Canciones de Amor de Trios que Nos Encienden
La noche en la terraza de aquel rooftop en Polanco olía a jazmín y tequila reposado. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban allá abajo como estrellas caídas, y el aire cálido me rozaba la piel desnuda de los hombros. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que me hacía sentir como una diosa, sorbía mi margarita mientras el trio en la esquina arrancaba con una de esas canciones de amor de trios que te erizan la piel. "Solamente una vez", cantaban con esas voces graves y melosas, y neta, me dieron ganas de bailar pegadita a alguien.
Carla, mi carnala de toda la vida, se recargó en mi hombro, su perfume dulce mezclándose con el mío. "Mira wey, ese güey de allá", me susurró al oído, señalando con la barbilla a un morro alto, de piel morena y ojos que brillaban como el obsidiana. Se llamaba Diego, lo supimos después, cuando se acercó con dos chelas en la mano. "Buenas noches, reinas. ¿Les late compartir unas canciones de amor de trios conmigo?" dijo con una sonrisa pícara que me mojó de golpe.
¿Qué pedo conmigo? ¿Por qué de repente quiero que me bese aquí mismo, con el trio de fondo?Pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Carla y yo nos miramos, cómplices como siempre. Ella, con su melena rizada y curvas que volvían locos a todos, le guiñó el ojo. "Órale, carnal, siéntate. Pero avisa si te animas a más que cantar."
La primera cerveza se fue rápido, y el trio pasó a "Bésame mucho". Diego nos contó que era músico, que tocaba guitarra en antros de la Roma, y que esas canciones de amor de trios eran su vicio. Sus manos grandes rozaron las mías al pasarme la lima, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Carla se rio bajito, su muslo apretando el mío bajo la mesa. La tensión crecía como el volumen de la música, lenta pero imparable.
Acto uno completo, y ya sentía el calor entre las piernas.
Nos invitó a su depa, que estaba a unas cuadras, en una condesa chida con vista al parque. "Vamos a poner unas canciones de amor de trios de verdad", dijo, y nosotras, con el tequila zumbando en las venas, dijimos que sí. Caminamos pegaditos, su brazo alrededor de mi cintura, el de Carla en la suya. El viento nocturno traía olor a tacos de la esquina, pero lo único que quería probar era su boca.
Adentro, el lugar era un nido: velas encendidas, bocinas potentes, y un colchón king size en el centro de la sala. Puso "Sabor a mí", y el trio invadió el aire con trompetas suaves y maracas que sonaban como latidos. Diego nos jaló a bailar, su cuerpo duro presionando contra el mío mientras Carla se pegaba por detrás. Sentí sus pechos contra mi espalda, su aliento caliente en mi cuello. "Qué ricas están las dos", murmuró él, y yo gemí bajito sin querer.
Neta, esto es lo que necesitaba. Dos cuerpos queriendo el mío, sin dramas, puro fuego.
Las manos de Carla subieron por mis muslos, levantando el vestido poco a poco. Diego me besó primero, su lengua sabiendo a sal y deseo, profunda y juguetona. Yo respondí mordiéndole el labio, mientras giraba la cabeza para besar a Carla. Sus labios suaves, con gloss de fresa, me hicieron temblar. El trio cantaba "Contigo en la distancia", y cada nota era como una caricia en mi clítoris.
Nos fuimos desvistiendo entre risas y besos. Mi vestido cayó al piso con un shhh suave, revelando mi lencería roja que compré pensando en noches como esta. Diego se quitó la camisa, mostrando un pecho tatuado con una rosa y espinas, músculos que olían a colonia y sudor fresco. Carla era puro fuego: tetas firmes, culo redondo, y un tatuaje de mariposa en la cadera que lamí con ganas.
Caímos al colchón, piel contra piel. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el jazmín de las velas. Diego se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos mientras Carla me chupaba las tetas. Sentí su lengua en mis pezones duros, un tirón eléctrico que me arqueó la espalda. "Ay, wey, qué chido", jadeé, mis manos enredadas en su pelo.
Él bajó más, su aliento caliente en mi concha ya empapada. Lamidas lentas, saboreándome como si fuera el mejor tequila. Grité cuando tocó el clítoris, círculos perfectos que me hacían ver estrellas. Carla se subió a mi cara, su coño rosado y húmedo rozando mis labios. La probé, salada y dulce, mientras ella gemía mi nombre. El trio seguía de fondo, "Amor, amor, amor", y neta, era nuestra banda sonora.
Esto es empoderador, carnalas. Yo mandando, ellas y él obedeciendo mis gemidos.
La intensidad subió cuando Diego metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca. Bombeaba lento al principio, luego rápido, mientras yo devoraba a Carla, mi lengua follando su entrada. Ella se retorcía, sus jugos corriéndome por la barbilla. Sudábamos todos, el aire espeso de gemidos y música. Olía a panocha excitada, a huevos calientes, a puro vicio consentido.
Cambié de posición, queriendo más. Me puse a cuatro, Diego detrás, su verga gruesa y venosa empujando contra mi culo. "Dime si quieres, reina", dijo, y yo: "¡Métemela ya, pendejo!". Entró despacio, llenándome hasta el fondo, un estirón delicioso que me hizo gritar. Carla se acostó debajo, lamiéndome el clítoris mientras él me cogía. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las pellizcaba, fuerte pero con cariño.
El ritmo era brutal: plaf plaf plaf de su pelvis contra mis nalgas, succiones de su lengua en mi botón, mis jadeos ahogados en su boca cuando nos besábamos. El trio pasó a "Perfidia", traicionera como el orgasmo que se acercaba. Sentí el calor subiendo por mi espina, pulsos en el coño apretando su pija.
"Me vengo, cabrones", avisé, y exploté. Olas y olas, temblando entera, chorros mojando las sábanas. Diego gruñó, saliendo para pintarme la espalda de leche caliente, espesa y pegajosa. Carla se vino después, frotándose contra mi muslo, gritando mi nombre como una oración.
Nos quedamos tirados, respirando pesado, el trio apagándose en la última nota. Diego nos trajo agua fría, besándonos las frentes. Carla se acurrucó en mi lado izquierdo, él en el derecho. Olía a semen, sudor y paz.
Las canciones de amor de trios no mienten. Nos unieron esta noche, y quién sabe, quizás repitamos.
La madrugada entró por la ventana, con su luz rosada y el tráfico lejano. Nos vestimos lentos, besándonos perezosos. "Esto fue lo máximo, wey", dijo Carla, y Diego sonrió: "Vuelvan cuando quieran más canciones de amor de trios". Salimos tomadas de la mano, el corazón lleno, el cuerpo satisfecho. En el taxi de regreso, nos miramos y reímos. Neta, la vida es para vivirse así: con deseo, música y amor en trio.