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Juegos del Tri Desenfrenados

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Juegos del Tri Desenfrenados

Era una noche de esas que prenden a todo México, con el Tri jugando contra el rival de siempre. Yo, Ana, estaba en el depa de Marco, mi carnal desde hace dos años, y había invitado a Luis, el wey del gym que siempre me guiñaba el ojo con esa sonrisa pícara. Los tres éramos compas de la uni, adultos y solteros en el alma, aunque Marco y yo ya andábamos en serio. El aire olía a chelas frías y totopos con salsa verde que acababa de preparar, el sonido de la tele retumbaba con los gritos del estadio Azteca.

Me senté en el sofá entre ellos, con mi shortcito ajustado y una blusita escotada que dejaba ver justo lo necesario. Marco me pasó una cerveza, su mano rozando la mía con esa electricidad que siempre me eriza la piel.

¿Por qué invité a Luis? Porque desde la última peda, soñaba con verlos juntos, tocándome, explorando. Era mi fantasía secreta, los juegos del tri que me rondaban la cabeza.
Luis se recargó a mi lado, su muslo fuerte pegándose al mío, y el calor de su cuerpo me hizo tragar saliva.

El partido arrancó con todo: el Tri metió gol en los primeros minutos. Gritamos como locos, Marco me abrazó por la cintura y Luis me dio una nalgada juguetona. "¡Eso carnales!" chillé, riendo, pero mi corazón latía fuerte, no solo por el juego. Sus manos se quedaron un segundo de más, y sentí ese cosquilleo bajando por mi espalda.

Durante el medio tiempo, la tensión creció. Abrí otra chela y me estiré, arqueando la espalda para que vieran cómo se marcaban mis chichis bajo la blusa. Marco me miró con ojos de fuego, "Nena, estás cañona hoy", y Luis soltó un "Puta madre, Ana, me estás matando". Nos reímos, pero el aire se cargó de algo más, un deseo espeso como el mole en día de fiesta. Propuse un jueguito: cada gol del Tri, un beso; si fallaban, un shot. Pero en mi mente, ya eran los juegos del tri, esos que imaginaba con sus cuerpos enredados conmigo.

Volvió el segundo tiempo. El Tri presionaba, y nosotros también. Marco me besó el cuello mientras celebrábamos un tiro de esquina, su aliento caliente oliendo a cerveza y menta. Luis no se quedó atrás, su mano grande subió por mi muslo, deteniéndose justo antes de lo prohibido.

¡Dios, qué rico! Su piel áspera contra la mía suave, el sudor del partido mezclándose con el nuestro.
Me mordí el labio, el sonido de sus respiraciones pesadas ahogando los comentarios del narrador.

El empate llegó como un balde de agua fría, pero lo usamos a nuestro favor. "Shot time", dijo Marco, pero en vez de tequila, me jaló hacia él y me besó profundo, su lengua saboreando la mía con urgencia. Luis se unió, besando mi hombro, sus labios húmedos dejando un rastro ardiente. Mi cuerpo se encendió, pezones duros rozando la tela, un calor húmedo creciendo entre mis piernas. "¿Quieren jugar de verdad?" susurré, voz ronca. Ellos asintieron, ojos brillantes como el estadio iluminado.

Apagamos la tele a la mitad del partido –el Tri podía esperar–. Nos fuimos al cuarto, risas nerviosas rompiendo el silencio. Marco me quitó la blusa despacio, sus dedos temblando de emoción, exponiendo mis tetas al aire fresco. Luis jadeó, "Qué chingonas, Ana", y se acercó para lamer un pezón, su lengua áspera mandando chispas directo a mi clítoris. Marco hizo lo mismo con el otro, succionando fuerte, el sonido húmedo de sus bocas llenando la habitación. Olía a su colonia mezclada con mi aroma de excitación, ese almizcle dulce que inunda cuando estoy empapada.

Me recosté en la cama king size, ellos de rodillas a mis lados como guardianes. Desabroché sus jeans, liberando sus vergas duras, palpitantes. La de Marco, gruesa y venosa, conocida y adorada; la de Luis, larga y curva, una promesa nueva. Las tomé en mis manos, piel caliente y suave sobre el acero debajo.

¡Puta madre, dos a la vez! Las acaricie lento, sintiendo cómo latían, el pre-semen salado en mis dedos.
Ellos gimieron, voces graves como rugidos de tigre.

Los juegos del tri empezaron en serio. Primero, me pusieron de rodillas entre ellos. Chupé a Marco profundo, garganta relajada por la práctica, mientras Luis me metía los dedos en el culo, lubricados con mi propia humedad. "¡Ay wey, qué rico!" grité al cambiar, ahora mamando a Luis, su sabor más salado, más salvaje. Marco lamía mi coño desde atrás, lengua plana lamiendo de clítoris a ano, el sonido chapoteante de mi jugo en su boca. Mi piel ardía, sudor perlando mi espalda, el colchón hundiéndose bajo nuestros pesos.

La intensidad subió. Me monté en Marco, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cada embestida hacía que mis tetas rebotaran, slap-slap contra su pecho. Luis se paró frente a mí, metiéndomela en la boca, follándome la cara suave pero firme. "Sí, nena, trágatela toda", gruñó. El ritmo era perfecto, sincronizado como el Tri en contraataque: entro Marco, sale Luis; entro Luis por mi garganta, Marco sale de mi panocha. Olía a sexo puro, ese olor terroso y dulce, escuchaba sus bolas chocando contra mí, mis gemidos ahogados.

Pero queríamos más. Cambiamos: yo a cuatro patas, Marco en mi coño, Luis probando mi culo. Primero con dedos, luego su punta lubricada. "Despacio, carnal", pedí, y él obedeció, entrando centímetro a centímetro hasta que estuve llena por ambos lados. ¡El placer era cegador! Dos vergas frotándose separadas solo por una delgada pared, pulsando al unísono. Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, chillando "¡Me vengo, chingado!", jugos chorreando por las piernas de Marco. Ellos no pararon, embistiendo más duro, el cuarto lleno de nuestros jadeos y el crujir de la cama.

Luis se vino en mi culo, caliente y espeso, gimiendo mi nombre como oración. Marco me volteó, poniéndome encima para su turno final. Cabalgué como loca, uñas en su pecho, sintiendo su corrida explotar dentro de mí, mezclándose con mis fluidos. Colapsamos en un enredo sudoroso, pechos subiendo y bajando, besos suaves en la piel salada.

Después, en la afterglow, nos quedamos así, cuerpos pegajosos y satisfechos. Marco me acarició el pelo, "Eso fue épico, mi amor". Luis sonrió, "Los juegos del tri, ¿eh? Hay que repetir". Reí bajito, el corazón lleno, saboreando el eco de sus sabores en mi boca. Afuera, México celebraba el triunfo del Tri –escuchamos los cohetes–, pero nuestro juego había sido el verdadero campeonato. Me sentía poderosa, deseada, completa.

Esto no era solo sexo; era conexión, libertad, nosotros tres en armonía.

Nos duchamos juntos, manos jabonosas explorando de nuevo, pero suave, tierno. Salimos a la sala, el partido había terminado en victoria. Brindamos con las chelas tibias, planeando la revancha. Los juegos del tri se habían vuelto reales, y yo no podía esperar por más noches así, envuelta en sus brazos, en su pasión mexicana pura.

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