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Amor del Dos de Octubre al Ritmo de El Tri

7574 palabras

Amor del Dos de Octubre al Ritmo de El Tri

El aire de la Ciudad de México esa noche del 2 de octubre estaba cargado de historia y rebeldía. No era cualquier fecha, neta. La Plaza de las Tres Culturas vibraba con el sonido de guitarras rasposas y baterías que retumbaban en el pecho como un corazón enardecido. El Tri tocaba en un concierto conmemorativo, recordando lo que pasó en el 68, pero con esa energía rockera que hace que te sientas vivo, cabrón. Yo, Ana, había llegado sola, con una falda negra ajustada que rozaba mis muslos al caminar y una blusa escotada que dejaba ver el brillo de mi piel morena bajo las luces parpadeantes.

El olor a cerveza fría mezclada con el humo de los cigarros y el sudor colectivo me envolvía como un abrazo áspero. Me abrí paso entre la multitud, sintiendo las miradas de los güeyes que bailaban pegados unos a otros. Ahí lo vi. Alto, con el cabello negro revuelto y una playera gastada de El Tri que se pegaba a su torso musculoso por el calor. Sus ojos, oscuros como el tequila añejo, se clavaron en los míos mientras tocaban Abuso de Autoridad. Sentí un cosquilleo en la nuca, como si el destino me estuviera guiñando el ojo.

¿Quién es este pendejo que me hace sentir así de la nada?
pensé, mientras mi cuerpo se movía al ritmo sin que yo lo mandara. Él se acercó, con una sonrisa chueca que prometía problemas del bueno.

—Órale, mamacita, ¿vienes sola a este desmadre? —me dijo, su voz grave cortando el ruido como un cuchillo caliente.

—Y qué, ¿tú eres mi niñera o qué? —le contesté, juguetona, oliendo su colonia barata mezclada con hombre puro.

Se llamaba Marco. Carnal de unos amigos míos, pero esa noche éramos extraños con chispas volando. Bailamos pegados, sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. El Tri gritaba letras de amor y lucha, y yo sentía que amor del 2 de octubre el tri se escribía en el aire entre nosotros, como una canción inédita llena de promesas calientes.

La multitud nos empujaba, sus caderas contra las mías, el roce de su verga endureciéndose contra mi culo me hizo morder el labio. Sudábamos juntos, el sabor salado de su cuello cuando me acerqué a olerlo, como mar y tierra mexicana. Sus dedos se colaron bajo mi falda por un segundo, rozando el encaje de mis calzones, y yo gemí bajito, perdida en el bajo que vibraba en mis huesos.

Después de Piedras contra el Tanque, me jaló de la mano.

—Ven, vamos a un lugar menos apretado —susurró en mi oreja, su aliento cálido haciendo que mis pezones se endurecieran contra la tela.

No lo pensé dos veces. Salimos a la calle, el fresco de la noche contrastando con el fuego que nos ardía adentro. Caminamos hasta su troca estacionada cerca, un cacharro viejo pero chido, con el olor a cuero gastado y aventura. Subimos a la parte de atrás, riéndonos como pendejos, besándonos con hambre mientras El Tri seguía sonando lejano, como banda sonora de nuestro propio porno particular.

Sus labios eran gruesos, sabían a chela y a deseo crudo. Me devoraba la boca, la lengua explorando la mía con urgencia, mientras sus manos subían por mis muslos, abriendo mis piernas como si fueran suyas desde siempre. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera, oliendo su sudor fresco que me volvía loca.

Neta, este güey me va a hacer venir sin tocarme todavía
, pensé, mientras él bajaba la blusa y chupaba mis tetas con devoción, la lengua girando alrededor de los pezones duros como piedras. Gemí fuerte, el sonido ahogado por su boca, mis manos enredadas en su pelo.

Le quité la playera, besando su pecho ancho, lamiendo el camino de vello negro hasta su ombligo. Él jadeaba, llamándome "mi reina" entre dientes, mientras yo desabrochaba su chamarra vaquera y bajaba el zipper. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo el calor y la dureza, el precum salado en mi lengua cuando la lamí de abajo arriba.

¡Chíngame, Ana! —gruñó, sus caderas empujando contra mi boca.

Lo mamé profundo, saboreando cada centímetro, el olor almizclado de su excitación llenándome las fosas nasales. Él me levantó la falda, rasgando los calzones con un dedo juguetón, y hundió la cara entre mis piernas. Su lengua en mi clítoris fue como un rayo, chupando y lamiendo mi chochita empapada, el jugo chorreando por sus labios. Yo me retorcía, las uñas clavadas en sus hombros, el placer subiendo como una ola del Pacífico.

La tensión crecía, mis muslos temblando alrededor de su cabeza, su lengua follando mi entrada mientras dos dedos gruesos me abrían, curvándose justo en ese punto que me hace ver estrellas. Grité su nombre, el orgasmo rompiéndome en pedazos, el cuerpo convulsionando mientras él lamía cada gota, sonriéndome con la cara brillante.

Pero no paramos. Lo empujé contra el asiento, montándolo como una amazona. Su verga me llenó de un jalón, estirándome delicioso, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando chispas. Cabalgaba duro, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas mientras gruñía palabras sucias.

—Eres una chingona, cabrona, cógeme más fuerte.

El troca se mecía con nosotros, el vidrio empañado por nuestro aliento, el olor a sexo crudo impregnando todo. Sudor goteando entre mis pechos, su piel resbalosa contra la mía, los sonidos húmedos de mi chochita tragándoselo entero. Sentía cada vena, cada pulso, la fricción perfecta llevándome al borde otra vez.

Él volteó las posiciones, poniéndome de rodillas en el asiento, embistiéndome por atrás con fuerza animal. Sus bolas chocando contra mi clítoris, una mano en mi cadera, la otra jalándome el pelo suave. Cada estocada era más profunda, tocando mi alma, el placer psicológico mezclándose con el físico: este desconocido que me hacía sentir poderosa, deseada, chingona.

Esto es el amor del 2 de octubre, el tri de pasión, rebeldía y entrega total
, flash en mi mente mientras El Tri retumbaba a lo lejos con una balada lenta.

Me vine de nuevo, apretándolo como un puño, gritando su nombre al viento nocturno. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, rugiendo como león, colapsando sobre mi espalda jadeante.

Nos quedamos así un rato, pegados, el corazón latiendo al unísono. El aire fresco entraba por la ventana entreabierta, enfriando nuestra piel ardiente. Me besó el hombro, suave ahora, susurrando:

—Neta, Ana, esto fue chingón. Amor del 2 de octubre el tri, como una rola que no se olvida.

Reí bajito, girándome para mirarlo a los ojos. No era solo sexo; había conexión, esa chispa mexicana de almas que se encuentran en medio del desmadre histórico. Nos vestimos despacio, robándonos besos perezosos, el sabor de nosotros aún en la boca.

Salimos de la troca, el concierto terminando con aplausos lejanos. Caminamos de la mano por las calles iluminadas, hablando de la vida, de El Tri, de cómo esa noche nos había marcado. No prometimos nada eterno, pero el afterglow duraba, un calorcito en el pecho que prometía más aventuras.

Al día siguiente, desperté con su número en el celular y una sonrisa tonta. El 2 de octubre no solo era memoria; para mí, era el inicio de algo salvaje, al ritmo de El Tri, donde el amor se siente en la piel, en el alma, en cada embestida del destino.

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