No Me Pruebes
La noche en la Zona Rosa estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo en cada rincón. Lucía caminaba por la calle, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, el aire cálido de México DF rozando sus piernas desnudas. El olor a tacos al pastor se mezclaba con el perfume dulzón de las flores de nochebuena que vendían en la esquina, y la música reggaetón escapaba de los antros, invitando a bailar. Ella tenía treinta y dos años, curvas que volvían locos a los güeyes, y una mirada que decía no me pruebes sin necesidad de palabras.
Entró al bar El Jaguar, un lugar chido con luces neón y bartenders tatuados. Pidió un michelada bien fría, el limón picante explotando en su lengua mientras observaba la pista. Ahí lo vio: Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Se acercó con un trago en la mano, su colonia amaderada invadiendo su espacio.
¿Qué onda, preciosa? ¿Bailamos o qué?
Lucía lo midió de arriba abajo, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Este pendejo cree que soy fácil, pensó, pero su cuerpo ya respondía, los pezones endureciéndose bajo la tela fina.
No me pruebes, le dijo ella con voz ronca, clavándole los ojos. Si me tocas, no te vas a soltar tan fácil.
Marco rio, un sonido grave que vibró en su pecho. La tomó de la mano y la llevó a la pista. Sus cuerpos se pegaron al ritmo del dembow, el sudor comenzando a perlar su piel. Ella sentía el calor de él contra su espalda, su verga endureciéndose contra sus nalgas. El roce era eléctrico, cada movimiento enviando chispas por su espina dorsal. Olía a hombre, a testosterona y ron, y ella se mordió el labio, el deseo creciendo como una ola.
La noche avanzaba, y entre tragos y bailes, la tensión se espesaba. Salieron del bar, caminando hacia su depa en Polanco, el viento nocturno enfriando su piel ardiente. En el elevador, él la acorraló contra la pared, sus labios rozando su cuello.
Qué rico hueles, como a vainilla y pecado, murmuró él.
Ella giró, presionando su cuerpo contra el de él. No me pruebes, carnal, susurró, pero sus manos ya exploraban el bulto en sus jeans. El ding del elevador los separó, riendo como chiquillos traviesos.
Adentro del departamento, las luces tenues pintaban sombras en las paredes blancas. Lucía lo empujó al sofá, quitándose los tacones con un movimiento fluido. Se sentó a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza palpitar contra su entrepierna húmeda. El aroma de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Sus besos eran fieros, lenguas enredándose, saboreando sal y tequila.
Te quiero ya, güey, jadeó ella, mientras le desabotonaba la camisa, sus uñas arañando levemente su pecho moreno, dejando marcas rojas que lo hicieron gemir.
Marco la volteó con facilidad, sus manos grandes amasando sus tetas, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda. Pinche hombre, sabe lo que hace, pensó Lucía, el placer punzando como agujas calientes. Bajó la cremallera de su vestido, exponiendo su piel olivácea, y él lamió un camino desde su clavícula hasta su ombligo, el calor de su boca haciendo que su coño se contrajera de anticipación.
Se desnudaron con urgencia, ropa volando por el aire. Ella lo miró desnudo, su verga gruesa y venosa erguida como un desafío. No me pruebes, repitió, pero esta vez era una invitación, sus ojos brillando con lujuria. Lo empujó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel febril.
Lucía se arrodilló entre sus piernas, el olor de su excitación golpeándola como un puñetazo. Tomó su polla en la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía, sus caderas elevándose. Qué chingón se siente tenerlo en la boca, pensó ella, chupando con avidez, la saliva goteando por su mentón. Sus bolas pesadas en su palma, las masajeaba, oyendo sus jadeos roncos que llenaban la habitación.
Marco no aguantó más. La levantó, colocándola de rodillas en la cama, su culo redondo invitándolo. Rozó su clítoris con la cabeza de su verga, untándola en sus jugos abundantes. Ella gimió, el roce enviando ondas de placer por todo su cuerpo.
¡Métemela ya, pendejo!
Él obedeció, embistiéndola de un solo golpe, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, su coño apretándolo como un guante caliente. Comenzaron a follar con ritmo salvaje, piel contra piel chocando con sonidos húmedos y obscenos. Sudor resbalando por sus espaldas, el olor a sexo impregnando el aire. Lucía clavaba las uñas en las sábanas, sus tetas rebotando con cada estocada profunda.
Él la volteó para mirarla a los ojos, penetrándola misionero, sus cuerpos sellados. Besos desesperados, lenguas batallando mientras sus caderas chocaban. Siento cada vena de su verga frotando mis paredes, joder, voy a correrme, pensó ella, el orgasmo construyéndose como una tormenta. Marco aceleró, sus bolas golpeando su culo, gruñendo palabras sucias en su oído.
Estás tan mojada, tan rica, mi reina.
El clímax la golpeó primero, un estallido de luz detrás de sus párpados, su coño convulsionando alrededor de él, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, el cuerpo temblando, uñas en su espalda. Él la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes de semen, su verga latiendo dentro de ella hasta vaciarse por completo.
Se derrumbaron juntos, jadeantes, el corazón martilleando como tambores. El aire olía a sudor, semen y satisfacción. Marco la abrazó, besando su frente húmeda, mientras ella trazaba círculos en su pecho con el dedo.
¿Ves? Te dije que no me probaras, murmuró Lucía con una sonrisa perezosa.
Él rio bajito, atrayéndola más cerca. Pero qué bueno que lo hice, pensó ella, sintiendo una paz profunda, el cuerpo saciado y el alma ligera. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en esa cama, el mundo se había detenido en un afterglow perfecto.
Se quedaron así hasta el amanecer, explorando rondas más lentas, besos suaves y caricias que prometían más noches como esa. Lucía sabía que había encontrado un amante a su medida, uno que entendía el juego sin necesidad de palabras. No me pruebes ya no era una advertencia, sino el comienzo de su historia.