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Aaliyah Inténtalo de Nuevo

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Aaliyah Inténtalo de Nuevo

La noche en Polanco bullía con luces neón y el aroma dulzón de los tacos al pastor que se asaban en la esquina. Aaliyah caminaba con ese contoneo que volvía locos a los machitos del barrio, su vestido rojo ceñido al cuerpo como una segunda piel, resaltando las curvas que había moldeado en el gym con sudor y determinación. Tenía veintiocho años, piel morena como el chocolate mexicano, ojos negros que prometían pecados y labios carnosos que sabían a tamarindo. Pero esta noche no era cualquier noche. Hacía meses que su último ligue la había dejado con el corazón hecho mierda, un pendejo que no supo valorar lo que tenía enfrente. Ya estuvo, Aaliyah, inténtalo de nuevo, se dijo a sí misma mientras entraba al bar, con la canción de su tocaya sonando en su mente como un mantra sexy.

Tú estabas ahí, sentado en la barra, con una cerveza fría en la mano, el cuello de la camisa entreabierto dejando ver un pecho firme. Eras alto, con esa barba recortada que picaba justo bien y ojos que devoraban sin pedir permiso. Cuando ella se acercó, pidiendo un paloma con tequila reposado, sus miradas chocaron como chispas en la oscuridad. Órale, pensaste, esta chava es fuego puro. Ella sonrió, juguetona, oliendo a vainilla y deseo fresco.

¿Qué onda, guapo? ¿Vienes mucho por acá? —preguntó Aaliyah, su voz ronca como el mariachi en una boda, rozando tu brazo con la yema de los dedos. El roce fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave, enviando un escalofrío directo a tu entrepierna.

Conversaron de todo y nada: del pinche tráfico de la Reforma, de las mejores pozolerías en la Condesa, de cómo el calor de la CDMX te hacía sudar hasta el alma. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como la espuma de una chela recién abierta. Ella reía con esa carcajada que vibraba en tu pecho, y tú no podías dejar de notar cómo sus pechos subían y bajaban con cada respiro, el escote invitándote a pecar. Si supiera lo que me provoca, pensó ella, mordiéndose el labio inferior, imaginando tus manos explorando su cuerpo.

La canción de Aaliyah empezó a sonar en los altavoces: try again, esa letra pegajosa que hablaba de segundas oportunidades. Ella se levantó, te jaló de la mano. —¡Baila conmigo, carnal! Aaliyah try again, ¿no? —dijo riendo, pegando su culo contra tu pelvis en la pista improvisada. El ritmo reggaetón los envolvió, cuerpos sudados rozándose, el olor a tequila y perfume mezclándose en el aire cargado. Tus manos en su cintura, sintiendo la carne firme bajo la tela delgada, ella girando, arqueando la espalda hasta que sus nalgas presionaron tu dureza creciente. ¡Qué chingón! El corazón le latía como tamborazo zacatecano, el calor entre sus piernas humedeciéndose con cada roce.

Salieron del bar tambaleándose de risa y lujuria, caminando hasta su depa en una calle arbolada, con el viento nocturno refrescando sus pieles calientes. En el elevador, no aguantaron más. Tú la acorralaste contra la pared, besándola con hambre, lenguas danzando como en un tango prohibido. Sabía a tequila y miel, sus labios suaves chupando los tuyos, manos enredadas en tu pelo. Ella gemía bajito, Mmm, sí, así, mientras tus dedos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas redondas. El ding del elevador los separó, pero la promesa ardía.

Adentro del departamento, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas, el aroma a jazmín de su vela encendida. Aaliyah te empujó al sofá, quitándose el vestido con lentitud felina, revelando lencería negra que abrazaba sus tetas perfectas y su coñito depilado. Esta vez no fallará, lo voy a gozar hasta el fondo, se juró, viéndote desvestirte, tu verga tiesa saltando libre, venosa y lista. Se arrodilló frente a ti, el piso fresco contra sus rodillas, y te miró con ojos de puta santa. —Quiero probarte, papi —susurró, lamiendo la punta con lengua juguetona, saboreando el precum salado. Tú gruñiste, manos en su cabeza, mientras ella te engullía centímetro a centímetro, chupando con maestría, saliva resbalando, el sonido húmedo llenando la habitación.

¡Dios, qué rica su boca! Caliente, húmeda, succionando como si quisiera sacarte el alma. Aaliyah sentía el pulso en su clítoris, palpitando al ritmo de tu placer, sus jugos mojando los muslos.

La levantaste, la tumbaste en la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Besaste su cuello, oliendo su sudor dulce, bajando a sus tetas, mamando pezones duros como piedras de obsidiana, mordisqueando hasta que ella arqueó la espalda gimiendo ¡Ay, cabrón!. Tus manos exploraron su vientre plano, dedos hundiéndose en su coño empapado, resbaladizo de miel. —Estás chorreando, mi reina —dijiste, frotando su clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían jadear, piernas temblando.

Ella te volteó, montándote como amazona, piel contra piel ardiente, el slap de carne contra carne empezando suave. Try again, Aaliyah, hazlo tuyo, pensó mientras bajaba sobre tu polla, centímetro a centímetro, estirándose deliciosamente, el placer quemando como chile habanero. Cabalgó con furia, tetas rebotando, uñas clavándose en tu pecho, el olor a sexo impregnando el aire, sudor goteando, gemidos mezclándose con el tráfico lejano. Tú la embestías desde abajo, manos en sus caderas guiándola, profundo, tocando ese punto que la volvía loca.

La tensión crecía, espiral infinita. Cambiaron posiciones: ella a cuatro patas, culo en pompa invitador, tú penetrándola con fuerza, bolas golpeando su clítoris, el sonido obsceno como música prohibida. —¡Más duro, pendejo, rómpeme! —gritaba ella, empoderada, dueña de su placer. Tus dedos en su ano juguetón, lubricado por sus jugos, presionando suave mientras la follabas sin piedad. El orgasmo la alcanzó primero, un tsunami: coño contrayéndose como puño, chorros calientes empapando las sábanas, grito gutural ¡Me vengo, chingado!, cuerpo convulsionando, visión borrosa de estrellas.

Tú la seguiste, bombeando hasta el fondo, semen caliente llenándola, gruñendo su nombre. Colapsaron juntos, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El afterglow era puro éxtasis: caricias perezosas, besos suaves, el sabor salado en sus labios. Aaliyah se acurrucó en tu pecho, oyendo tu corazón galopante calmarse, el aroma de sus cuerpos mezclados como perfume íntimo.

¿Ves? Aaliyah try again y salió chingón —murmuró ella, riendo bajito, dedo trazando círculos en tu piel. Tú la besaste la frente, sabiendo que esta segunda chance había sido la buena. La noche se extendía, promesa de más rondas, pero por ahora, el mundo era solo ellos, envueltos en sábanas revueltas y satisfacción profunda. Mañana, la vida seguiría en la bulliciosa México, pero esta conexión, carnal y emocional, perduraría como tatuaje en el alma.

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