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Trío Ardiente Dos Hombres y Una Mujer XXX (1)

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Trío Ardiente Dos Hombres y Una Mujer XXX

La noche en Cancún estaba caliente como el infierno, con el aire cargado de sal marina y el ritmo de la salsa retumbando en el bar de la playa. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, buscando soltar el estrés acumulado. Vestida con un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas, me sentía poderosa, lista para lo que viniera. El tequila fluía como agua, y mis ojos se posaron en ellos: Marco y Luis, dos morenos guapísimos, altos, con músculos marcados por horas en el gym y sonrisas que prometían pecados deliciosos.

Marco, el más alto, con tatuajes en los brazos que asomaban bajo su camisa blanca desabotonada, me invitó a bailar primero. Su mano en mi cintura era fuego puro, firme pero juguetona. Luis, un poco más delgado pero con ojos verdes que perforaban el alma, se unió rápido, pegándose por detrás. Sentí sus cuerpos contra el mío, el sudor mezclado con colonia masculina, ese olor a hombre que me eriza la piel. "Órale, reina, ¿vienes a conquistarnos o qué?", me dijo Luis al oído, su aliento cálido rozando mi cuello. Reí, neta qué chidos, pensando que esto podía ser el inicio de algo épico.

Conversamos entre shots de tequila reposado, riendo de tonterías. Marco era ingeniero de un lado de Guadalajara, Luis publicista de Monterrey, carnales de toda la vida en unas vacaciones locas. Yo les conté de mi vida en la CDMX, de cómo necesitaba un desmadre para recargar pilas. La química era eléctrica; cada roce accidental mandaba chispas directo a mi entrepierna.

"Estos weyes me van a volver loca", pensé, imaginando sus manos explorándome toda.
Al final de la noche, con el mar rugiendo de fondo, me propusieron ir a su suite en el resort. "Nada de compromisos, pura diversión", dijo Marco guiñando. Asentí, el corazón latiéndome a mil, sabiendo que entraba en territorio de placer prohibido.

En la suite, luces tenues y una terraza con vista al Caribe. Abrimos una botella de mezcal ahumado, ese sabor terroso que quema la garganta y aviva el fuego interno. Bailamos de nuevo, más pegados, mis tetas rozando el pecho de Marco mientras Luis besaba mi hombro. Sus labios eran suaves, hambrientos. "Eres una diosa, Ana", murmuró Luis, deslizando una mano por mi muslo. El vestido subió lento, revelando mi tanga negra. Marco me besó entonces, profundo, su lengua danzando con la mía, gusto a mezcal y deseo puro.

Me llevaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Se quitaron las camisas, mostrando torsos esculpidos, vello oscuro bajando a sus boxers abultados. Qué vergas tan chingonas, pensé, mordiéndome el labio. Marco se arrodilló primero, besando mi vientre, bajando hasta mi concha ya empapada. "Estás chorreando, preciosa", gruñó, lamiendo mis labios mayores con la lengua plana, ese roce húmedo y caliente que me hizo arquear la espalda. Gemí fuerte, el sonido ecoando en la habitación, mientras Luis chupaba mis pezones, duros como piedras, mordisqueándolos suave.

El olor a sexo empezaba a llenar el aire, mezcla de mi jugo dulce y sus pollas palpitantes. Les pedí que se las sacaran. Marco la tenía gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. Luis más larga, curva perfecta para golpear el fondo. Las tomé en mis manos, piel aterciopelada sobre acero duro, masturbándolas lento mientras ellos jadeaban. "Neta, esto es un trío de dos hombres y una mujer xxx hecho realidad", me dije, excitada por la idea de ser el centro de su lujuria.

Escaló rápido. Me puse de rodillas en la alfombra suave, alternando mamadas. Primero Marco, tragándomela hasta la garganta, saliva chorreando por mi barbilla, su gemido ronco como música. "¡Qué chingona chupas, Ana!" Luego Luis, follándome la boca con empujones controlados, sus bolas peludas rozando mi mentón. El sabor salado de sus fluidos me volvía loca, el pulso acelerado en mis sienes. Me tocaban el pelo, el culo, sus dedos explorando mi ano juguetón, prometiendo más.

Marco me levantó y me puso en cuatro sobre la cama, su verga embistiéndome de golpe. ¡Ay, cabrón! Llenó mi panocha al instante, estirándome delicioso, cada embestida chocando contra mi cervix con un slap húmedo. Luis se puso enfrente, ofreciéndome su pinga para mamar mientras Marco me taladraba. Sentía sus cuerpos sudados pegados al mío, el vaivén sincronizado, mis tetas balanceándose, pezones rozando las sábanas. Olía a sudor fresco, a mar y a coño mojado. "Más duro, weyes, ¡denme verga hasta reventar!", grité, perdida en el éxtasis.

Cambiaron posiciones como pros. Ahora Luis debajo, yo cabalgándolo reverse cowgirl, su verga curva masajeando mi G directo. Marco detrás, lubricando mi culo con mi propio jugo, metiendo un dedo, luego dos. El ardor inicial se volvió placer puro, estirándome mientras entraba su cabeza gorda. Gemí como loca, el dolor placentero convirtiéndose en olas de calor. Estaban ambos adentro, separados por una delgada pared, follándome en doble penetración. Sus pelvis chocaban contra mis nalgas, sonidos obscenos de piel contra piel, mis jugos chorreando por los muslos de Luis.

El clímax se acercaba como tormenta. Sentía sus pollas hinchándose, mis paredes contrayéndose. "¡Me vengo, pendejos!", chillé, el orgasmo explotando en estrellas blancas detrás de mis ojos cerrados. Convulsiones me sacudieron, chorros calientes salpicando la verga de Luis. Ellos rugieron casi al unísono: Marco llenándome el culo con leche espesa, caliente, Luis inundando mi concha con chorros potentes. Colapsamos en un enredo sudoroso, pulsos latiendo al unísono, respiraciones agitadas.

Después, en la afterglow, nos duchamos juntos bajo agua tibia, jabón perfumado deslizándose por pieles sensibles. Besos suaves, risas cansadas. "Eso fue épico, Ana", dijo Marco, secándome el pelo. Luis me abrazó por detrás: "Vuelve cuando quieras, diosa". Me vestí con piernas temblorosas, el cuerpo zumbando de satisfacción. Saliendo a la terraza, el amanecer pintaba el cielo rosa, el mar susurrando promesas.

"Un trío de dos hombres y una mujer xxx que cambiará mis noches para siempre", reflexioné, sonriendo con picardía. Empoderada, saciada, lista para más aventuras en esta vida chingona.
El sol naciente me calentaba la piel, sellando la noche perfecta.

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