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Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el cuerpo al colchón y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Javier, estaba en mi depa de Polanco, con las luces bajas y una chela fría en la mano. Ana, mi morra, andaba de un lado pa'l otro preparando unos tequilas, su falda corta ondeando con cada paso, dejando ver sus nalgas firmes que me volvían loco. Llamamos a Carla, la carnal de Ana, pa' una plática relax. Carla llegó con su sonrisa pícara, jeans ajustados que marcaban su culo redondo y una blusa escotada que dejaba poco a la imaginación. Neta, las dos eran un pinche sueño.

Nos sentamos en el sofá, el aire cargado de ese olor a perfume dulce mezclado con el tequila reposado.

"Órale, Javi, ¿has visto esos xvideos trios caseros mexicanos que andan por ahí? Pinches locos, neta me prenden cañón", dijo Carla riendo, mientras se recargaba en mi hombro. Su piel tibia rozaba la mía, y sentí un cosquilleo que me subió por el brazo directo al alma.
Ana se mordió el labio, sus ojos cafés brillando. "Sí, wey, yo también. Imagínate uno así, aquí nomás, entre nosotros". El corazón me latía fuerte, como tambor en una fiesta de pueblo. ¿Era en serio? Las vi mirarse, cómplices, y supe que la noche iba pa'l otro lado.

Empecé con un beso suave a Ana, su boca sabía a tequila y miel, lengua juguetona enredándose con la mía. Carla no se quedó atrás; su mano se posó en mi muslo, subiendo despacito, el calor de sus dedos traspasando el pantalón. Chingado, esto es real, pensé, mientras el pulso se me aceleraba. Ana gimió bajito cuando le metí la mano por la falda, sintiendo su panocha ya húmeda, caliente como brasa. "Mmm, Javi, no pares", susurró, voz ronca que me erizó la piel.

Carla se acercó más, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a vainilla y deseo. Me quitó la playera de un jalón, sus uñas rozando mi pecho, bajando hasta el ombligo. Yo le desabroché la blusa, liberando sus chichis grandes, pezones duros como piedras. Los chupé uno por uno, saboreando su piel salada, mientras Ana me desabrochaba el cinto.

"Pinche verga dura, wey, ya la quiero probar", dijo Ana, sacándola al aire. Carla soltó una risita traviesa: "Déjame espacio, carnala".

Las dos se arrodillaron frente a mí, el sofá crujiendo bajo su peso. Ana lamió primero la cabeza, lengua caliente y húmeda girando lento, sabor a mi propia excitación. Carla se unió, mamando las bolas con succión suave, sus labios carnosos envolviéndolas. El sonido de sus lenguas, chapoteo húmedo, y sus gemidos ahogados me volvían loco. Miraba sus cabezas moviéndose, pelo negro cayendo en cascada, y el olor a sexo empezaba a llenar la habitación, ese almizcle dulce que te enloquece.

Las subí al sofá, ansioso. Ana se quitó la falda, quedando en tanga empapada que arranqué de un tiro. Su concha rosada brillaba, jugos chorreando por los muslos. La penetré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome, paredes pulsando. "¡Ay, cabrón, qué rico!", gritó, uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes. Carla se masturbaba al lado, dedos hundiéndose en su propia humedad, ojos fijos en nosotros. "Ven, métetela tú también", le dije, voz entrecortada.

Carla se montó en mi cara, su panocha goteando en mi boca. La probé, sabor ácido y dulce como tamarindo maduro, lengua explorando su clítoris hinchado. Ella se meneaba, caderas girando, gemidos altos que retumbaban en mis oídos. Ana cabalgaba mi verga, subiendo y bajando, tetas rebotando con cada embestida, piel sudorosa pegándose a la mía. El tacto era eléctrico: su coño chupándome, el peso de Carla aplastándome deliciosamente, aromas mezclados de sudor, tequila y coños en celo.

No aguanto más, esto es demasiado, pensé, mientras el placer subía como ola. Cambiamos posiciones; ahora Carla de perrito, yo atrás chingándola duro, palmadas en su culo que sonaban como latigazos juguetones. "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!", pedía, voz ahogada en almohada. Ana debajo de ella, lamiéndole el clítoris, lenguas chocando cerca de mi verga entrando y saliendo. Veía todo: jugos salpicando, pieles brillando bajo la luz tenue, oídos llenos de jadeos y carne golpeando carne.

La tensión crecía, mis bolas apretadas listas pa' explotar. Carla se corrió primero, cuerpo temblando, concha contrayéndose alrededor de mi lengua cuando la hice acabar de nuevo. "¡Me vengo, chingado!", chilló, jugos inundándome la cara. Ana la siguió, frotándose contra mi muslo, grito gutural que me erizó. Yo no pude más; saqué la verga y las dos mamaron juntas, bocas calientes compitiendo por mi leche. Explote grueso chorro tras chorro, salado y espeso, ellas tragando y lamiendo, risas satisfechas.

Caímos exhaustos en el sofá, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El aire olía a sexo puro, heavy y adictivo. Ana me besó, sabor a mi corrida en su lengua. "Neta, Javi, fue como esos xvideos trios caseros mexicanos, pero mejor, porque fue nuestro". Carla asintió, mano acariciando mi pecho.

"Pinche trío casero mexicano de lujo, wey. ¿Repetimos?"
Reí bajito, corazón calmándose, un calorcito de paz invadiéndome.

Nos quedamos así un rato, charlando pendejadas, cuerpos relajados. Afuera, la ciudad zumbaba con sus cláxones lejanos, pero adentro era nuestro mundo. Sentí una conexión profunda, no solo carnal, sino de almas que se entendieron en el clímax. Ana se acurrucó en mi pecho, Carla en el otro lado, sus respiraciones sincronizadas con la mía. Esto es lo chido de la vida, pensé, mientras el sueño nos ganaba, sabiendo que al día siguiente buscaríamos más inspiración en esos videos, pero nada superaría lo nuestro.

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