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La Rubeola Tríada

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La Rubeola Tríada

Llegué a la villa en Playa del Carmen con el sol besando el horizonte, el aire cargado de sal y jazmín. Mi carnal Jorge me había invitado a un fin de semana chido, pero el pendejo se rajó a último momento por un pedo en el trabajo. Así que ahí estaba yo, Alejandro, solo con mi mochila y unas ganas locas de desconectar. La casa era un sueño: piscina infinita frente al mar Caribe, palmeras susurrando con la brisa, y un aroma a coco tostado que me hacía salivar.

Al bajar del taxi, tres morras salieron a recibirme como diosas del trópico. Todas latinas de piel clara, con curvas que desafiaban la gravedad y melenas sueltas ondeando como banderas de pasión. La primera, Ana, alta y con ojos verdes que perforaban el alma; Beatriz, la más juguetona, con labios carnosos y una risa que erizaba la piel; y Carla, la misteriosa, de mirada felina y un tatuaje sutil en la cadera que asomaba bajo su pareo transparente.

¡Órale, carnal! ¿Tú eres el amigo de Jorge? –dijo Ana, abrazándome fuerte, su pecho rozando el mío con una calidez que ya me ponía la verga en alerta.

Me explicaron que se conocían de la uni en Cancún y que ahora compartían esta vida de ensueño. Mientras me servían un michelada helada, el sabor picante de la sal y el limón explotando en mi lengua, soltaron la bomba: ellas eran la Rubeola Tríada. Me quedé con la jarra a medio camino de la boca.

–¿Rubeola qué? –pregunté, riéndome nervioso, oliendo su perfume mezclado con protector solar, un olor que me mareaba.

Beatriz se acercó, su aliento cálido en mi oreja: –Es nuestro apodo secreto, pendejo. Cuando nos ponemos calientes, nuestra piel se pone roja como la rubeola, toda sonrosada y ardiente. Y somos tres, una tríada inseparable. ¿Quieres ver?

El corazón me latía como tamborazo en feria. Esa noche, cena a la luz de velas en la terraza, mariscos frescos con un toque ahumado que se derretía en la boca, tequila reposado que quemaba dulce la garganta. Hablamos de todo: viajes, sueños, lo que nos prendía. Sus risas llenaban el aire, y cada roce accidental –una mano en el muslo, un pie descalzo contra mi pantorrilla– encendía chispas. Mis pensamientos eran un desmadre: No mames, Alejandro, tres morras así de buenas. ¿Y si es un juego? ¿Y si quiero más?

Después de la cena, nos metimos a la piscina bajo las estrellas. El agua tibia lamía mi piel como lenguas suaves, luces subacuáticas tiñendo todo de azul. Ellas se despojaron de los bikinis con naturalidad, cuerpos desnudos brillando, pezones endurecidos por la brisa nocturna. Yo me quedé en boxers, la polla ya semi tiesa traicionándome.

–Ven, únete a la rubeola tríada –susurró Carla, flotando hacia mí, sus tetas flotando como frutas maduras.

Acto dos: la escalada. Empecé con Ana, besándola en la boca, su lengua danzando con la mía, sabor a tequila y menta. Sus manos exploraban mi pecho, uñas arañando suave, enviando descargas hasta mi entrepierna. Beatriz se pegó por detrás, besando mi cuello, su aliento caliente haciendo que se me erizara todo el vello. Olía a vainilla y sudor ligero, ese aroma almizclado de excitación que nubla la razón.

¿Esto está pasando de veras? Tres diosas queriéndome entero. No puedo, pero ¡órale sí puedo!

Salimos del agua chorreando, toallas olvidadas. En la sala con ventanales al mar, alfombra suave bajo los pies, pusieron música suave, cumbia sensual con bajo profundo que vibraba en el pecho. Carla me tumbó en el sofá de cuero fresco, montándose a horcajadas. Su coño húmedo rozaba mi erección a través de la tela, caliente y resbaloso. –Tócame, mi amor –gimió, guiando mi mano a su clítoris hinchado, botón duro como perla.

Ana y Beatriz no se quedaban atrás. Besaban mi torso, lenguas trazando caminos de fuego, succionando pezones hasta que jadeaba. Desnudaron mi verga, dura como fierro, venosa y palpitante. Beatriz la lamió primero, lengua plana desde la base hasta la punta, sabor salado de mi piel mezclado con el cloro de la piscina. Ana se unió, ambas turnándose, labios estirados alrededor del glande, saliva goteando. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados, mi pulso retumbando en oídos.

La tensión crecía como ola marina. Las acomodé a las tres en el sofá, piernas abiertas invitando. Empecé por Beatriz, metiendo dos dedos en su panocha empapada, paredes aterciopeladas contrayéndose, jugos calientes chorreando por mi mano. Ella arqueaba la espalda, tetas temblando, piel ya sonrosándose en mejillas y pecho –la rubeola comenzando su danza. –¡Más, cabrón, hazme venir! –suplicó, voz ronca.

Carla se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su raja lampiña, olor a excitación femenina llenando la habitación, espeso y adictivo. Ana me besaba, mordisqueando labio inferior, mientras yo lamía el coño de Beatriz: sabor ácido-dulce, como mango maduro, clítoris palpitante bajo mi lengua. Ella explotó primero, grito agudo rompiendo la noche, cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando mi cara.

Cambié a Carla, penetrándola despacio. Su interior me apretaba como guante de terciopelo mojado, cada embestida profunda sacando slap-slap de piel contra piel. Ana y Beatriz se besaban entre sí, dedos en coños mutuos, tetas restregándose. El sudor nos unía, piel resbalosa, corazones galopando al unísono. Esto es el paraíso, no mames. Sus cuerpos, sus olores, todo mío esta noche.

Ana pidió su turno, poniéndose a cuatro patas, culo redondo alzado como ofrenda. La cogí fuerte, manos en caderas, verga hundiéndose hasta el fondo, bolas golpeando su clítoris. Las otras dos se turnaban lamiendo donde nos uníamos, lenguas en mi eje y sus labios. La intensidad subía: gemidos se volvían rugidos, aire pesado de sexo, pieles rojas ahora por completo –la rubeola tríada en pleno apogeo, mejillas, pechos, culos sonrosados por fricción y calor.

El clímax llegó como tormenta. Cogí a Carla de nuevo, ella encima rebotando, tetas saltando hipnóticas. Ana y Beatriz chupaban mis huevos, dedos en mi culo masajeando próstata. No aguanté: –¡Me vengo, putas ricas! –rugí, eyaculando chorros calientes dentro de Carla, su coño ordeñándome hasta la última gota. Ellas tres corrieron casi al mismo tiempo, cadena de orgasmos: Beatriz frotándose contra mi pierna, Ana con vibrador que sacaron de quién sabe dónde, Carla colapsando sobre mí, lefa mezclada goteando.

Fin del acto: afterglow enredados en la cama king size, sábanas revueltas oliendo a sexo y mar. Cuerpos flojos, respiraciones calmándose, caricias perezosas. El mar rugía afuera, testigo mudo.

–Gracias por unirte a la Rubeola Tríada, Alejandro –murmuró Ana, besando mi hombro, piel aún tibia y rosada desvaneciéndose.

Me quedé pensando, rodeado de sus formas suaves: Esto cambia todo. No fue solo sexo, fue conexión, empoderamiento mutuo. ¿Volverá a pasar? Órale que sí. El amanecer pintó el cielo de rosa, como nuestra piel horas antes, prometiendo más tríadas en el horizonte.

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