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1 USD Para Probar Tu Fuego

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1 USD Para Probar Tu Fuego

Entraste al bar en la Zona Rosa de la CDMX una noche de viernes que olía a tequila reposado y jazmín fresco mezclado con el sudor ligero de la gente bailando. Las luces neón parpadeaban en tonos rosas y azules, proyectando sombras danzantes sobre las paredes grafiteadas con frases callejeras como ¡Vive cabrón! La música reggaetón retumbaba en tus huesos, un ritmo que te hacía mover las caderas sin querer. Ahí la viste, recargada en la barra con una sonrisa pícara que te clavó en el sitio. Morena de piel canela, curvas que se marcaban bajo un vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación, el escote profundo invitando a perderse. Llevaba un cartelito improvisado colgando de su cuello: 1 USD to try. ¿Qué pedo con eso? pensaste, el corazón latiéndote más rápido que el bajo de la canción.

Te acercaste, el aire cargado de su perfume dulce, como vainilla quemada en una fogata. Órale, guapo, te dijo con voz ronca, ojos cafés brillando bajo las luces. ¿Quieres ser el primero en probar? Sacaste un dólar arrugado de tu chamarra, se lo pusiste en la mano abierta, tibia y suave como seda. Ella lo tomó, lo olió juguetona y lo guardó en su escote. Es para probar mi beso, susurró, jalándote de la camisa hasta que sus labios rozaron los tuyos. Fue eléctrico: su boca sabía a limón y ron, lengua juguetona explorando la tuya con una lentitud que te erizó la piel. El mundo se desvaneció, solo el calor de su aliento en tu cuello, el roce de sus pechos contra tu torso. Cuando se separó, te miró fijo. ¿Valió la pena el dólar, carnal?

Chingado, esto no puede ser real. Su piel huele a deseo puro, y ya siento mi verga endureciéndose como piedra.

Te quedaste ahí, hipnotizado, mientras ella pedía dos chelas en la barra. El barman, un vato con tatuajes de calaveras, les sirvió unas frías que sudaban gotas heladas. Se sentaron en una mesa apartada, el vinyl pegajoso bajo tus codos, el humo de cigarros flotando como niebla. Se llamaba Ximena, de aquí de la ciudad, pero con un toque gringo porque había vivido en Texas unos años. El cartel es mi juego de la noche, explicó riendo, su risa como cascabeles en la brisa. 1 USD to try... un beso, un shot, o lo que pinte. Pero contigo, siento que pinta más. Sus dedos trazaban círculos en tu antebrazo, uñas pintadas de rojo fuego raspando suave, enviando chispas directo a tu entrepierna. Hablaban de la vida, de cómo la rutina apesta y hay que agarrar el placer cuando pasa. Tú le contabas de tu curro en una agencia de diseño, ella de su tiendita de ropa en la Roma, vendiendo prendas que realzan el cuerpo como el suyo.

La tensión crecía con cada trago, el alcohol calentándote las venas, su rodilla rozando la tuya bajo la mesa. ¿Y si probamos más? murmuró, su mano bajando a tu muslo, apretando con firmeza. El pulso te martilleaba en las sienes, el olor de su arousal sutil empezando a mezclarse con el perfume, un almizcle dulce que te volvía loco. Asentiste, la voz atascada en la garganta. Salieron del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco de la ciudad besándoles la piel, cláxones lejanos y risas de borrachos de fondo. Caminaron unas cuadras hasta su depa en una colonia chida, edificios con balcones llenos de macetas y luces tenues.

Adentro, el lugar olía a café de olla y sábanas limpias. Ella prendió una lamparita de lava que proyectaba sombras rojas en las paredes blancas, música suave de Natalia Lafourcade sonando bajito desde un parlante. Te jaló al sofá, sus labios atacando los tuyos con hambre, manos desabrochando tu camisa botón por botón. Sentiste su piel ardiente bajo el vestido, pezones endurecidos rozando tu pecho desnudo. Quítamelo todo, pendejo, jadeó juguetona, mordiéndote el lóbulo de la oreja. Tus manos obedecieron, bajando el cierre, el vestido cayendo como cascada revelando un tanga negro minúsculo y nada más. Su cuerpo era un templo: senos firmes con areolas oscuras, cintura estrecha fluyendo a caderas anchas, nalga redonda que pedía ser amasada.

Qué chingonería de mujer. Su coño ya está mojado, lo siento en mis dedos, y sabe a miel cuando la pruebo.

La recostaste en el sofá, besando su cuello salado, bajando por el valle de sus tetas hasta lamer un pezón, chupándolo suave mientras ella gemía ¡Sí, cabrón, así! Tus dedos exploraron su entrepierna, el tanga empapado, labios hinchados y calientes. Lo corriste a un lado, metiendo dos dedos despacio, sintiendo su calor apretado, jugos resbalando por tu mano. Ella arqueó la espalda, uñas clavándose en tus hombros, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación como olas rompiendo. Métemela ya, rogó, ojos vidriosos de puro deseo. Te quitaste el pantalón, tu verga saltando libre, venosa y dura como nunca. Ella la tomó, masturbándote lento, el prepucio deslizándose con su saliva cuando la lamió de la base a la punta, saboreando el precum salado.

La penetraste despacio al principio, centímetro a centímetro, su panocha envolviéndote como guante de terciopelo húmedo. ¡Qué rica estás, Ximena! gruñiste, embistiéndola más profundo mientras ella clavaba las piernas en tu espalda. El sofá crujía rítmicamente, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus tetas que rebotaban con cada estocada. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, caderas girando en círculos que te volvían loco, su clítoris rozando tu pubis. Olía a sexo puro, ese aroma almizclado de fluidos mezclados con su sudor dulce. Tus manos en sus nalgas, azotándolas suave, el sonido seco resonando. ¡Más fuerte, no pares! gritaba, su voz quebrándose en gemidos agudos.

La tensión subía como volcán, sus paredes internas contrayéndose alrededor de tu verga, ordeñándote. La volteaste a cuatro patas, admirando su culo perfecto, separando las nalgas para ver su ano rosado guiñando. La cogiste por atrás, profundo y rápido, bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose frenética. ¡Me vengo, chingado! chilló, cuerpo temblando, chorro caliente empapando tus muslos. Eso te llevó al límite: embestida final, corriéndote dentro con rugido gutural, semen caliente llenándola mientras ondas de placer te recorrían desde la punta de la verga hasta el cerebro.

Colapsaron juntos, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. Ella se acurrucó en tu pecho, besos suaves en tu piel salobre. Valió más que un dólar, ¿verdad? murmuró, riendo bajito. Te quedaste ahí, escuchando su corazón latir contra el tuyo, el aroma de sus cabellos revueltos envolviéndote. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero adentro todo era paz, un afterglow que te hacía sentir vivo como nunca. Vuelve cuando quieras probar más, susurró antes de dormirse. Y tú supiste que lo harías, porque un dólar había abierto la puerta a un fuego que no se apagaría fácil.

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