La Triada de Apendicitis que Despierta la Pasión
Era una noche agobiante en mi depa de la Condesa, con ese calor pegajoso de la Ciudad de México que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, estaba recostada en la cama, con una mano presionando el lado derecho de mi abdomen bajo. Un dolor punzante me taladraba ahí, como si un puñal caliente se clavara poco a poco. Además, las náuseas me revolcaban el estómago, y sentía la piel ardiendo, fiebre que me hacía temblar. Neta, esto es la triada de apendicitis, pensé, recordando lo que había leído en la uni cuando estudiaba enfermería. Dolor en la fosa ilíaca derecha, vómito inminente y fiebre. Órale, no podía ser, pero el miedo me apretaba el pecho.
Agarré el cel y marqué a Marco, mi novio, ese moreno alto con ojos que te derriten.
—Wey, ven rápido, creo que tengo apendicitis —le dije con voz temblorosa.Ni dos minutos y ya le hablaba también a Sofía, mi mejor amiga, esa güera curvilínea con labios carnosos que siempre me hacía fantasear. Ellos dos sabían de mis locuras, y desde hace meses jugábamos a rozarnos los límites, con besos robados y caricias que prometían más. Si me voy a morir, que sea con ellos cerca, me dije, mientras el sudor me resbalaba entre los senos.
No pasaron ni veinte minutos cuando tocaron la puerta. Marco entró primero, con su camiseta pegada al torso musculoso por el bochorno, oliendo a colonia fresca mezclada con el aroma masculino que me ponía loca. Sofía detrás, en shortcito ajustado que marcaba su culazo perfecto, el cabello suelto y húmedo. —¿Qué onda, mi amor? ¿Dónde te duele? preguntó Marco, sentándose a mi lado en la cama y poniendo su mano grande y cálida justo donde palpitaba el malestar.
Su toque fue eléctrico. El calor de su palma se filtró a través de mi playera delgada, y en lugar de dolor, sentí un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna. Sofía se arrodilló al otro lado, sus dedos suaves rozando mi frente. —Estás caliente, Ana, pero no como para hospital. Cuéntanos bien, murmuró, su aliento mentolado rozándome la oreja. Les expliqué lo de la triada de apendicitis: el dolor, las náuseas, la fiebre. Marco sonrió pícaro.
—Suena a que necesitas que te relajemos, carnala. A lo mejor es puro estrés acumulado... o deseo reprimido.
El aire se cargó de inmediato. Su mano en mi vientre empezó a masajear en círculos lentos, presionando con firmeza pero ternura. Cada movimiento enviaba ondas de placer que combatían el dolor, como si su tacto fuera medicina. Sofía se inclinó y besó mi cuello, su lengua trazando una línea húmeda que me erizó la piel. Olía a vainilla y a mujer excitada, ese perfume dulce que se mezcla con el almizcle natural. ¿Por qué carajos me estoy mojando tanto? pensé, mientras mi respiración se aceleraba. El sonido de sus roces, el crujido de las sábanas, el zumbido del ventilador luchando contra el calor... todo se volvía intenso.
Marco levantó mi playera despacio, exponiendo mi abdomen plano y bronceado. Sus labios siguieron el camino de sus dedos, besando la zona adolorida con suaves succiones que me arrancaron un gemido. —Aquí duele, ¿verdad? Déjame curarte, susurró, su voz grave vibrando contra mi piel. Sofía no se quedó atrás; sus manos expertas desabrocharon mi brasier, liberando mis tetas firmes que se irguieron al aire cálido. Las pellizcó juguetona, y yo arqueé la espalda, el dolor olvidado en esa marea de sensaciones. Su boca capturó un pezón, chupándolo con hambre, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación.
Me entregué. Neta, si esto es mi fin, qué chingón fin. Les quité la ropa con urgencia, revelando el cuerpo atlético de Marco, su verga ya dura y palpitante, venosa y gruesa, oliendo a deseo puro. Sofía era una diosa: piel suave como seda, chochita depilada brillando de humedad. Nos enredamos en la cama, un torbellino de pieles calientes. Marco se posicionó entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado con la lengua plana y experta. Saboreaba mis jugos, salados y dulces, gruñendo de placer.
—Estás empapada, mi reina. Esto no es apendicitis, es pura calentura.
Sofía se sentó en mi cara, su coño jugoso rozando mis labios. Lo lamí con ganas, metiendo la lengua en sus pliegues resbalosos, probando su esencia agria y adictiva. Ella gemía alto, ¡Ay, wey, qué rico! ¡Chúpame más!, mientras sus caderas se movían en círculos. Marco, viendo el espectáculo, frotó su pija contra mi entrada, untándola de mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El ardor en mi abdomen se transformó en un fuego placentero, cada embestida profunda tocando ese punto que me hacía ver estrellas. El slap-slap de carne contra carne, los jadeos sincronizados, el olor espeso de sexo impregnando todo...
La tensión crecía como una tormenta. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Marco chingándome por atrás con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi clítoris. Sofía debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi ano y su propia mano masturbándose furiosa. Siento el pulso acelerado, el sudor goteando, el corazón latiendo en mi panocha. Marco aceleró, sus manos apretando mis caderas, gruñendo
¡Te voy a llenar, Ana!Sofía se corrió primero, un grito ahogado contra mi piel, su cuerpo temblando. Yo la seguí, un orgasmo brutal que me contrajo todos los músculos, expulsando el dolor como veneno. Marco explotó dentro, su leche caliente inundándome, mientras lamía el sudor de mi espalda.
Caímos exhaustos, un enredo de miembros sudorosos y sonrisas bobas. El dolor había desaparecido por completo, las náuseas olvidadas, la fiebre ahora era solo rubor post-sexo. Acaricié el pecho de Marco, besé los labios hinchados de Sofía. —La triada de apendicitis era pura ilusión, weyes. Era esto... nuestra pasión reprimida, reí bajito. Ellos asintieron, abrazándome fuerte. En el afterglow, con el ventilador secando nuestro sudor y el aroma de nuestros fluidos flotando, supe que esto era el verdadero remedio. Lingering deseo en el aire, prometiendo más noches así, en esta ciudad que nunca duerme.