Apriétame Más El Tri
El estadio Azteca vibraba como un corazón desbocado esa noche de eliminatorias. El aire estaba cargado de sudor, cerveza y ese olor a tierra removida que solo se siente en un partido de El Tri. Yo, Karla, una chilanga de veintiocho años que no se pierde ni un grito de gol, me había colado en la zona de fans locos, con mi camiseta verde ajustada que me hacía sentir como una diosa del fútbol. El calor me pegaba la tela a la piel, y mis pezones se marcaban sin pudor bajo la luz de los reflectores. Frente a mí, un tipo alto, moreno, con músculos que se adivinaban bajo su playera del Tri, gritaba como poseído cada jugada. Sus ojos cafés me atraparon cuando volteó y me guiñó un ojo. Neta, qué rico se ve este wey, pensé, mientras mi pulso se aceleraba más que el de Chicharito en un contragolpe.
—¡Órale, güerita! ¿Vienes a alentar o a distraer? —me gritó por encima del rugido de la multitud.
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —¡A alentar, carnal! Pero si El Tri mete gol, te dejo distraerme un rato.
Él se acercó, su cuerpo invadiendo mi espacio personal con un aroma a hombre sudado y colonia barata que me mareó de lo bueno. Se llamaba Marco, un ingeniero de treinta que jugaba en una liga amateur y juraba que era el fan número uno. La tensión creció con cada minuto: el balón rebotaba en la cancha, los gritos nos envolvían como una ola, y sus brazos rozaban los míos accidentalmente. Cuando cayó el primer gol, saltamos juntos, sus manos en mi cintura, apretándome contra él. Su calor me quemaba la piel, y bajito en mi oído susurró: —Si quieres, te aprieto más después del partido.
El pitazo final llegó con victoria. El estadio explotó en cánticos, y Marco me jaló de la mano hacia la salida, entre la marea humana. Afuera, el smog de la Ciudad de México nos recibió con su olor a tacos y escape, pero no importaba. Caminamos hasta su camioneta estacionada cerca, riéndonos como pendejos, compartiendo chelas calientes que habíamos sacado de una hielera improvisada.
¿Qué chingados estoy haciendo? ¿Ir con un desconocido? Pero neta, su mirada me prende como yesca, me dije mientras subía al asiento del copiloto. Él encendió el motor, y en vez de ir a su casa, me llevó a un hotelito chido en la Narvarte, de esos con habitaciones limpias y vistas al skyline. La recepcionista nos miró con una sonrisa pícara, como si supiera lo que veníamos a hacer.
Adentro de la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el fuego que nos ardía. Marco cerró la puerta y me acorraló contra ella, sus labios rozando los míos sin prisa. —Karla, desde que te vi en el estadio, te quería así —murmuró, su aliento cálido con sabor a cerveza y victoria.
Lo besé con hambre, mis manos enredándose en su pelo corto y húmedo. Su lengua exploró mi boca, juguetona, mientras sus dedos bajaban la cremallera de mi chamarra. Me quitó la camiseta del Tri despacio, dejando al aire mis tetas libres bajo el sostén negro de encaje. Él gimió al verlas, y yo sentí su verga endurecerse contra mi muslo. —Qué chingonas están, dijo, lamiendo mi cuello con una lengua áspera que me erizó la piel.
Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas blancas que olían a suavizante fresco. Me desabroché el sostén y lo tiré, mis pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Él se quitó la playera, revelando un torso marcado por horas de gym y cancha, con vello negro que bajaba hasta su abdomen. Lo besé ahí, saboreando la sal de su sudor, mientras mis uñas arañaban suave su espalda. La habitación se llenaba de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo nuestro peso.
Marco me volteó boca abajo, sus manos grandes masajeando mis nalgas por encima del jeans. —Quítatelo todo, Karla —ordenó con voz ronca. Obedecí, arqueando la espalda para que viera mi panocha depilada, ya mojada y palpitante. Él se arrodilló detrás, besando mis muslos internos, su aliento caliente rozando mi clítoris. Dios, qué delicia, pensé, mordiéndome el labio cuando su lengua finalmente me tocó. Lamía despacio, chupando mis labios hinchados, metiendo la punta adentro con movimientos circulares. El sonido húmedo de su boca en mi chocha era obsceno, mezclado con mis gemidos ahogados. Olía a sexo puro, a mujer en celo, y él gruñía de placer.
—Sabe a gloria, weyita —dijo, metiendo dos dedos gruesos que me estiraban justo como quería. Bombeaba lento al principio, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi cuerpo temblaba, las sábanas se arrugaban bajo mis puños. Quería más, necesitaba su verga dentro. Lo jalé del pelo y lo puse de espaldas, montándome encima. Su polla saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza roja brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, y la froté contra mi entrada húmeda.
—Métemela ya, Marco. Apriétame como El Tri en la final —le rogué, bajando despacio. Me llenó por completo, estirándome hasta el fondo. ¡Qué madre tan rica! Grité bajito, empezando a cabalgar. Sus manos en mis caderas me guiaban, apretando fuerte la carne. El slap-slap de mi culo contra sus bolas llenaba el cuarto, junto con el olor almizclado de nuestros jugos. Sudábamos como en el estadio, pero esta vez era puro fuego personal.
Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba. Mordisqueaba los pezones, tirando suave con los dientes, enviando descargas directas a mi clítoris. Cambiamos de posición: yo de rodillas en el colchón, él detrás, embistiéndome profundo. Cada choque hacía que mis tetas se meneen, y sus bolas golpearan mi botón. —¡Más fuerte, cabrón! —le pedí, empujando hacia atrás.
Marco aceleró, su respiración entrecortada en mi oído. —Dime qué quieres, Karla.
—Apriétame más El Tri —jadeé, refiriéndome a su agarre férreo, como el abrazo victorioso del equipo que nos unió. Él obedeció, rodeándome con un brazo para apretar mis tetas contra su pecho, mientras su otra mano bajaba a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como un penalazo: mi panocha se contrajo alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, uñas clavadas en sus muslos.
Él no tardó: con un rugido gutural, se corrió dentro, su leche caliente llenándome en pulsos. Nos derrumbamos juntos, pegajosos y exhaustos, el aire denso con olor a semen y sudor. Su corazón latía contra mi espalda, sincronizado con el mío.
Minutos después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido en la cama, riéndonos de lo loco de la noche. —Neta, Karla, fuiste el mejor gol de mi vida —dijo, besándome la frente.
Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. Esto no fue solo sexo; fue como ganar la Copa con El Tri. Nos quedamos así, enredados, planeando el próximo partido. La pasión del fútbol nos había unido, y su abrazo prometía más noches de aprietones intensos.