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Con El Tri Le Echo Muchas Ganas

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Con El Tri Le Echo Muchas Ganas

La noche caía sobre la ciudad como un manto caliente de verano, y en mi depa del centro, el aire ya empezaba a oler a jazmín del jardín de abajo mezclado con el humo de los tacos al pastor de la esquina. Puse el disco de El Tri, ese que siempre me prende el ánimo, con Alex Lora gritando a todo pulmón sobre la vida loca y las pasiones que no se apagan. "¡Triste canción de amor!", retumbó el parlante, y sentí el bajo vibrando en mi pecho como un latido extra.

Ahí estaba ella, mi carnala del alma, Lupita, entrando con esa sonrisa pícara que me deshace las tripas. Vestida con un vestido rojo ceñido que le marcaba las curvas como si fuera hecho a mano por los dioses, su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas que ya había encendido. "Órale, güey, ¿ya pusiste la música pa' que nos aviente el rol?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, mientras se acercaba contoneándose al ritmo.

La tomé de la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela delgada. Sus manos subieron por mi espalda, uñas rozando apenas, y el olor de su perfume, algo dulce como vainilla con un toque picante de chile, me invadió las fosas nasales. Bailamos pegaditos, el sudor empezando a perlar su cuello, y yo pensando: con El Tri de fondo, yo le echo muchas ganas, carajo, esta noche no me rajo. Sus caderas se movían contra las mías, un roce lento que ya me tenía la verga semi parada, palpitando con cada acorde de la guitarra.

Nos miramos a los ojos, los suyos negros como el chocolate amargo que tanto le gusta, y sentí esa tensión inicial, ese juego de "¿quién cede primero?". Ella mordió su labio inferior, un gesto que siempre me mata, y susurró: "Métetela ya, cabrón, no me hagas esperar". Pero no, yo quería alargar el chiste, saborear cada segundo. La besé despacio, lengua explorando su boca húmeda y caliente, sabor a tequila con limón de la chela que nos echamos antes. Sus gemidos suaves se perdían en la música, pero yo los sentía vibrar en mi boca como un secreto compartido.

La llevé al sofá, tumbándola con cuidado, como si fuera de cristal pero sabiendo que era puro fuego. Le subí el vestido por los muslos, piel suave como seda, oliendo a ella, a esa esencia femenina que me vuelve loco. "Qué rica estás, mamacita", le dije, mientras mis dedos trazaban caminos por su interior, encontrando su calzón ya mojado, caliente. Ella arqueó la espalda, gimiendo más fuerte ahora, el "¡ay, papi!" saliendo entre dientes. El Tri seguía sonando, "¡Piedras contra el vidrio!", y yo le eché muchas ganas, lamiendo su cuello, bajando por el escote hasta sus chichis firmes, pezones duros como piedras preciosas.

Esto es lo que necesitaba, güey, esta mujer que me hace sentir vivo, que con cada toque me recuerda por qué vale la pena el desmadre de la vida.

La tensión subía como la marea en Acapulco, mis manos temblando un poco de pura anticipación. Ella me quitó la playera de un jalón, uñas arañando mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Su boca en mi piel, besos húmedos bajando por el abdomen, hasta que sentí su aliento caliente sobre mi entrepierna. "Te voy a mamar hasta que grites, pendejo", murmuró, y lo hizo, labios envolviéndome, lengua girando con maestría, el sonido chupante mezclándose con el solo de guitarra. Olía a sexo inminente, a sudor nuestro y a la promesa de explosión.

Pero no quería acabar así, no todavía. La levanté, la cargué al cuarto, su risa resonando como campanas mientras sus piernas se enredaban en mi cintura. La tiré en la cama king size que compramos juntos, sábanas frescas oliendo a lavanda. Le arranqué el vestido, quedando en cueros, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Yo me quité lo poco que traía, verga tiesa apuntando al cielo, venas palpitando.

Nos frotamos como animales en celo, piel contra piel, el calor de su panocha rozando mi punta, mojada y lista. "Entra ya, métemela toda", rogó ella, ojos vidriosos de deseo. La penetré despacio al principio, sintiendo cada centímetro apretándome, caliente y resbaloso. Gemí fuerte, el placer subiendo por mi espina como corriente eléctrica. Empecé a moverme, ritmo lento al principio, sincronizado con el "¡Abuso!" de El Tri que seguía en loop. Sus uñas en mi espalda, rasguños que dolían rico, su aliento en mi oreja: "Más duro, échale ganas, mi rey".

La intensidad creció, embestidas más profundas, el sonido de carne chocando, chapoteos húmedos, sus gritos ahogados en mi hombro. Sudor goteando, mezclándose, salado en mi lengua cuando la besé de nuevo. Sentía su corazón latiendo contra el mío, desbocado, y en mi mente: con El Tri, yo le echo muchas ganas, la hago mía hasta que no quede nada. Ella se corrió primero, cuerpo temblando, panocha contrayéndose alrededor de mí como un puño de terciopelo, gritando mi nombre entre jadeos: "¡Sí, cabrón, así!".

No paré, seguí bombeando, el clímax mío acercándose como tren desbocado. Sus ojos en los míos, conexión total, empoderándonos mutuamente en ese vaivén salvaje. Finalmente, exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, placer cegador que me dejó temblando, gruñendo como bestia. Nos quedamos pegados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el eco final de la música.

Después, en el afterglow, la abracé fuerte, su cabeza en mi pecho, pelo revuelto oliendo a nosotros. "Te amo, güey", susurró, y yo respondí con un beso en la frente. El Tri se apagó solo, pero la noche seguía viva en nuestras pieles marcadas, en los recuerdos frescos. Mañana sería otro día, pero esta pasión, esta entrega total, nos recordaba que la vida se vive a todo dar, echándole muchas ganas, como en las rolas que tanto nos gustan.

Nos dormimos así, entrelazados, con la promesa de más noches como esta, donde el deseo no tiene fin y el amor se siente en cada poro.

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