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Intento en Tercera Persona

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Intento en Tercera Persona

Ana recorrió con la mirada las paredes iluminadas de la galería en Roma Norte, el aire cargado con el aroma sutil de vino tinto y perfumes caros. Las luces tenues bailaban sobre las pinturas abstractas, creando sombras que jugaban con su imaginación. Llevaba un vestido negro ajustado que rozaba su piel con cada movimiento, recordándole lo expuesta que se sentía esa noche. Tenía veintiocho años, diseñadora gráfica freelance, y había venido sola, buscando algo más que arte: una chispa, un roce que acelerara su pulso.

Entonces lo vio. Marco, alto, con barba recortada y ojos oscuros que parecían devorarla desde el otro lado de la sala. Fotógrafo, se enteró después, treinta años, con manos fuertes que sostenían una copa de manera casual. Sus miradas se cruzaron, y Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si el aire entre ellos se hubiera espesado.

¿Por qué me mira así? Neta, este güey me está poniendo caliente con solo una sonrisa
, pensó, mientras se acercaba fingiendo interés en una escultura.

—Qué chido el trabajo de este cuate, ¿no? —dijo él, su voz grave rozando su oído como un susurro inesperado.

—Simón, pero tú pareces saber más de luces y sombras —respondió ella, girándose con una ceja arqueada. Olía a él: madera y algo cítrico, fresco, que le revolvió el estómago.

Hablaron de arte, de la ciudad que nunca duerme, de cómo el DF los volvía locos con su caos ordenado. La tensión crecía con cada risa compartida, cada roce accidental de dedos al pasar la copa. Ana sentía el calor subirle por el pecho, sus pezones endureciéndose bajo la tela. Él la invitó a su departamento a unas cuadras, "solo para ver mi portafolio", dijo con picardía. Ella aceptó, el corazón latiéndole como tambor en fiesta.

El trayecto fue corto, pero eterno. Caminaron por calles empedradas, el bullicio de autos y risas lejanas envolviéndolos. Al entrar al loft minimalista, con ventanales que daban a las luces de la ciudad, Marco cerró la puerta y el mundo exterior se desvaneció. Preparó mezcales ahumados, el olor penetrante llenando el espacio. Se sentaron en el sofá de piel suave, demasiado cerca.

—Cuéntame de ti, Ana. ¿Qué te prende de verdad? —preguntó él, sus dedos trazando un camino invisible en su muslo desnudo.

Ella tragó saliva, el mezcal quemándole la garganta.

Siento su calor tan cerca, neta quiero que me bese ya. ¿Y si le propongo algo loco?
La idea brotó de repente, juguetona, alimentada por el alcohol y el deseo. —Soy escritora aficionada, ¿sabes? Me gusta jugar con perspectivas. ¿Y si intentamos algo? Un try en tercera persona, como en esos cuentos eróticos que leo. Imagina que narro lo que pasa entre nosotros, pero en tercera persona. Suena cabrón, ¿no?

Marco rio, bajo y ronco, sus ojos brillando. —Órale, pruébalo. Me encanta lo rarito.

Se inclinó, sus labios capturando los de ella en un beso lento, exploratorio. Ana gimió suave, el sabor del mezcal en su lengua mezclándose con el suyo, salado y dulce. Sus manos subieron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al piso, dejando su piel expuesta al aire fresco del departamento. Él la miró, admirando sus curvas, los senos firmes con pezones oscuros endurecidos.

—Ana sintió el roce de sus dedos en la piel, como fuego líquido —narró ella en voz baja, entrando en el juego, su voz temblorosa de excitación. Él sonrió contra su cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer por su espina.

Marco la levantó en brazos, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a él. La depositó con cuidado, quitándose la camisa para revelar un torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hacia su abdomen. Ana extendió la mano, tocando su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo su palma.

Está duro como piedra, y tan caliente. Quiero probarlo todo
.

Él descendió besos por su cuerpo: clavícula, senos, lamiendo un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando de sus labios. El sonido de su respiración pesada llenaba la habitación, mezclado con el zumbido distante de la ciudad. Sus manos bajaron, deslizándose bajo su tanga de encaje, encontrándola húmeda, resbaladiza.

—Marco deslizó dos dedos dentro de ella, curvándolos justo ahí, donde el placer explota —continuó ella el intento en tercera persona, la voz entrecortada. Él obedeció la narración implícita, moviéndose con ritmo experto, su pulgar rozando el clítoris hinchado. Ana se retorció, las uñas clavándose en sus hombros, oliendo su sudor mezclado con el almizcle de su excitación.

—Quítate todo, cabrón —exigió ella, ansiosa. Marco se incorporó, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ella con promesa. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía, enredando dedos en su cabello.

—Ana chupó con hambre, la boca llena, la garganta relajándose para tomarlo más profundo —narró entre lamidas, el juego elevando la intensidad. Él la detuvo, no queriendo acabar aún, y la volteó boca abajo, besando la curva de su culo redondo.

La penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que Ana gritara suave. ¡Qué rico se siente, llenándome así! pensó, mientras él empujaba más profundo, sus caderas chocando contra las de ella con palmadas húmedas. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados. Marco aceleró, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo, tirando suave para arquearla.

—Ana cabalgó el placer, sus paredes apretándolo, el orgasmo construyéndose como tormenta —dijo ella, jadeante, el try en tercera persona convirtiéndose en mantra erótico que los volvía locos. Él la volteó de nuevo, mirándola a los ojos mientras la follaba con fuerza, senos rebotando, gemidos sincronizados. El roce interno era eléctrico, cada embestida rozando su punto G, el clítoris frotándose contra su pubis.

La tensión creció, espiral ascendente. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

No aguanto más, viene, viene...
Explotó primero ella, el orgasmo rasgando su cuerpo en olas, contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Marco la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con calor espeso mientras su verga palpitaba.

Colapsaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Él la abrazó por detrás, besando su hombro húmedo. El silencio post-sexo era bendito, solo el tic-tac lejano de un reloj y sus corazones calmándose.

—Fue el mejor intento en tercera persona de mi vida —murmuró ella, riendo suave.

—Neta, Ana. Hagámoslo de nuevo, pero en primera esta vez —respondió él, su mano acariciando su vientre.

Durmieron entrelazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más noches de juegos y placeres compartidos. Ana sonrió en la penumbra, sabiendo que esa conexión iba más allá de lo físico: era química pura, mexicana, ardiente como el sol del DF.

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