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Bedoyecta Tri y Dolo Neurobion el Fuego de la Inyección

6828 palabras

Bedoyecta Tri y Dolo Neurobion el Fuego de la Inyección

El sol de la tarde caía suave sobre la colonia Condesa, pintando las fachadas de los edificios con tonos dorados. Yo, Ana, con mis 28 años y un cuerpo que todavía se mantenía firme gracias a las clases de yoga, caminaba con un leve dolor en la espalda baja. Neta, qué pinche fastidio, pensaba mientras entraba a la clínica privada de la doctora López. No era cualquier consultorio mugroso; este lugar olía a limpio, a eucalipto fresco y desinfectante suave, con sillones de piel blanca y música lounge de fondo.

La recepcionista, una morra bien producida, me sonrió. "Pasa, el doctor Ramírez te atenderá en un ratito." Doctor Ramírez. Su nombre me sonó como un eco sexy. Me senté, cruzando las piernas en mi falda plisada corta, sintiendo el roce fresco de la tela contra mis muslos. El aire acondicionado me erizaba la piel, y de repente, la puerta se abrió.

Ahí estaba él. Alto, moreno, con ojos café profundo y una bata blanca que se ajustaba a sus hombros anchos. Olía a colonia cara, madera y algo masculino que me hizo tragar saliva. Órale, qué chido pinta este wey, pensé, mientras mi pulso se aceleraba un poquito. Me invitó a pasar a la sala de consultas, un cuarto luminoso con una camilla acolchada y posters de anatomía que parecían arte erótico.

"¿Qué te duele, preciosa?" dijo con voz grave, mientras revisaba mi expediente. Su aliento cálido rozó mi oreja cuando se acercó a auscultarme. Le expliqué lo del dolor, cómo me agarraba después de unas noches locas bailando en el antro. Él asintió, serio pero con una sonrisa pícara. "Te voy a recetar Bedoyecta Tri y Dolo Neurobion. Son inyecciones de vitaminas B, fortalecen los nervios y quitan el dolor rapidito. ¿Te animas a que te las ponga ahora?"

Mi corazón latió fuerte. La idea de esa aguja en mi nalga, sus manos firmes... ¡Sí, güey! Dale! Asentí, mordiéndome el labio. Me pidió que me subiera a la camilla y me bajara la falda un poco. Me recargué boca abajo, sintiendo el aire fresco en mi piel expuesta. Él preparó las jeringas con un clic metálico que me erizó los vellos. Primero, Dolo Neurobion. Limpió mi nalga con alcohol, frío y punzante, seguido del calor de su aliento cuando se acercó.

Esto va a doler un segundito, pero después te vas a sentir como nueva, mamacita.
Su voz era ronca, como un ronroneo. La aguja pinchó, un ardor rápido que se expandió en calor líquido por mis venas. Gemí bajito, no de dolor, sino de algo más... una oleada de energía que me subió por la espalda, haciendo que mis pezones se endurecieran contra la camilla. Luego, Bedoyecta Tri. Otra picada, más profunda, y de pronto, mi cuerpo vibró. Era como si las vitaminas despertaran cada nervio, un cosquilleo eléctrico desde la nalga hasta el centro de mi ser.

Me ayudó a bajarme, y cuando me giré, nuestras miradas chocaron. Sus pupilas dilatadas, mi respiración agitada. El cuarto parecía más pequeño, el aire cargado de feromonas. ¿Qué me pasa? Esto no es normal, pensé, pero mi cuerpo ardía, la piel sensible, oliendo mi propia excitación mezclada con el desinfectante. "¿Te sientes bien?" preguntó, su mano aún en mi cintura, firme, caliente.

"Mejor que bien, doctor. Esas Bedoyecta Tri y Dolo Neurobion... neta, me pusieron a mil." Reí nerviosa, pero él no se apartó. En cambio, su pulgar rozó mi cadera. La tensión crece, Ana, no seas pendeja, me dije. Lo miré fijo, y sin pensarlo, lo jalé de la bata. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, hambriento. Sabía a menta y deseo, su lengua explorando mi boca con urgencia.

Acto dos: la escalada. Me levantó en brazos como si nada, sentándome en la camilla. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda, mientras yo le desabotonaba la camisa, sintiendo el calor de su pecho velludo, el latido fuerte de su corazón bajo mis palmas. "¿Estás segura, reina?" murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sí, cabrón, más que nunca. Asentí, gimiendo cuando sus dedos encontraron mi humedad a través de las panties. Estaba empapada, el roce de la tela contra mi clítoris enviando chispas.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El sonido de su respiración jadeante, el zap de la cremallera bajando, el olor a sudor limpio y excitación llenando el aire. Yo le bajé los pantalones, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo la seda caliente de la piel, la vena que latía. "Qué rica, Ana... fóllame con la boca." Obedecí, arrodillándome, el sabor salado de su prepucio en mi lengua, chupando con hambre mientras él gemía, enredando sus dedos en mi pelo.

La intensidad subía. Me levantó de nuevo, quitándome las panties de un tirón. Me recargó contra la pared, el frío del azulejo contrastando con su cuerpo ardiente. Entró en mí de un solo empujón, llenándome por completo. ¡Ay, wey! Tan grueso, tan perfecto. Embestía rítmico, mis uñas clavándose en su espalda, el slap-slap de piel contra piel, mis pechos rebotando con cada golpe. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos, mis gemidos ahogados en su boca.

Cambié de posición, montándolo en la camilla. Sus manos en mis caderas guiándome, yo cabalgando con furia, sintiendo cómo me rozaba justo ahí, el placer acumulándose como una tormenta. "Más rápido, putita rica, dame todo." Sus palabras sucias me encendían más, el clímax acercándose en oleadas. Internalmente luchaba:

Esto es loco, pero se siente tan chingón... no pares.

Acto tres: la liberación. Lo volteé, él atrás, penetrándome profundo mientras yo me arqueaba. El orgasmo me golpeó como un rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre. ¡Ramírez! ¡Sííí! Él gruñó, corriéndose dentro, caliente, llenándome. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

Después, el afterglow. Me acurruqué en su pecho, oliendo su sudor mezclado con mi perfume floral. El cuarto en silencio, solo nuestro respiro calmándose. "Esas inyecciones... Bedoyecta Tri y Dolo Neurobion fueron el detonante, ¿verdad?" reí bajito. Él besó mi frente. "No, preciosa, fuiste tú. Pero neta, volvemos a recargar vitaminas pronto."

Salí de la clínica con el cuerpo liviano, el dolor olvidado, un brillo en los ojos y la promesa de más. La noche caía sobre la Condesa, y yo caminaba con una sonrisa pícara, sabiendo que el verdadero remedio había sido mucho más que unas simples inyecciones.

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