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La Tria Ardiente de Abogados

6230 palabras

La Tria Ardiente de Abogados

En el corazón de la Ciudad de México, en las oficinas relucientes del bufete Estrella Legal sobre Reforma, el aire siempre olía a café recién molido y a esa tensión eléctrica que solo un caso millonario podía generar. Yo, Ana, abogada estrella de treinta y dos años, acababa de cerrar un contrato que nos ponía en el mapa. Mis tacones resonaban en el mármol mientras caminaba hacia la sala de juntas, sintiendo el roce sedoso de mi falda lápiz contra mis muslos. Marco y Luis, mis colegas inseparables, ya estaban ahí, con camisas arremangadas que dejaban ver antebrazos fuertes y venas marcadas por horas de gym.

Marco, el alto moreno con ojos que prometían pecados, me sonrió con esa picardía que me erizaba la piel. Qué wey tan cabrón, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Luis, rubio de herencia chilanga con raíces gringas, era el bromista, siempre con un comentario que me hacía reír y sonrojar al mismo tiempo. Habíamos trabajado juntos por años, una tria de abogados imparable en los tribunales, pero últimamente las miradas se demoraban, los roces accidentales en el elevador enviaban chispas.

—Órale, Ana, ¿ya cerramos o qué? —dijo Marco, su voz grave como un ronroneo, mientras se acercaba para darme un abrazo de victoria. Su pecho duro contra mis senos me dejó sin aliento, el aroma de su colonia mezclada con sudor fresco invadiendo mis fosas nasales.

—Simón, carnales. ¡Champaña pa'l celebrar! —respondí, sintiendo el calor subir por mi cuello. Luis abrió la botella con un pop que rompió el silencio, y el fizz burbujeante salpicó mi blusa blanca, humedeciendo la tela hasta transparir mi brasier de encaje negro.

La noche cayó sobre la ciudad, luces neón parpadeando por las ventanas panorámicas. Decidimos quedarnos, papeles regados, pero el alcohol soltaba lenguas y cuerpos. Me senté en la mesa de conferencias, cruzando las piernas, y noté cómo sus ojos bajaban a mis rodillas, imaginando lo que había debajo.

¿Y si esta noche la tria de abogados se pone más... íntima? Neta, los dos me traen loca desde hace meses.

El medio actuó como un catalizador lento. Primero, risas sobre casos locos, luego confesiones. Marco admitió que me veía en sueños, yo confesé que sus manos en mi cintura durante presentaciones me ponían cardíaca. Luis, el valiente, se acercó primero, su aliento cálido en mi oreja:

—Ana, wey, no aguanto más verte así de rica y no tocarte.

Su mano grande subió por mi muslo, el calor de sus dedos filtrándose a través de la falda. Me mordí el labio, el sabor metálico de la anticipación en la lengua. Marco nos miró, ojos oscuros ardiendo, y se unió, besándome el cuello mientras Luis desabotonaba mi blusa con dedos temblorosos de deseo.

El roce de sus labios en mi piel era fuego líquido, lenguas expertas lamiendo el hueco de mi clavícula, inhalando mi perfume de jazmín mezclado con el almizcle de mi excitación creciente. Qué chido se siente esto, dos hombres que me adoran, pensé, mientras mis manos exploraban sus erecciones duras bajo los pantalones, sintiendo el pulso latiendo como tambores en mis palmas.

Nos mudamos al sofá de cuero negro en la esquina, suave y fresco contra mi espalda desnuda. Me quitaron la falda con reverencia, besando cada centímetro expuesto: el interior de mis muslos temblorosos, el calor húmedo entre mis piernas. Luis se arrodilló primero, su lengua trazando círculos lentos en mi clítoris, el sonido húmedo y chupeteante llenando la habitación junto a mis gemidos ahogados.

¡Ay, cabrón, no pares! —jadeé, mis uñas clavándose en su cabello rubio, el olor salado de mi propia humedad subiendo como una droga.

Marco, impaciente, se desvistió, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precúm que lamí con gusto, salado y amargo en mi boca ansiosa. Lo chupé profundo, garganta relajada por años de práctica solitaria imaginándolos, mientras Luis metía dos dedos gruesos en mi coño empapado, curvándolos para golpear ese punto que me hacía arquear la espalda.

La tensión crecía como una tormenta, suspiros entrecortados, pieles sudorosas chocando. Intercambiaron posiciones fluidamente, una tria de abogados sincronizada en placer. Marco me penetró primero, lento, estirándome deliciosamente, su grosor llenándome hasta el fondo mientras Luis me besaba, su lengua danzando con la mía, saboreando mi saliva mezclada con el gusto de su compañero.

Esto es el paraíso, neta. Sus cuerpos duros contra el mío, olores de macho en celo, el slap slap de carne contra carne.

Cambié a cuatro patas, el cuero pegándose a mis rodillas, Marco embistiéndome desde atrás con fuerza creciente, bolas pesadas golpeando mi clítoris hinchado. Luis frente a mí, follando mi boca con ritmo experto, manos en mi pelo guiándome. El sudor goteaba de sus frentes a mi espalda, salado en mi lengua cuando lamí los labios de Marco.

¡Más duro, pendejos, fóllanme como se merecen sus reinas! —gruñí, empoderada, controlando el ritmo con caderas giratorias.

La intensidad escaló, mis paredes internas contrayéndose alrededor de Marco, ordeñándolo. Luis se corrió primero, chorros calientes inundando mi garganta, tragué ávidamente, el sabor espeso y viril provocándome el orgasmo. Ondas de placer me sacudieron, coño palpitante exprimiendo a Marco, quien rugió liberándose dentro, semen caliente bañando mis entrañas.

Colapsamos en un enredo de miembros exhaustos, respiraciones jadeantes sincronizadas. El aire olía a sexo crudo: esperma, sudor, mi esencia dulce. Marco me acarició el cabello, Luis besó mi frente, ternura post-coital envolviéndonos.

—Eres increíble, Ana. Nuestra tria de abogados perfecta, en la corte y en la cama —murmuró Marco, su voz ronca de satisfacción.

Me acurruqué entre ellos, pieles pegajosas enfriándose, el zumbido de la ciudad lejana como banda sonora. Esto no es el fin, es el principio de algo chingón, reflexioné, mientras el sueño nos reclamaba, cuerpos entrelazados en afterglow eterno.

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