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Bedoyecta Tri Pastillas Desata el Fuego Prohibido

7326 palabras

Bedoyecta Tri Pastillas Desata el Fuego Prohibido

Yo siempre he sido de esas que se la pasan corriendo de un lado a otro, entre el jale en la oficina y la casa, pero esa noche quise cambiar el juego. Me sentía como un trapo viejo, cansada hasta los huesos después de un día eterno en el DF. Miré el frasquito en el baño, Bedoyecta Tri Pastillas, esas tres bolitas mágicas que mi doc me recetó pa' darle un empujón a mi energía. "Órale, ¿por qué no?", me dije, y me las tragué de un jalón con un trago de agua fresca. No era pa' nada heavy, solo vitaminas pa' recargar las pilas, pero algo en mí se prendió como cerillo en gasolina.

El aire de la recámara olía a lavanda del difusor que acababa de encender, y el sol del atardecer se colaba por las cortinas entreabiertas, pintando todo de naranja. Me quité el vestido ajustado que traía puesto, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel suave, erizándola un poquito. Me miré en el espejo de cuerpo entero: curvas en su punto, pechos firmes que pedían atención, y ese calorcito que empezaba a subir desde el estómago. Las Bedoyecta tri pastillas ya hacían de las suyas, mi pulso se aceleraba, como si mi cuerpo gritara ¡estoy viva, cabrón!

Escuché la llave en la puerta principal. Era él, mi carnal, mi amor, Javier. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me deshace. "¡Ya llegué, mi reina!", gritó desde la sala. Me puse un baby doll rojo transparentito, de esos que deja ver lo justo pa' volver loco a cualquiera. Bajé las escaleras despacito, mis pies descalzos pisando la alfombra mullida, cada paso mandando ondas de anticipación por mis muslos.

¿Y si esta noche le doy sorpresa de verdad? Que sienta lo que es tener a una mujer en llamas.

"¿Qué onda, guapo?", le dije al verlo en la cocina, abriendo una cerveza fría. Sus ojos se clavaron en mí como imanes, recorriendo mis piernas hasta arriba. "¡No mames, Ana! ¿Qué traes puesto? ¿Vas a matarme de un infarto?", soltó riendo, pero su voz ya traía ese ronquillo de deseo. Me acerqué, el olor de su sudor fresco del camino mezclándose con mi perfume dulce, y le planté un beso en la boca, lento, saboreando el amargor de la chela en su lengua.

Acto uno del juego: lo tomé de la mano y lo arrastré a la recámara sin decir ni madres. El corazón me latía a mil, gracias a esas Bedoyecta tri pastillas que me tenían como leona en celo. Cerré la puerta con el pie, y lo empujé suave contra la cama king size que teníamos. "Hoy mando yo, wey", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él se dejó, sus manos grandes subiendo por mis caderas, apretando la carne suave. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como piedra, y un jadeo se me escapó.

Empecé a desabotonarle la camisa despacio, oliendo su piel salada, ese aroma macho que me pone loca. Cada botón era una tortura deliciosa, revelando su pecho velludo, pectorales firmes de tanto gym. Le lamí un pezón, saboreando el sudor, y él gruñó: "¡Pinche Ana, estás endiablada hoy!". Mis manos bajaron al cinturón, lo abrí con un chasquido metálico que resonó en la habitación silenciosa. Su pantalón cayó, y ahí estaba, su pinga parada, venosa, palpitante, pidiendo guerra.

Pero no tan rápido. Lo empujé de espaldas en la cama, las sábanas frescas crujiendo bajo su peso. Me subí encima, mis rodillas a los lados de sus caderas, el baby doll subiéndose y dejando mi concha expuesta, ya mojada, goteando de pura anticipación. El aire estaba cargado de nuestro olor, mezcla de excitación y calor corporal. Le besé el cuello, chupando suave, dejando marcas rojas como trofeos. Sus manos me amasaban las nalgas, dedos hundiéndose en la carne blanda, separándolas un poquito pa' rozar mi ano con la yema.

¡Qué rico se siente esto! Las vitaminas me tienen sensible hasta el alma, cada roce es fuego puro.

La tensión subía como olla exprés. Bajé besando su abdomen, lengua trazando los músculos marcados, hasta llegar a su verga. La tomé en la mano, piel caliente y sedosa sobre la dureza de acero. La olí, ese olor almizclado a hombre que me hace agua la boca. Lamí la cabeza despacio, saboreando la gota salada de precum, y él arqueó la espalda con un gemido gutural: "¡Sigue, mi amor, no pares!". La chupé hondo, garganta relajada por la práctica, sintiendo cómo latía en mi boca, mis labios estirados, saliva goteando.

Él no se quedó atrás. Me volteó como si nada, quedando yo de rodillas en la cama. "Ahora te toca a ti, mamacita", murmuró, y su boca atacó mi panocha. Lengua experta lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris como si fuera caramelo. Sentí explosiones en mi cabeza, el placer subiendo en oleadas, mis jugos corriendo por su barbilla. Gemí alto, "¡Ay, Javier, qué rico, cabrón!", agarrándole el pelo, empujándolo más adentro. El cuarto se llenaba de sonidos húmedos, slap-slap de su lengua, mis jadeos roncos, su respiración agitada.

El calor era insoportable, sudor perlando nuestras pieles, resbalando entre pechos y espalda. Las Bedoyecta tri pastillas me daban stamina infinita, no me cansaba, solo quería más. Lo monté de nuevo, guiando su verga a mi entrada. La cabeza rozó mis labios, untándose de mis mieles, y bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. "¡Qué chingona se siente!", grité, y empecé a moverme, caderas girando en círculos, subiendo y bajando con ritmo de cumbia caliente.

Sus manos en mi cintura, guiándome, pero yo mandaba. Pechos rebotando, pezones duros rozando su pecho. Interiormente, pensaba: Esto es lo que necesitaba, puro fuego mexicano, sin frenos. Aceleré, la cama crujiendo, piel contra piel en palmadas sonoras. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo suave, enviando chispas directas a mi centro. "¡Me vengo, Javier! ¡No pares!", chillé, y el orgasmo me golpeó como tsunami, contracciones apretando su verga, jugos salpicando.

Pero él aguantó, hombre de verdad. Me volteó a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida. "¡Toma, mi reina!", gruñó, jalándome el pelo suave pa' arquearme. El olor de sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda. Sentía cada vena de su pinga frotando mis paredes, building up al clímax final. "¡Córrete conmigo!", le pedí, y lo hizo, chorros calientes llenándome, su gemido animal resonando en mis oídos.

Colapsamos juntos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción plena. "Pinche Ana, ¿qué te pasó hoy? Estabas como poseída", murmuró riendo bajito. Sonreí, acariciando su pecho. "Secreto de las Bedoyecta tri pastillas, amor. Mañana te platico".

En el afterglow, con el corazón latiendo tranquilo, pensé en lo empowering que se sentía. No era solo sexo, era reconectar, sentirme mujer total, dueña de mi placer. La noche caía sobre la ciudad, luces titilando afuera, pero adentro, todo era paz y promesas de más noches así. Javier se durmió primero, yo me quedé velándolo, saboreando el eco del placer en mi cuerpo aún sensible.

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