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Trio con la Niñera

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Trio con la Niñera

La noche había sido de esas que te dejan el cuerpo suelto y la cabeza ligera. Sofia y yo, Alejandro, salimos a cenar por nuestro aniversario, dejando a los chamacos con Marta, la niñera que contratamos hace unos meses. Esa chava era un chulada: veinticinco años, curvas que no acababan, ojos cafés que te miraban como si supieran todos tus secretos, y una sonrisa que iluminaba la casa entera. Neta, desde la primera vez que la vi, sentí un cosquilleo en el estómago, pero nunca dije nada. Sofia, mi carnala de diez años de matrimonio, también la notaba. "Está bien buena la niñera, ¿verdad, amor?", me soltó una vez, riéndose, y yo solo asentí, sintiendo la verga endurecerse un poquito.

Regresamos pasadas las dos de la mañana, oliendo a tequila y perfume caro. La casa estaba en silencio, solo el zumbido del refri en la cocina. Marta nos esperaba en el sofá, con una playera ajustada que marcaba sus chichis perfectas y unos shorts que dejaban ver sus muslos morenos y suaves. "¡Qué tal, jefes! ¿Se la pasaron chido?", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Sofia se rio y se dejó caer a su lado, yo me quedé de pie, mirándolas. El aire se sentía cargado, como antes de una tormenta.

"Súper, nena. ¿Y los niños?", preguntó Sofia, rozando accidentalmente el brazo de Marta. Ella se encogió de hombros, su piel brillando bajo la luz tenue del foco. "

Están como angelitos, durmiendo la mona.
" Ese roce fue el detonante. Sofia la miró fijo, con los ojos brillantes por el alcohol y algo más. "Oye, Marta, ¿tú no tienes novio o algo? Una chava como tú debe tener pretendientes por montones." Marta se sonrojó, pero no apartó la vista. "Neta, no. Ando soltera, disfrutando la vida."

Me senté al otro lado de ella, sintiendo el calor de su cuerpo. Mi mente daba vueltas: ¿Y si...? No, wey, no seas pendejo. Pero Sofia, siempre la más valiente, puso su mano en el muslo de Marta. "Nos caes tan bien, ¿sabes? A veces fantaseamos con... no sé, compartir momentos más cercanos." Marta jadeó bajito, pero no se movió. Olía a vainilla y a algo dulce, como su piel sudada después de cuidar a los niños. "Yo... también he pensado en ustedes. Son una pareja tan guapa."

Ahí empezó todo. El deseo que había estado latiendo bajo la superficie explotó. Sofia se inclinó y la besó, suave al principio, labios rozándose con un sonido húmedo que me puso la verga dura como piedra. Yo las vi, hipnotizado: las lenguas danzando, las manos de Sofia subiendo por la espalda de Marta, desabrochando su sostén. Esto es real, cabrón, pensé, mientras mi pulso tronaba en los oídos.

La llevamos al cuarto, dejando un rastro de ropa por el pasillo. El aire estaba espeso, cargado del olor a excitación: sudor fresco, perfume mezclado con el almizcle de la piel. Marta se quitó la playera, revelando chichis firmes, pezones oscuros ya tiesos. Sofia gimió, lamiendo su cuello, mordisqueando suave. "Qué rica estás, niñera", murmuró mi esposa, y Marta rio, nerviosa pero ansiosa. Yo me desvestí rápido, mi verga saltando libre, gruesa y palpitante. Las dos me miraron, lamiéndose los labios.

Nos tumbamos en la cama king size, sábanas frescas contra la piel caliente. Empecé besando a Sofia, recordándole quién era el jefe, mientras Marta nos veía, tocándose la panocha por encima de los shorts. "Ven, güeyita", le dije, y ella se acercó gateando, su culo redondo meneándose. Le quité los shorts, exponiendo su conchita depilada, ya brillando de jugos. Olía delicioso, salado y dulce, como mango maduro. Metí un dedo, suave, sintiendo su calor apretado. "¡Ay, Alejandro!", chilló, arqueando la espalda.

Sofia se unió, lamiendo los pezones de Marta mientras yo la fingeraba despacio, construyendo el fuego. Los gemidos llenaban la habitación: suaves al principio, como suspiros, luego más roncos, como animales en celo. Esto es el paraíso, neta, pensé, mientras Sofia bajaba y lamía la conchita de Marta, chupando su clítoris con maestría. Marta se retorcía, agarrando las sábanas, sus uñas clavándose en mi brazo. "¡Qué rico, Sofi! No pares, porfa."

El calor subía, el sudor nos pegaba la piel. Cambiamos posiciones: Marta encima de mí, frotando su conchita mojada contra mi verga, lubricándola. Sofia se sentó en mi cara, su panocha goteando en mi boca. La saboreé, lengua hundiéndose en sus pliegues calientes, sabroso como tequila con limón. "¡Sí, amor, chúpame así!", gritó Sofia, mientras Marta se empalaba en mí de golpe. Su interior era un horno apretado, succionándome, velluda y resbalosa. Empecé a bombear, lento, sintiendo cada vena de mi verga rozar sus paredes.

Los sonidos eran una sinfonía: carne chocando con plaf plaf, gemidos ahogados, besos babosos. Marta rebotaba, sus chichis saltando, sudor goteando en mi pecho. Sofia se corrió primero, temblando sobre mi boca, inundándome con su corrida dulce. "¡Me vengo, cabrones!", aulló, y eso nos prendió más. Yo aceleré, agarrando las nalgas de Marta, metiéndola hasta el fondo. Ella gritaba: "¡Más duro, pendejo! ¡Fóllame como se debe!" Usaba palabras sucias que me volvían loco, mexicanas y crudas.

La tensión crecía, como un volcán a punto de estallar. Sofia, recuperada, se puso detrás de Marta, lamiéndole el ano mientras yo la taladraba. Marta se deshizo, convulsionando, su conchita apretándome como un puño. "¡No aguanto, me corro!", chilló, y sentí sus jugos calientes chorreando por mis bolas. Eso me llevó al límite. "¡Ya, nenas, me vengo!", rugí, descargando chorros espesos dentro de Marta, palpitando una y otra vez. Sofia nos besó a los dos, lamiendo los restos de semen de la verga de Marta.

Nos quedamos jadeando, enredados en un montón sudoroso. El cuarto olía a sexo puro: semen, sudor, coños calientes. Marta suspiró, acurrucándose contra mí. "

Esto fue... increíble. Nunca había hecho un trio con la niñera, digo, con los jefes.
" Nos reímos bajito, Sofia acariciando su cabello. "Fue consensual, chido y lo que necesitábamos", dijo mi esposa, besándola de nuevo.

Después, nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero suave, como caricias de amantes. Secos, volvimos a la cama. Los niños dormían ajenos, el mundo afuera quieto. Me quedé mirando el techo, con Marta en un brazo y Sofia en el otro. Esto cambia todo, pero para bien, pensé. El deseo se había liberado, dejando un afterglow cálido, como sol de mediodía en el DF.

Desde esa noche, Marta no es solo la niñera. Es nuestra cómplice, nuestra pasión compartida. Y cada vez que sale con nosotros, el aire se carga de promesas. Neta, el trio con la niñera fue el mejor regalo que nos dimos.

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