Las Vitaminas Tri Que Despertaron Mi Fuego
Estaba hecho un pinche desastre esa mañana. Después de una semana de puro desmadre en el jale, con jefes pendejos gritando órdenes y el tráfico de la Ciudad de México que te chinga la paciencia, llegué a mi departamentito en la Condesa hecho polvo. Neta, necesitaba algo que me levantara el ánimo, algo que me diera pilas para no arrastrarme como zombie el fin de semana. Mi carnal Raúl me había platicado de unas vitaminas tri que vendían en una tiendita natural cerca de la colonia Roma. "Órale, güey, tómalas y vas a sentirte como toro en celo", me dijo riéndose mientras se tomaba su chela. No creí mucho, pero qué pedo, por probar.
Salí caminando bajo el sol que ya picaba, oliendo a tacos de la taquería de la esquina y al claxon de los coches que no paraban. La tiendita era un lugarcito chido, con estantes llenos de frascos coloridos, incienso quemándose y un aroma dulce a hierbas que te envolvía como un abrazo. Ahí estaba ella, Sofia, detrás del mostrador. Mamacita de campeonato: cabello negro largo hasta la cintura, ojos cafés que te miraban como si ya supieran tus secretos, y un cuerpo que... ¡órale! Curvas que se marcaban bajo una blusa floja de algodón, con shorts que dejaban ver piernas suaves y bronceadas. Me quedé clavado un segundo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
"¿Qué se te ofrece, guapo?", me dijo con una sonrisa que iluminaba el lugar, su voz ronca como miel caliente. Le pedí las vitaminas tri y ella las sacó de un frasco verde, tres pastillitas brillantes en la palma de su mano. "Estas son especiales, tres ingredientes puros: ginseng, maca y un toque de damiana mexicana. Te dan energía de la buena, para el cuerpo y para el alma. Tómalas y verás cómo te sube el ánimo". Sus dedos rozaron los míos al dármelas y sentí un chispazo, como electricidad estática pero más cabrona. Olía a vainilla y algo floral, su perfume mezclado con el de las hierbas.
Me fui con las vitaminas en el bolsillo, pero no pude sacarme a Sofia de la cabeza. Regresé a mi depa, me tragué una con un vaso de agua fresca, y de repente, pum: el mundo se sintió más vivo. El corazón me latía más fuerte, la piel me picaba de anticipación, y un calorcito se extendía por mi entrepierna.
¿Qué chingados traen estas vitaminas tri? Neta que mi carnal no exageraba.Pensé en Sofia, en cómo se movían sus caderas al caminar, y mi verga se paró como soldadito. No mames, tenía que volver por más.
Al día siguiente, pretexto en mano, regresé a la tiendita. Ella estaba sola, organizando frascos, con el sol filtrándose por la ventana y haciendo brillar su piel morena. "¡Vaya, el guapo de las vitaminas! ¿Ya sentiste el poder?", preguntó riendo, sus labios carnosos curvándose. Le conté cómo me había hecho sentir invencible, y ella se acercó más, su aliento cálido rozándome la oreja. "Es que son mágicas, sabes. Yo las pruebo todos los días. ¿Quieres que te explique cómo maximizarlas?". Su mano tocó mi brazo, suave como terciopelo, y el roce me encendió por dentro.
La tensión crecía como tormenta. Charlamos un rato de la vida, de lo chido que es México con sus sabores y sus locuras, de cómo las vitaminas tri nos conectan con nuestra esencia prieta. Ella cerró la tienda temprano, "para una demostración privada", dijo guiñándome el ojo. Fuimos a su depa arriba, un ático con vista a los edificios, música de Natalia Lafourcade sonando bajito y velas aromáticas que olían a jazmín y pasión. Me dio otra vitamina, se tomó una ella, y nos sentamos en el sofá, piernas rozándose. El aire se cargaba de electricidad, mi pulso acelerado latiendo en las sienes, sintiendo el calor de su muslo contra el mío.
"Siente esto", murmuró, tomando mi mano y poniéndola en su pecho. Bajo la blusa, su corazón galopaba igual que el mío. La besé entonces, lento al principio, saboreando sus labios suaves y jugosos, con un toque salado de sudor fresco. Su lengua danzó con la mía, húmeda y caliente, mientras sus manos me recorrían la espalda, uñas arañando suavemente. ¡Puta madre, qué delicia! Me quitó la playera, besando mi cuello, mordisqueando el lóbulo de la oreja, su aliento jadeante oliendo a menta y deseo. Yo le subí la blusa, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos como caramelos listos para chupar.
La llevé a la cama, su colchón mullido hundiéndose bajo nosotros. El cuarto olía a su excitación, ese aroma almizclado que te vuelve loco, mezclado con el sudor de nuestros cuerpos. Le bajé los shorts, besando su vientre plano, lamiendo la piel salada hasta llegar a su entrepierna. Estaba empapada, labios hinchados brillando de jugos, y gemí al probarla: dulce como mango maduro, con un toque ácido que me hacía lamer más profundo. "¡Ay, cabrón, qué rico!", gritó ella, arqueando la espalda, sus manos enredadas en mi pelo, tirando suave.
Mi verga palpitaba dura como piedra, gracias a esas vitaminas tri que me tenían en llamas. Sofia se arrodilló, mirándome con ojos lujuriosos, y se la tragó entera, su boca caliente envolviéndome, lengua girando alrededor del glande, succionando con maestría. Sentí las venas hinchadas, el placer subiendo como lava, sus gemidos vibrando contra mi piel. "Te la chupo hasta que explotes, mi amor", susurró, saliva chorreando por su barbilla.
No aguanté más. La tumbé boca arriba, abrí sus piernas fuertes y la penetré de un golpe, sintiendo su coño apretado tragándoseme entero, cálido y resbaloso. "¡Sí, así, métemela toda, pendejito caliente!", rugió ella, uñas clavándose en mis hombros. Embestí fuerte, piel contra piel chocando con sonidos húmedos, slap-slap-slap, sudando a chorros, oliendo nuestro sexo mezclado. Sus tetas rebotaban con cada empujón, yo las amasaba, pellizcando pezones que la hacían gritar más alto. El clímax se acercaba, tensión enredada en mi vientre, pulsos retumbando en oídos.
Cambié de posición, ella encima, cabalgándome como amazona salvaje. Sus caderas giraban en círculos, coño apretándome la verga, jugos chorreando por mis bolas. La miré, sudor perlando su frente, labios entreabiertos jadeando, ojos cerrados en éxtasis. "¡Me vengo, no pares!", chilló, su cuerpo temblando, paredes internas convulsionando alrededor de mí, ordeñándome. Eso me llevó al borde: un rugido gutural salió de mi garganta, y exploté dentro de ella, chorros calientes llenándola, placer cegador recorriendo cada nervio como fuego líquido.
Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, mientras el aroma de sexo flotaba pesado en el aire. "Esas vitaminas tri son lo máximo, ¿verdad?", murmuró ella riendo bajito, besándome el torso. Yo asentí, acariciando su cabello sedoso.
Neta, no eran solo vitaminas; eran el detonante de algo brutal, algo que nos unía más allá de lo físico.Nos quedamos así, platicando pendejadas, riendo de la vida, con promesas de más noches así. El sol se ponía tiñendo el cuarto de naranja, y supe que mi fin de semana –y mi vida– acababa de cambiar para siempre.