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Pareja Busca Trio de Fuego

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Pareja Busca Trio de Fuego

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se mete hasta los huesos. Luis y yo, Ana, llevábamos meses fantaseando con la idea. Pareja busca trio, lo habíamos visto en apps y foros, pero siempre nos daba pena dar el paso. Hasta que una chela de más y unas miradas cargadas de picardía nos hicieron publicar el anuncio. "Pareja busca trio con hombre chido, discreto y con ganas de pasarla bien", escribí yo, con el corazón latiéndome como tambor en la pecho.

Luis me abrazó por detrás mientras yo tecleaba, su aliento caliente en mi cuello oliendo a tequila reposado. "¿Estás segura, mi reina?" murmuró, y sus manos ya se colaban bajo mi blusa, rozando mis pezones que se pusieron duros al instante. Chingado, sí que estoy segura, pensé, mientras el aroma de su colonia cara me envolvía. Respondimos a un par de mensajes, pero Marco fue el que nos enganchó de inmediato. Fotos de un morro atlético, sonrisa pícara y un mensaje directo: "Soy el que buscan, carnales. Vamos a armar un desmadre chingón".

Quedamos en nuestro depa en Polanco, luces tenues, velas de vainilla quemándose y jazz suave de fondo. Cuando sonó el timbre, mi estómago dio un vuelco. Luis abrió la puerta y ahí estaba Marco, alto, con camisa ajustada que marcaba sus músculos y jeans que prometían lo que yo ya imaginaba. Qué rico se ve este pendejo, me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

"¡Qué onda, pareja! Soy Marco, el del anuncio."

Nos dimos la mano, pero la suya en la mía duró un segundo de más, cálida y firme. Lo invitamos a pasar, servimos unos tragos de mezcal ahumado que picaba en la lengua como fuego lento. Hablamos de todo y nada: el tráfico infernal, los tacos al pastor de la esquina, pero el aire ya estaba cargado de electricidad. Luis me miró con esa ceja arqueada que significa vamos por ello, y yo asentí, mordiéndome el labio.

La plática fluyó, risas nerviosas al principio. Marco nos contó que había estado en tríos antes, que le encantaba ver a una pareja disfrutarse. "La clave es el respeto y las ganas mutuas", dijo, y sus ojos se clavaron en mis tetas, que asomaban generosas bajo el escote. Sentí el calor subir por mi cara, pero también por mi entrepierna. Luis se acercó, me besó el cuello, y Marco no se hizo de rogar: su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacio, rozando la piel suave que ya sudaba un poquito.

Esto es lo que queríamos, pensé mientras el olor a mezcal se mezclaba con el perfume masculino de los dos. Luis me desabrochó el brasier, mis chichis saltaron libres, pezones erectos pidiendo atención. Marco jadeó bajito, "Qué ricas, Ana", y se inclinó a mamar uno, su lengua caliente y áspera haciendo círculos que me erizaron toda. Luis observaba, su verga ya dura presionando contra mis nalgas. Lo besé con hambre, saboreando su boca mientras Marco chupaba más fuerte, el sonido húmedo de su succión llenando la sala.

Nos movimos al sillón de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Yo me quité la falda, quedando en tanga empapada. Me estoy mojando como nunca. Luis se sacó la verga, gruesa y venosa, y Marco lo imitó, la suya más larga, palpitante. Las tomé en mis manos, piel caliente y sedosa, el olor almizclado de su excitación golpeándome las narices. Las masturbé despacio, oyendo sus gemidos roncos, "Así, mi amor", dijo Luis, mientras Marco gruñía "Chingón, Ana, no pares".

El deseo crecía como tormenta. Me puse de rodillas entre ellos, el piso fresco contra mis rodillas. Alterné mamadas, la boca llena de Luis primero, salado y grueso, garganta acomodándose a su tamaño. Luego Marco, más profundo, gimiendo cuando toqué sus huevos suaves. El sabor de sus precúm en mi lengua, dulce y salobre, me volvía loca. Luis me jaló el pelo suave, sin dolor, solo control, y Marco acariciaba mi espalda, uñas rozando delicioso.

Pero queríamos más. Me recostaron en el sillón, piernas abiertas. Luis lamió mi panocha primero, lengua experta en mi clítoris hinchado, chupando mis jugos que sabían a miel caliente. "Estás chorreando, reina". Marco besaba mi boca, dedos metiéndose en mí, dos al principio, luego tres, estirándome con maestría. Sentí el orgasmo venir, oleadas de placer, mi cuerpo temblando, gritando "¡Sí, cabrones, no paren!". Vine duro, chorros mojando sus caras, el aroma de mi corrida impregnando todo.

Ahora el clímax. Me monté en Luis, su verga abriéndome como guante perfecto, piel contra piel resbalosa de sudor. Cabalgué lento al principio, tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne sonando obsceno. Marco se paró frente a mí, verga en mi boca otra vez, follándome la garganta mientras Luis me embestía desde abajo. Estoy llena, jodidamente llena de placer. Cambiamos: Marco me penetró por atrás, perrito estilo, su pija golpeando profundo, huevos chocando mi clítoris. Luis debajo, mamando mis chichis, dedos en mi culo preparándolo.

"¿Quieres doble, mi amor?" preguntó Luis, y yo asentí frenética, quiero todo. Con lubricante fresco y resbaloso, oliendo a cereza, Marco se quedó en mi panocha y Luis entró despacio en mi ano, centímetro a centímetro, el estirón ardiente pero exquisito. Grité de puro gozo, las dos vergas frotándose dentro de mí separadas por una delgada pared, pulsando al unísono. Sudor goteando, mezclado con nuestros olores: sexo puro, masculino y femenino, embriagador. Aceleraron, follándome duro, mis paredes contrayéndose, otro orgasmo rompiéndome en mil pedazos. "¡Me vengo, chingados!"

Ellos no tardaron. Luis gruñó primero, llenándome el culo de leche caliente, chorros que sentía palpitar. Marco salió y eyaculó en mis tetas, semen espeso y blanco salpicando, caliente en mi piel. Colapsamos los tres, jadeando, cuerpos enredados en un montón sudoroso y satisfecho. El aire olía a sexo crudo, mezcal y velas apagadas.

Después, en la regadera grande, agua caliente cayendo como lluvia tropical, nos enjabonamos mutuamente. Manos suaves ahora, besos tiernos. Esto fue perfecto, pensé, mientras Luis me abrazaba y Marco sonreía. "¿Repetimos, pareja?" dijo guiñando. Reímos, sabiendo que pareja busca trio había sido el inicio de algo chido.

Nos despedimos con promesas de más noches así, el recuerdo de sus toques grabado en mi piel. Luis y yo nos acostamos exhaustos pero felices, su mano en mi cadera. Lo hicimos, y fue de puta madre. El deseo saciado, pero ya soñando con la próxima aventura.

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