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El Fuego Prohibido de Alejandro Lora El Tri

6940 palabras

El Fuego Prohibido de Alejandro Lora El Tri

La noche en el Palacio de los Deportes estaba cargada de ese calor chido que solo un concierto de Alejandro Lora El Tri podía desatar. El aire olía a cerveza fría, sudor fresco y el humo dulce de los porros que flotaban como niebla entre la multitud. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que había crecido escuchando Triste Canción de Amor en la radio de mi casa en el DF, me abrí paso entre la bola de fans gritando como locos. Mi corazón latía al ritmo de las guitarras rasposas, y cada vez que Alejandro Lora abría la boca para soltar su voz ronca, sentía un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos.

Estaba ahí sola, porque mi amiga se había rajado a último momento con una excusa pendeja de dolor de cabeza. Qué chingados, pensé, mejor así, sin testigos para lo que sea que pase esta noche. Vestida con una falda corta de mezclilla que rozaba mis nalgas al caminar y una blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de mi brasier, me sentía como una diosa rockera lista para la conquista. El escenario vibraba con Abuso de Autoridad, y Alejandro, con su melena desgreñada y esa playera sudada pegada a su pecho peludo, parecía un dios pagano invocando el deseo con cada acorde.

Al final del pinche show, cuando tocaron Las Muñecas, nuestros ojos se cruzaron. Neta, lo juro por la virgencita de Guadalupe. Él me miró desde el escenario, con esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que quieres, carnala, y me guiñó un ojo. Mi piel se erizó como si me hubiera lamido un rayo. Bajé del todo alborotada, el corazón retumbándome en el pecho como el bombo de la banda.

En el pasillo de atrás, donde los cuates se juntan para pedir autógrafos, lo vi de cerca por primera vez. Alejandro Lora en persona, oliendo a tabaco y hombre maduro, con esas arrugas de experiencia que lo hacen tan chido. Me acerqué con el pulso acelerado, mi mano temblando al extenderle un CD viejo de El Tri.

¿Qué onda, güey? Firma aquí, ¿no? Soy tu fan número uno desde que era morrita, le dije, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca como la suya.

Él rio, una carcajada grave que me vibró en el estómago. Órale, preciosa, ¿fan número uno? Eso merece más que un autógrafo. Sus dedos ásperos rozaron los míos al tomar el disco, y ese toque fue como electricidad pura. Olía a él: colonia barata mezclada con sudor y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Me invitó a unas chelas en el backstage con un movimiento de cabeza, y yo, sin pensarlo dos veces, lo seguí como una perra en celo.

Ahí, en esa habitación improvisada llena de amplificadores y botellas vacías, el ruido de la multitud se apagaba como un eco lejano. Nos sentamos en un sofá viejo, nuestras rodillas tocándose. Hablamos de la banda, de cómo Alejandro Lora El Tri había cambiado mi vida, de giras locas y noches sin dormir. Sus ojos cafés me devoraban, bajando a mis tetas que subían y bajaban con cada respiración agitada. Eres bien sabrosa, Ana. Neta, me prendiste desde el escenario, murmuró, su aliento caliente contra mi oreja.

El deseo crecía como una ola lenta. Mi mano se posó en su muslo musculoso, sintiendo el calor a través de los jeans gastados. Él no se hizo del rogar; su boca capturó la mía en un beso brutal, lenguas enredándose con sabor a cerveza y humo. Gemí bajito, el sonido perdido en su garganta. Sus manos grandes subieron por mi falda, amasando mis nalgas con fuerza, mientras yo arañaba su espalda, oliendo su piel salada.

La tensión era un nudo apretado en mi vientre. No tan rápido, cabrón, pensé, queriendo saborear cada segundo. Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi chucha húmeda a través de la tela. ¿Quieres rockear conmigo, morra? gruñó, sus caderas moviéndose al ritmo de un riff imaginario. Desabroché su playera, lamiendo su pecho velludo, saboreando el sudor salado que perlaba su piel. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo, tirando suave para arquear mi cuello y morderlo con dientes afilados.

Me quitó la blusa de un jalón, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios chuparon un pezón, succionando con hambre, mientras su dedo índice rozaba mi clítoris por encima de las panties empapadas. Estás chorreando, pinche rica, susurró, y yo solo pude gemir sí, Alejandro, fóllame ya. Pero no, él quería jugar. Me volteó boca abajo sobre el sofá, bajándome la falda y las calzones de un tirón. Su lengua caliente lamió mi raja desde atrás, saboreando mis jugos con gruñidos animales. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, mezclado con el cuero del sofá y su colonia.

Mi mente era un torbellino:

Esto es un sueño, pero se siente tan real. Alejandro Lora El Tri lamiéndome como si fuera su última noche en la tierra
. Metí la mano entre mis piernas, frotándome mientras él me comía, pero él la apartó. Yo mando aquí, carnala. Se desabrochó los pantalones, sacando su pito grueso, venoso, listo para entrar. Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité su nombre, el sonido ahogado por la música lejana que aún retumbaba.

El ritmo se aceleró, sus embestidas profundas y salvajes, como un solo de guitarra enloquecido. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas. Él me agarraba las caderas, clavándome los dedos, mientras yo empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. ¡Chíngame duro, wey! ¡Como en tus canciones! le rogaba, y él reía ronco, acelerando hasta que el sofá crujía bajo nosotros.

El clímax llegó como un trueno. Sentí la onda expandiéndose desde mi clítoris, explotando en oleadas que me hicieron temblar entera. ¡Me vengo, Alejandro! chillé, mis paredes apretándolo como un puño. Él gruñó, embistiéndome una última vez antes de llenarme con su leche caliente, pulsando dentro de mí. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mi espalda un cobija perfecta.

Después, en el afterglow, nos quedamos así un rato, su verga aún semi-dura dentro de mí, goteando. Me besó el hombro, suave ahora, oliendo a sexo y satisfacción. Eres increíble, Ana. Vuelve a los shows, ¿eh? dijo con esa voz cascada que me derrite. Yo sonreí, el cuerpo lánguido, saboreando el beso final con lengua perezosa.

Salí del backstage con las piernas flojas, el DF nocturno envolviéndome en luces neón y bocinas lejanas. En mi mente, el eco de Alejandro Lora El Tri resonaba eterno, un fuego que ardía lento pero no se apagaba. Neta, la mejor noche de mi vida, pensé, caminando con una sonrisa pendeja y el recuerdo de su sabor en la piel.

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