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Trío de Lesbianas en Español Pasional

8013 palabras

Trío de Lesbianas en Español Pasional

La noche en el Polanco de la Ciudad de México estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera rozando con dedos invisibles. Yo, Sofia, acababa de salir de mi trabajo en la agencia de publicidad, con el corazón latiéndome a mil por hora después de un día eterno de juntas y deadlines. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita, con el escote justo para que mis tetas se vieran firmes y tentadoras. Caminaba hacia el bar de la esquina, donde Ana, mi mejor amiga desde la uni, me había citado con una sorpresa.

—Órale, Sofi, ¡qué buena pinta traes! —me gritó Ana al verme entrar, su voz ronca y juguetona cortando el ruido de la música reggaetón suave que sonaba de fondo. Ana era puro fuego: morena, con curvas que no pedían permiso, el pelo negro largo y ondulado que le caía como una cascada sobre los hombros. Llevaba una falda corta de cuero que dejaba ver sus muslos gruesos y una blusa escotada que gritaba mírame.

Al lado de ella, sentada en la barra con una cerveza en la mano, estaba Carla. La vi y sentí un cosquilleo en el estómago, como si alguien me hubiera dado un trago de tequila puro. Carla era nueva en nuestro círculo, una chilanga de Guadalajara que acababa de mudarse por trabajo. Alta, con piel canela clara, ojos verdes que brillaban como luces de neón y un culo redondo que el jeans prieto no podía ocultar. Nos presentó Ana con una sonrisa pícara:

—Carla, esta es Sofi, la reyina de las noches locas. Sofi, Carla es la neta, ya verás.

Nos dimos la mano y el roce de sus dedos fue eléctrico, suave pero firme, con un calor que subió directo a mi entrepierna. Pidamos unos tequilas reposados y empezamos a platicar. El humo de los cigarros cercanos se mezclaba con el olor a limón y sal de las bebidas, y el ritmo de la música nos hacía movernos sin querer. Ana contaba anécdotas de la uni, pero yo no podía dejar de mirar a Carla, cómo lamía la sal de su mano antes de cada trago, su lengua rosada deslizándose lenta.

¿Qué carajos me pasa? Esto no es normal, pero neta, se me moja la concha nomás de verla.

La plática fluyó como el tequila: risas, miradas que duraban un segundo de más, roces "accidentales" al pasar los vasos. Ana, siempre la más directa, soltó de repente:

—Oigan, ¿han visto esas historias en línea? Un trío de lesbianas en español, bien calientes, que te dejan con las bragas empapadas. ¿No?

Carla se rio, bajito y sensual, y yo sentí el calor subir a mis mejillas.

—Yo sí, y pinche ganas de vivir una —dijo Carla, guiñándome un ojo.

Ana no dejó pasar la oportunidad.

—Pues vámonos a mi depa, que está cerquita. Sofi, ¿te late?

No pude decir que no. El deseo ya ardía en mi vientre como brasas.

Acto de escalada

En el Uber rumbo al depa de Ana en la Roma, el aire se sentía denso, cargado de promesas. Íbamos apretujadas en la parte de atrás: yo en medio, con el muslo de Carla pegado al mío, caliente y suave bajo el jeans. Ana iba adelante, pero volteaba cada rato con esa sonrisa de ya valió. El chofer ponía cumbia rebajada, y el bajo vibraba en mi pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran contra el vestido.

Llegamos y el depa olía a incienso de lavanda y a algo más dulce, como vainilla de su perfume. Ana puso música suave, un playlist de Rosalía mezclado con Bad Bunny, y sacó una botella de mezcal artesanal de Oaxaca. Nos sentamos en el sofá de terciopelo gris, las piernas entrelazadas sin disimulo. El primer trago quemó mi garganta, pero el segundo me soltó la lengua.

—Carla, tus ojos son una chingonería —le dije, rozando su rodilla con la yema de los dedos.

Ella se acercó, su aliento a mezcal y menta rozándome la oreja.

—Y tú, Sofi, pareces salida de un sueño mojado.

Ana se unió, poniéndose detrás de mí en el sofá, sus manos grandes masajeándome los hombros. Sentí sus tetas presionando mi espalda, firmes y cálidas. Esto va a pasar de verdad, pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambores de una fiesta huichol.

Los besos empezaron suaves: Carla capturó mis labios primero, su boca jugosa, lengua danzando con la mía en un ritmo lento que sabía a mezcal dulce. Olía a su perfume floral, mezclado con el sudor ligero de la noche. Ana observaba, mordiéndose el labio, hasta que se inclinó y besó mi cuello, chupando suave la piel sensible justo debajo de la oreja. Un gemido se me escapó, vibrando contra la boca de Carla.

Neta, esto es mejor que cualquier trío de lesbianas en español que haya leído. Sus manos... dios, sus manos en mi piel.

Las prendas volaron: mi vestido cayó al piso con un shhh suave, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedritas. Carla se quitó la blusa, revelando un sostén de encaje negro que apenas contenía sus pechos medianos y perfectos. Ana, impaciente, se desvistió entera, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz tenue de las velas: caderas anchas, tripa plana con un piercing en el ombligo, y una concha depilada que ya brillaba húmeda.

Nos movimos al cuarto, la cama king size con sábanas de satén rojo crujiendo bajo nosotras. Ana me tumbó de espaldas, besando mi vientre mientras Carla se subía a horcajadas sobre mi cara. Su olor me invadió: almizcle femenino, dulce y salado, como mar y miel. Lamí su clítoris despacio, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua, su sabor ácido y adictivo inundándome la boca. Carla gemía bajito, "Sí, Sofi, así, chúpame rico", sus caderas moviéndose en círculos, el sudor goteando de su piel a mi pecho.

Ana no se quedó atrás: separó mis piernas con manos expertas, su aliento caliente en mi concha antes de hundir la lengua. Sentí cada lamida como fuego líquido, sus dedos abriéndose paso, curvándose dentro de mí para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, gemidos ahogados, piel contra piel. Mi cuerpo temblaba, los nervios en llamas, el olor a sexo llenando la habitación como niebla espesa.

Cambiábamos posiciones como en una danza salvaje: yo comiendo la concha de Ana mientras Carla me penetraba con los dedos, tres adentro, estirándome deliciosamente. Sus uñas rozaban mi interior, y yo gritaba contra la carne de Ana, "¡No pares, cabronas!". El clímax se acercaba en olas, mi corazón retumbando en los oídos, pieles resbalosas de sudor y jugos.

El estallido y la calma

El orgasmo nos golpeó como tormenta en el desierto: primero Carla, convulsionando sobre mi boca, su grito ronco "¡Me vengo, pinches ricas!", chorro caliente salpicándome la cara. Eso me llevó al borde, mi concha contrayéndose alrededor de los dedos de Ana, olas de placer puro sacudiéndome hasta los huesos. Ana fue la última, montándome la cara mientras Carla la lamía por detrás, su cuerpo arqueándose en un espasmo largo, eterno.

Caímos enredadas, jadeando, el aire pesado con olor a sexo y sudor. Nuestros cuerpos pegajosos se entrelazaban, piernas sobre piernas, manos acariciando suave ahora, trazando patrones perezosos en la piel sensible. El silencio roto solo por respiraciones entrecortadas y risas suaves.

Neta, eso fue épico —murmuró Ana, besándome la frente.

Carla, acurrucada en mi otro lado, susurró:

—Un trío de lesbianas en español de los buenos, ¿no?

Reí bajito, el cuerpo aún zumbando de placer residual. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, nos teníamos nosotras. Me sentía plena, empoderada, como si hubiéramos conquistado algo sagrado. Cerré los ojos, inhalando su aroma mezclado al mío, sabiendo que esto no era el fin, sino el principio de muchas noches así.

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