos en mi vientre. Reí bajito, sintiendo su semen escurrir lento entre mis muslos. Equilibrio perfecto, agente. Pero ahora el ambiente nos pide más muestras. Nos vestimos despacio, cuerpos sensibles al roce de la ropa, y volvimos al sendero, manos entrelazadas.

De regreso al campamento, el atardecer pintaba todo de naranja y púrpura, el aire fresco con aroma a jazmín nocturno. Esa noche, en su hamaca vecina, nos amamos de nuevo, lento, explorando cada curva con lenguas y dedos. Sus besos en mis pezones, succionando hasta doler rico; mis caderas moliendo contra su boca mientras él lamía mi coño hinchado, saboreando nuestra mezcla. Otro clímax compartido, suspiros ahogados en la oscuridad.

Al día siguiente, analizando muestras bajo la lupa, no pude evitar sonreír. Los elementos de la tríada ecológica no solo explicaban enfermedades; eran la clave de esta pasión salvaje. Marco y yo, infectados mutuamente en el mejor sentido, con la selva como testigo eterno. El deseo no se apagó; se convirtió en rutina deliciosa: mañanas de fieldwork con miradas cargadas, noches de cuerpos enredados. Y en cada embestida, en cada caricia, sentía el pulso de la vida misma, equilibrada, intensa, chingona.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.