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La Combinacion Triada de Placer

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La Combinacion Triada de Placer

La noche en Polanco estaba calientísima, de esas que te hacen sudar solo con caminar por la Insurgentes. Yo, Ana, acababa de salir de un antro bien chido con mis morras, pero neta, no tenía ganas de irme a la casa todavía. El aire olía a tacos de la esquina y a perfume caro mezclado con el humo de los carros. Me senté en una terraza con vista a los altos edificios, pidiendo un mezcalito para bajar las revoluciones. Ahí los vi: Diego y Raúl, dos weyes que conocía de la uni, altos, morenos, con esa sonrisa pícara que te hace mojar de solo pensarlo.

¿Qué pedo, Ana? ¿Vas a dejar pasar esto? me dije mientras ellos se acercaban, reconociéndome al instante. Diego, el más alto, con tatuajes asomando por la camisa ajustada, y Raúl, más delgado pero con ojos que te desnudan. Nos pusimos a platicar de pendejadas, recordando las chingaderas de la facultad. El mezcal fluía, y pronto el tema viró a lo jugoso: la combinacion triada, esa fantasía que todos hemos pensado pero pocos se atreven.

"Órale, wey, imagínate tres cuerpos enredados, sudando, gimiendo", soltó Diego, su voz ronca rozándome la piel como una caricia. Raúl se rio, pero sus ojos se clavaron en mis chichis, que se marcaban bajo el vestido negro ceñido. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el calor subiendo por mi vientre.

"Neta, carnales, ¿por qué no la hacemos realidad esta noche?"
propuse, medio en broma, pero con el corazón latiéndome a mil. Ellos se miraron, asintieron, y de repente todo cambió. La tensión era palpable, como el aire antes de la lluvia.

Subimos a un taxi rumbo a un hotelazo en Reforma. En el asiento de atrás, Diego me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y hombre. Raúl ponía su mano en mi muslo, subiendo despacio, rozando la piel suave bajo la falda. Puta madre, qué rico se siente esto, pensé, mientras mis pezones se endurecían contra el encaje del brasier. El taxi olía a cuero nuevo y a nuestra excitación creciente, ese aroma almizclado que te pone la piel de gallina.

En la habitación, suite con jacuzzi y vista a la ciudad iluminada, nos quitamos la ropa como si ardiera. Diego me cargó hasta la cama king size, sus músculos tensos bajo mis manos. Raúl se acercó por detrás, besándome la espalda, su verga ya dura presionando contra mis nalgas. "Eres una diosa, Ana", murmuró Diego, lamiendo mi oreja. Probé su boca, salada y dulce, mientras Raúl desabrochaba mi brasier, liberando mis tetas grandes y firmes.

Me recosté, abriendo las piernas, invitándolos. Ellos se arrodillaron a los lados, besando mi piel desde los tobillos hasta el ombligo. Sentía sus lenguas calientes, húmedas, trazando caminos de fuego. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con mi primer gemido ahogado. La combinacion triada empezaba a tomar forma: dos bocas devorándome, cuatro manos explorando cada curva. Diego chupaba mi clítoris hinchado, succionando con maestría, mientras Raúl lamía mis pezones, mordisqueando suave. Olía a mi propia excitación, ese jugo dulce que goteaba por mis muslos.

No mames, esto es el paraíso, internalicé, arqueando la espalda. Les pedí más, "chínguenme con la lengua, cabrones", y ellos obedecieron, riendo entre lamidas. Cambiamos posiciones: yo encima de Diego, montándolo despacio. Su verga gruesa me llenaba, estirándome delicioso, mientras él gemía "¡Qué chingona concha tienes!". Raúl se puso de rodillas frente a mí, ofreciendo su miembro erecto, venoso y palpitante. Lo tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con hambre mientras cabalgaba a Diego.

El ritmo aumentaba, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose en un olor embriagador de sexo puro. Mis caderas giraban, sintiendo cada vena de Diego pulsando dentro. Raúl enredó sus dedos en mi pelo, follando mi boca con cuidado, sus bolas golpeando mi barbilla.

"Más profundo, mi reina"
, jadeó. La tensión crecía, mis paredes contraídas apretando, el orgasmo acechando como una ola gigante.

Pero queríamos más de esa combinacion triada. Diego se salió, y Raúl me penetró por detrás, en cuatro patas, su estocada profunda rozando mi punto G. Diego volvió a mi boca, y ahora era un vaivén perfecto: adelante con Raúl, atrás con Diego. Sentía sus vergas alternándose, uno entrando mientras el otro salía, mis gemidos ahogados por la carne caliente. El cuarto resonaba con "¡Ay, sí!", "¡Qué rico!", slap-slap de nalgas contra pelvis. Olía a sudor fresco, a semen próximo, a mi coño empapado.

Raúl aceleró, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. "Me vengo, wey", gruñó, y sentí su leche caliente llenándome, chorros espesos que me hicieron explotar. Mi orgasmo fue brutal, temblores sacudiendo mi cuerpo, jugos chorreando por mis piernas. Grité, mordiendo el hombro de Diego, quien se corrió en mi boca segundos después, su esencia cremosa bajando por mi garganta mientras tragaba ansiosa.

Colapsamos en la cama, un enredo de extremidades sudorosas, respiraciones entrecortadas. Diego me besó la frente, Raúl acarició mi vientre. "Neta, la mejor combinacion triada de mi vida", susurró Raúl, y reímos bajito, exhaustos pero felices. Afuera, la ciudad brillaba indiferente, pero adentro, el afterglow era puro éxtasis: pieles pegajosas, sabores persistentes en la lengua, el pulso calmándose poco a poco.

Nos duchamos juntos en el jacuzzi, burbujas calientes lavando el sudor, manos jugueteando inocentemente. Salimos envueltos en albornoces, pidiendo room service: unos chilaquiles y más mezcal. Platicamos hasta el amanecer, compartiendo secretos, risas. Esto no fue solo sexo, fue conexión, pensé, viendo cómo Diego y Raúl se miraban con complicidad, empoderados en nuestra unión.

Al día siguiente, nos despedimos con promesas de repetir. Caminé por Reforma bajo el sol mexicano, sintiendo el eco de sus toques en mi cuerpo. La combinacion triada había despertado algo en mí: libertad, placer sin culpas, la certeza de que el deseo, bien compartido, es invencible. Y neta, wey, valió cada segundo.

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