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El Trio de Mujeres Calientes que Enloqueció Mi Noche

7271 palabras

El Trio de Mujeres Calientes que Enloqueció Mi Noche

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de las flores tropicales que colgaban de las palapas. Estaba en una fiesta playera organizada por unos carnales míos, con música de cumbia rebajada retumbando en los parlantes y luces de neón pintando el arena de colores locos. Yo, Alejandro, un pinche contador de treinta y tantos que necesitaba desconectarse del jale de oficina, me serví un ron con cola y me puse a observar el movimiento. Ahí fue cuando las vi: un trio de mujeres calientes que acababan de llegar, riendo a carcajadas mientras se quitaban las sandalias y pisaban la arena tibia.

Sofía era la morena de curvas pronunciadas, con un vestido rojo ceñido que dejaba ver el brillo de su piel aceitada bajo la luna. María, la güera de ojos verdes y labios carnosos, llevaba un top que apenas contenía sus chichis firmes, y Carla, la chaparrita de cabello negro azabache y nalgas redondas como melones, movía las caderas al ritmo de la música como si el mundo fuera suyo. Neta, mi verga dio un brinco en los shorts solo de verlas. Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad.

—Órale, qué chido que vinieron —les dije, sonriendo con esa confianza que solo el ron te da—. Soy Alejandro, ¿y ustedes?

Sofía me miró de arriba abajo, lamiéndose los labios.

Este pendejo está bueno, chicas
, pensó en voz alta, pero con un guiño que me hizo erizar la piel. Se presentaron, charlamos de la fiesta, de lo caliente que estaba el pinche clima, y en minutos ya estábamos bailando pegaditos. Sus cuerpos rozaban el mío: el calor de las tetas de María contra mi pecho, la mano de Carla en mi cintura bajando peligrosamente, y Sofía susurrándome al oído con aliento a tequila: "¿Quieres ver lo que pasa si nos sigues a la cabaña, carnal?"

El corazón me latía como tambor de banda sinaloense. ¿Era en serio? Ellas tres, un trio de mujeres calientes dispuestas a jugar conmigo. Asentí, y nos escabullimos entre las sombras de las palmeras, el sonido de las olas rompiendo como un pulso constante.

La cabaña era chida, con una cama king size cubierta de sábanas blancas y velas aromáticas a coco encendiéndose solas. Apenas cerramos la puerta, María me empujó contra la pared, sus labios chocando con los míos en un beso húmedo y salvaje. Sabía a miel y sal, su lengua explorando mi boca mientras sus uñas arañaban mi espalda. Pinche delicia, pensé, mientras mis manos subían por sus muslos suaves como seda.

Sofía se quitó el vestido de un jalón, quedando en tanga negra que enmarcaba su coño depilado. —Ven, Alejandro, prueba esto —me dijo, guiando mi cabeza entre sus piernas. El olor a mujer excitada me invadió: almizcle dulce, sudor ligero y ese toque salado del mar. Lamí su clítoris hinchado, sintiendo cómo temblaba, sus gemidos roncos llenando la habitación como una sinfonía erótica.

Más, cabrón, chúpame como hombre
, jadeó ella, enredando sus dedos en mi pelo.

Carla no se quedó atrás. Se arrodilló y sacó mi verga dura como fierro de los shorts, admirándola con ojos brillantes. —¡Mira qué vergota, neta! —rió, antes de metérsela a la boca. Su lengua giraba alrededor de la cabeza, chupando con fuerza, el sonido obsceno de saliva y succiones haciendo que mis huevos se contrajeran. El calor de su garganta era puro fuego, y yo gemía contra el coño de Sofía, el sabor ácido de sus jugos inundando mi boca.

Pero esto era solo el principio. Me tumbaron en la cama, las tres rodeándome como lobas en celo. María se subió a mi cara, restregando su panocha mojada contra mi nariz, mientras yo la devoraba. Olía a vainilla y deseo puro, sus labios mayores hinchados y resbalosos. Sofía y Carla se turnaban en mi polla: una chupando las bolas, la otra mamándola hasta la garganta, sus tetas rozando mis muslos. Sentía sus pezones duros como piedras contra mi piel, el sudor perlando sus cuerpos, goteando sobre mí.

¿Cómo carajos llegué al paraíso? me pregunté en mi mente, mientras el placer subía como marea. Tensiones del día se evaporaban: el estrés del jale, las broncas con el jefe, todo se disolvía en ese mar de carne caliente y gemidos. Ellas se besaban entre sí, lenguas enredadas, manos explorando tetas y culos, empoderadas en su lujuria compartida. —Somos un trio de mujeres calientes, y tú eres nuestro juguete esta noche —susurró Carla, montándose en mi verga de un golpe.

Su coño era un horno apretado, paredes vaginales estrujándome como guante de terciopelo mojado. Cabalgaba con furia, sus nalgas rebotando contra mis caderas con palmadas sonoras, el slap-slap-slap mezclándose con sus gritos: "¡Sí, pendejo, cógeme duro!" Sofía se sentó en mi pecho, masturbándose mientras me besaba, y María lamía mis pezones, mordisqueándolos hasta el dolor placentero. El aire estaba cargado de feromonas, sudor, y el leve olor a sexo que impregna todo cuando las cosas se ponen intensas.

Cambiaron posiciones como expertas. Sofía se puso a cuatro, su culo en pompa invitándome. La penetré despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su interior caliente y palpitante, luego aceleré, embistiéndola con fuerza. María y Carla se turnaban lamiendo donde nos uníamos, sus lenguas en mis huevos y su clítoris, haciendo que Sofía se corriera primero: un chorro caliente salpicando mis muslos, su cuerpo convulsionando, gritando ¡Chingado, qué rico!

Mi propia tensión crecía, un nudo en el estómago listo para explotar.

No aguanto más, pero quiero que duren
, pensé, mordiendo mi labio. Ellas lo notaron. —Córrete con nosotras, amor —dijo María, acostándose y abriendo las piernas. La cogí misionero, sus ojos verdes clavados en los míos, uñas clavándose en mi espalda. Carla y Sofía nos rodeaban, chupando tetas, besándonos, sus cuerpos frotándose contra nosotros. El ritmo era frenético: piel contra piel resbalosa, respiraciones agitadas, el crujir de la cama bajo nosotros.

Carla se unió al final, guiando mi mano a su coño mientras yo follaba a María. Todas gemían en coro, un crescendo de placer que rompió las barreras. Sentí el orgasmo venir como tsunami: huevos apretados, verga hinchándose, y exploté dentro de María con un rugido gutural. Chorros calientes llenándola, mientras ella se corría conmigo, su coño ordeñándome. Sofía y Carla alcanzaron el clímax masturbándose mutuamente, sus jugos goteando sobre las sábanas.

Nos quedamos jadeando, enredados en un montón sudoroso y satisfecho. El olor a sexo impregnaba todo: semen, jugos femeninos, sudor salado. María me besó la frente. —Eres un chingón, Alejandro. Volvemos a repetir, ¿va?

Sofía rió bajito, acariciando mi pecho. Carla se acurrucó contra mí, su piel aún caliente. En ese afterglow, con el sonido lejano de la fiesta y las olas, reflexioné: Esta noche cambió todo. Un trio de mujeres calientes me mostró lo que es el verdadero desmadre placentero. Nos dormimos así, empapados en éxtasis, sabiendo que el amanecer traería más recuerdos ardientes.

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