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Te ofrezco un huevo en estos tiempos difíciles

5875 palabras

Te ofrezco un huevo en estos tiempos difíciles

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi cocina en la casa de Coyoacán, pintando todo de un naranja cálido que olía a chiles tostados y café recién molido. Yo, Ana, acababa de llegar del jale en la oficina, con el pinche estrés del día pegado a la piel como sudor fresco. La pandemia había pasado, pero los tiempos seguían jodidos: jefes culeros, tráfico infernal en el Periférico y esa sensación de que nada encajaba. Me quité los zapatos, sintiendo el fresco del piso de barro contra mis pies cansados, y me serví un tequila reposado para aflojar el nudo en el pecho.

Entonces sonó el timbre. Era Marco, mi vecino del 12, ese carnal alto y moreno con ojos que te miran como si ya supieran todos tus secretos. Llevaba una bolsa de mercado en la mano, con huevos frescos del tianguis de la esquina. Siempre hacía eso: aparecer con algo chido cuando más lo necesitaba.

«¿Qué onda, Ana? ¿Te ofrezco un huevo en estos tiempos difíciles?»
dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor bajo. Reí, porque el cabrón lo dijo con doble sentido, y en México todos sabemos que huevo no es solo para el desayuno.

Órale, pásale, güey. Justo lo que me hacía falta —le contesté, sintiendo un cosquilleo en la panza que no era solo hambre. Lo dejé entrar, oliendo su colonia mezclada con el aroma terroso de los huevos. Nos sentamos en la mesa de madera, y mientras rompía las cáscaras, el sonido crujiente me erizó la piel. Hablamos de la vida, de cómo el mundo seguía siendo un desmadre, pero sus manos grandes rozando las mías al pasar la sal me hicieron olvidar el estrés. Sus dedos eran ásperos del gimnasio, cálidos como el sol de mediodía, y cada roce enviaba chispas directo a mis muslos.

La tensión creció despacio, como el hervor de los huevos en la sartén. El aceite chisporroteaba, soltando un humo fragante que se pegaba a nuestra ropa, y el calor de la estufa nos acercaba más. ¿Por qué carajos me ponía tan caliente con algo tan simple? pensé, mientras lo veía voltear los huevos con maestría, sus bíceps tensándose bajo la camisa ajustada. Me mordí el labio, imaginando esas manos en mi cintura. —Prueba esto, mija —me dijo, ofreciéndome un bocado en la tenedor. El huevo estaba perfecto: yema cremosa que se deshacía en mi lengua, salada y suave, con un toque de chile que picaba justo ahí abajo.

Nuestros ojos se clavaron. El aire se espesó con el olor de nuestra excitación, ese almizcle sutil que sale cuando el cuerpo pide más. Me paré para lavar los platos, pero él se acercó por detrás, su pecho duro contra mi espalda. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y tequila. —¿Quieres más que un huevo, Ana? —susurró, su voz ronca como grava mojada. Mi corazón latía desbocado, el pulso retumbando en mis oídos. Asentí, girándome para besarlo. Sus labios eran firmes, sabían a huevo y deseo, y su lengua invadió mi boca con urgencia consentida.

Acto dos: la escalada. Lo jalé hacia el mostrador, mis manos explorando su pecho velludo bajo la camisa desabotonada. Chingado, qué rico se sentía, músculos duros como piedra volcánica. Me levantó con facilidad, sentándome en la encimera fría que contrastaba con el fuego entre mis piernas. Sus dedos bajaron mi blusa, liberando mis tetas al aire tibio de la cocina. Las lamió despacio, el sonido húmedo de su lengua contra mi piel erizándome los pezones.

«Eres una pendejita tan rica, Ana... déjame comerte entera»
, murmuró, y yo gemí, arqueándome. El olor de mi propia humedad se mezcló con el del aceite quemado, embriagador.

Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante, con ese calor que quema las palmas. La acaricié, sintiendo las venas saltar bajo mi toque, el precum salado en mi dedo cuando lo probé. —Ven, carnal —le dije, guiándolo dentro de mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con placer que dolía rico. El sonido de nuestra piel chocando era obsceno: plaf plaf, rítmico como cumbia en fiesta. Sudábamos, el salitre de nuestros cuerpos goteando, mientras yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo su sudor masculino, ese afrodisíaco puro.

La intensidad subió. Me folló más fuerte, el mostrador crujiendo bajo nosotros, mis gemidos llenando la cocina como vapor. Me traes loca, pendejo, pensé, mientras sus embestidas me rozaban el clítoris perfecto. Sentía cada pulso de su verga dentro, el calor acumulándose en mi vientre como lava. Él gruñía, mordiendo mi hombro suave, su aliento jadeante en mi oreja. —Vente conmigo, reina —me rogó, y el clímax nos golpeó juntos: oleadas de placer que me nublaron la vista, mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta el final. Su semen caliente me llenó, derramándose lento, pegajoso entre mis muslos.

Caímos exhaustos, él aún dentro de mí, nuestros corazones tronando al unísono. El afterglow fue puro paraíso: besos perezosos, el sabor salado de su piel en mis labios, el olor de sexo impregnando todo. Nos deslizamos al piso, envueltos en una cobija tejida que olía a lavanda. —En estos tiempos difíciles, tú eres mi pinche salvación —le dije, riendo bajito mientras trazaba círculos en su pecho. Él me apretó contra sí, su mano cálida en mi nalga.

«Y yo te ofrezco todos mis huevos cuando quieras, mami»
.

Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano y el zumbido de la ciudad, pero en nuestro mundo todo era paz. El estrés se había ido, lavado por el sudor y el amor carnal. Sabía que volvería a aparecer con esa frase, y yo lo esperaría, lista para más huevos en tiempos difíciles.

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