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Triada de Colores Terciarios Desnuda

6651 palabras

Triada de Colores Terciarios Desnuda

Entré a mi taller en la Condesa con el sol de la tarde filtrándose por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el piso de concreto pulido. Olía a trementina fresca y a café negro que acababa de colar. Yo, Ana, pintora de treinta y tantos, siempre me perdía en mis obsesiones cromáticas. Esta vez era la triada de colores terciarios: ese naranja quemado que evoca fuego lento, el violeta profundo como un susurro prohibido y el verde azulado que recuerda el mar en tormenta. Neta, me traían loca. Quería capturarlos en lienzo, pero algo me decía que necesitaban carne viva para cobrar vida.

Ahí nomás, como si el universo me leyera la mente, tocaron la puerta. Era Javier, mi carnal del arte, con esa sonrisa pícara que me hace sudar. Alto, moreno, con tatuajes que serpentean por sus brazos como ríos salvajes. A su lado, Sofía, su jefa en la galería, una morra de curvas imposibles, pelo negro azabache y ojos que te desnudan con una mirada. Órale, qué chido timing, pensé mientras los abrazaba. Traían una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, de esas que queman la garganta y avivan el deseo.

Pinche Ana, ¿ya estás en tus rollos cromáticos otra vez?
dijo Javier riendo, mientras servía tragos en vasos de cristal grueso. Sofía se recargó en la mesa de trabajo, su blusa de lino semitransparente dejando ver el encaje negro de su brasier.

—Sí, wey. La triada de colores terciarios. Quiero pintarlos en cuerpos, no en trapos. ¿Se animan a posar?

Ellos se miraron, esa complicidad que tienen me erizó la piel. El mezcal bajó suave, calentándome el pecho, y platicamos de expos, de noches locas en el Roma. La tensión crecía como humo: Javier rozaba mi brazo al gesticular, Sofía cruzaba las piernas dejando ver su muslo bronceado. Sentía mi pulso acelerarse, el aire cargado de promesas.

La luz cambió a tonos anaranjados del atardecer. Propuse empezar. Me quité la playera manchada de pintura, quedándome en bra de algodón blanco. Ellos siguieron el ejemplo, Javier con boxers que no escondían nada de su paquete marcado, Sofía en tanga roja que contrastaba con su piel canela. Esto va a estar cabrón, me dije, el corazón latiéndome en las sienes.

Preparamos las pinturas: óleo cremoso en naranja quemado, violeta aterciopelado, verde azulado como turquesa salvaje. La triada perfecta. Empecé con Javier, untando el pincel en su pecho ancho. La brocha resbalaba suave sobre su piel tibia, dejando rastros vibrantes. Él jadeó bajito, el sonido ronco me vibró en el ombligo.

Se siente chingón, Ana
, murmuró, sus ojos clavados en los míos.

Sofía se acercó por detrás, su aliento cálido en mi cuello mientras tomaba el violeta. Pintó espirales en mi espalda, sus dedos rozando mi espina dorsal. Olía a jazmín de su perfume mezclado con el almizcle de su excitación naciente. Mis pezones se endurecieron contra el aire fresco del taller, el roce del pincel en mi nalga me hizo morder el labio.

El mezcal seguía fluyendo, soltándonos las inhibiciones. Javier tomó el verde azulado y trazó líneas en los senos de Sofía, el color resplandeciendo contra sus areolas oscuras. Ella gimió, arqueando la espalda, y yo no pude resistir: lamí una gota de pintura de su clavícula. Sabía a sal y a vainilla, dulce prohibida. Nuestras miradas se cruzaron, fuego puro.

La escalada fue natural, como los colores fundiéndose en el lienzo. Javier me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Su lengua sabía a mezcal ahumado, invasiva, demandante. Sofía se pegó a mi espalda, sus manos explorando mis caderas, bajando la tanga hasta mis tobillos. Sentí su coño húmedo presionando contra mis nalgas mientras besaba mi hombro, mordisqueando suave.

Esto es la puta madre, pensé, el vértigo subiéndome por las piernas. Nos movimos al colchón mullido en la esquina del taller, rodeado de tubos de pintura y lienzos a medio hacer. Javier se tendió, su verga erecta palpitando, veins marcadas bajo la piel. La unté de naranja quemado con las manos, resbaloso, caliente. Sofía se montó en su cara, él lamiéndola con avidez, sus gemidos amortiguados vibrando en el aire.

Yo me arrodillé, chupando la punta de su pito pintado, el sabor terroso del óleo mezclándose con su precum salado. Qué rico, cabrón. Sofía se inclinó para besarme, sus tetas pesadas rozando mi cara, nipples duros como piedras preciosas. Pintamos más: violeta en mis labios vaginales, verde en su clítoris hinchado. Cada trazo era caricia, cada caricia promesa de más.

La intensidad subió. Javier me penetró despacio, su grosor estirándome delicioso, el naranja manchándose entre mis muslos. Sofía se frotó contra mi boca, su humedad empapándome la barbilla, oliendo a mar y deseo. Gemí contra su piel, el sonido perdido en sus pliegues. Nuestros cuerpos se retorcían, sudor perlando pieles, colores terciarios corriéndose en ríos abstractos. El taller olía a sexo crudo: almizcle, pintura, mezcal derramado.

¡Ay, wey, no pares!
gritó Sofía, sus caderas moliendo contra mi lengua.

Javier aceleró, sus embestidas profundas, chocando contra mi punto G con precisión brutal. Sentía mis paredes contrayéndose, el orgasmo construyéndose como tormenta. Sofía se vino primero, temblando, chorro caliente en mi boca, sabor ácido dulce. Yo la seguí, olas rompiéndome en pedazos, gritando su nombre mezclado con el de él. Javier se corrió adentro, caliente, lleno, su gruñido animal resonando en mis oídos.

Colapsamos en un enredo de miembros pintados, pechos agitados, risas ahogadas. El verde azulado goteaba de su verga flácida, violeta manchaba las sábanas, naranja brillaba en mis muslos temblorosos. Afuera, la noche caía sobre la Condesa, luces de neón parpadeando lejanas.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. Javier trazó espirales en mi vientre con un dedo limpio. Sofía besó mi sien, su aliento cálido.

La triada de colores terciarios nunca lució tan viva
, susurré, riendo bajito.

Ellos asintieron, ojos brillantes. No era solo sexo; era arte vivo, conexión profunda. Mañana expondríamos esto en cuerpos, no en canvas. Pero esa noche, en el afterglow, con el corazón latiendo en sintonía, supe que la verdadera obra maestra era nosotros tres, fundidos en esa paleta sensual.

El mezcal se enfrió en el piso, pero el calor entre nosotros ardía eterno. Qué chingonería de vida.

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