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La Chica para Trio Sexual de Nuestras Fantasías

7654 palabras

La Chica para Trio Sexual de Nuestras Fantasías

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera rozando con dedos invisibles. Tú y tu novia, Carla, caminan de la mano por las calles iluminadas con neones suaves, el bullicio de los carros y las risas lejanas mezclándose con el aroma a tacos al pastor que sale de un puesto cercano. Han estado juntos dos años, y aunque el amor sigue ardiendo fuerte, las chispas en la cama necesitan un poco de oxígeno extra. Neta, carnal, piensas mientras sientes la mano suave de ella entrelazada con la tuya, esto del trío que platicamos la semana pasada podría ser el pinche fuego que nos falta.

Entran a un bar chido, de esos con luces tenues y música electrónica bajita que te hace vibrar el pecho. Se sientan en la barra, piden unos tequilas reposados que queman dulce en la garganta, y Carla te mira con esos ojos cafés que brillan como estrellas en la penumbra. “¿De verdad quieres buscar una chica para trío sexual, amor?”, te susurra al oído, su aliento cálido oliendo a limón y tequila. Tú asientes, el corazón latiéndote fuerte contra las costillas. “Sí, mi reina, pero solo si las dos estamos en la misma onda. Nada de pendejadas”. Ella ríe bajito, un sonido que te eriza la piel de los brazos, y saca su celular. “Mira, en esta app hay unas mamacitas que andan en lo mismo. Fíjate en esta, Sofia. Neta se ve cañón”.

¿Y si sale mal? ¿Y si Carla se arrepiente? No, güey, esto es consensual, puro placer mutuo. Imagina sus cuerpos enredados, el sudor mezclándose, los gemidos...

La foto de Sofia muestra una morena de curvas generosas, labios carnosos pintados de rojo y una sonrisa pícara que promete aventuras. Le escriben, charlan un rato por chat, y en menos de media hora, ella llega al bar. Viste un vestido negro ajustado que abraza sus caderas como una segunda piel, el perfume que trae –jazmín y algo almizclado– invade tus fosas nasales y te hace tragar saliva. “Hola, soy Sofia”, dice con voz ronca, extendiendo la mano. Su piel es suave, cálida al tacto, y cuando se sienta entre ustedes, sus muslos rozan los tuyos y los de Carla accidentalmente, enviando una corriente eléctrica por tu espina.

La plática fluye como el tequila: risas, anécdotas picantes, miradas que se demoran en los labios y los cuellos. Carla le cuenta cómo fantasean con una chica para trío sexual que sea aventada pero respetuosa, y Sofia asiente, mordiéndose el labio inferior. “Yo ando en eso mismo, neta. Me encanta compartir placer sin rollos. ¿Vamos a un hotel cerca? Yo invito el primer trago allá arriba”. Tú sientes el pulso acelerado en las sienes, el calor subiendo por tu pecho. Carla te aprieta la mano bajo la mesa, sus uñas clavándose un poquito en tu palma, señal de que está tan encendida como tú.

Acto de escalada: el hotel

El elevador del hotel huele a limpio y a deseo contenido. Sofia presiona el botón del piso quince, y cuando las puertas se cierran, el espacio se siente diminuto. Su mano roza tu cintura, casual pero intencional, mientras Carla se pega a tu otro lado, besándote el cuello con labios húmedos. “Estás duro ya, ¿verdad, cabrón?”, murmura ella, y tú solo puedes gemir bajito, el sonido del ding del elevador anunciando la llegada como un preludio.

La suite es amplia, con una cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes y ventanales que muestran las luces de la ciudad parpadeando como testigos lejanos. Prenden luces suaves, ponen música suave –un reggaetón lento con bajo que retumba en el piso– y se sirven champán que burbujea frío en las lenguas. Sofia se quita los tacones primero, sus pies descalzos pisando la alfombra mullida, y te mira fijo. “¿Empezamos despacio? Quiero sentirlos a los dos”. Carla asiente, quitándose el top con un movimiento fluido, revelando sus senos firmes coronados de pezones oscuros ya erectos por la anticipación.

Tú te desabrochas la camisa, el aire fresco besando tu torso sudoroso. Sofia se acerca, sus dedos trazan líneas ardientes por tu pecho, bajando hasta el cinturón. Su toque es como fuego líquido, piensas, mientras Carla observa, lamiéndose los labios. Besan a Sofia primero las dos, un beso de tres lenguas que choca húmedo y resbaloso, sabores a champán y saliva mezclándose. Tú las miras, la verga palpitando dura contra los pantalones, el olor a sus arousals empezando a llenar la habitación –dulce, salado, animal.

Las guías a la cama. Carla se tumba bocarriba, abriendo las piernas con una sonrisa desafiante. “Ven, Sofia, lame mi panocha mientras él te come a ti”. Sofia obedece con ganas, su culo redondo alzado hacia ti mientras entierra la cara entre los muslos de Carla. El primer gemido de tu novia es como música: agudo, entrecortado, vibrando en el aire. Tú te arrodillas detrás de Sofia, levantas su vestido, no trae calzón, solo humedad reluciente en sus labios hinchados. El olor te golpea –musk intenso, invitador– y pasas la lengua plano desde su clítoris hasta el ano, saboreando su salinidad dulce. Ella gime contra la concha de Carla, el sonido amortiguado enviando ondas de placer multiplicado.

Puta madre, esto es el paraíso. Sus sabores, sus temblores... no voy a durar si no me controlo.

Las posiciones cambian como en un baile instintivo. Sofia se monta en tu cara, su panocha chorreando jugos calientes en tu boca, mientras Carla te mama la verga con labios suaves y lengua experta. Sientes el roce de sus pechos contra tus muslos, el pop resbaloso cada vez que lo suelta para lamer las bolas. “Está rica tu pinga, amor”, dice Carla, y Sofia asiente montándote más fuerte, sus caderas girando en círculos que te ahogan en placer. El sudor perla sus pieles, goteando salado en tu pecho, el slap de carne contra carne empezando a ritmearse con la música.

El clímax se acerca gradual, como una ola building up. Tú pones a Sofia de rodillas, penetrándola despacio desde atrás –su concha aprieta como terciopelo caliente, succionándote– mientras ella come a Carla, que arquea la espalda gimiendo “¡Más, cabrones, más!”. El cuarto huele a sexo puro: sudor, fluidos, perfume evaporado. Tus embestidas se aceleran, el sonido húmedo de follada resonando, sus paredes internas masajeando tu verga hasta que sientes el orgasmo trepando por la base de la columna.

“Me vengo, pinche Sofia, tu panocha me mata”, gruñes, y ella responde empujando contra ti. Carla se une, frotando su clítoris mientras besa a Sofia. Explotas primero, chorros calientes llenándola, el placer cegador como un flash blanco. Sofia tiembla segundos después, su grito ahogado en la boca de Carla, y tu novia las sigue, su cuerpo convulsionando en oleadas que salpican jugos en las sábanas.

Caen enredados, pechos agitados, pieles pegajosas de sudor y semen. El afterglow es dulce: besos perezosos, risas cansadas, el aire aún cargado de sus esencias. Sofia se acurruca entre ustedes, su mano trazando círculos suaves en tu abdomen. “Neta, fueron el mejor trío. Esa chica para trío sexual que buscaban soy yo, ¿no?” Carla ríe, besándola en la frente. “Sí, mamacita, y repetimos cuando quieras”.

Tú cierras los ojos, el corazón calmándose, el cuerpo pesado de satisfacción. Esto no rompió nada, lo fortaleció. Somos más libres, más nuestros. La ciudad sigue brillando afuera, pero adentro, el mundo es perfecto, piel contra piel, promesas susurradas en la penumbra.

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