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Ocurrió un error inesperado por favor intenta tu solicitud de nuevo más tarde

6924 palabras

Ocurrió un error inesperado por favor intenta tu solicitud de nuevo más tarde

Estaba recostada en mi cama, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mí, mientras el calor de la noche mexicana me envolvía como una sábana húmeda. Mi depa en la Condesa, con sus paredes blancas y el aroma a jazmín del balcón filtrándose por la ventana entreabierta, era mi refugio perfecto para una noche de caza. Saqué mi cel, abrí la app de citas esa que todas usamos en secreto, y empecé a deslizar. Chavos guapos, perfiles con fotos en la playa de Cancún, promesas de diversión sin compromisos. Neta, necesitaba un rato de puro desahogo después de una semana de puro estrés en la oficina.

Deslicé a la derecha en uno que me llamó la atención: alto, moreno, con una sonrisa que gritaba travesuras. Su bio decía algo de ser chef en un restaurante chido de Polanco. Perfecto. Mandé un mensaje coqueto: "¿Qué tal si me cocinas algo caliente esta noche?" Esperé, mordiéndome el labio, imaginando sus manos fuertes sobre mi piel. Pero en lugar de respuesta, la pantalla parpadeó y apareció el mensaje: ocurrió un error inesperado por favor intenta tu solicitud de nuevo más tarde. ¡Pinche app de la verga! Lo intenté otra vez, y otra, pero nada. Frustración pura, como si me hubieran dejado colgada en la puerta de un antro.

¿Por qué chingados pasa esto justo ahora? Justo cuando el cuerpo me pide a gritos un buen revolcón

Me levanté de un brinco, el sudor perlando mi escote bajo la camisita de tirantes. No iba a dejar que una pinche tecnología me jodiera la noche. Me puse un vestidito negro ajustado que marcaba mis curvas justito, unas sandalias de tacón y un toque de perfume con olor a vainilla y deseo. Salí a la calle, donde el bullicio de la Condesa me recibió con risas, música de mariachi lejano y el olor a tacos al pastor de la taquería de la esquina. Caminé hacia el bar que está a dos cuadras, ese con luces neón y cocteles que te suben la temperatura.

El lugar estaba a reventar, cuerpos moviéndose al ritmo de reggaetón suave, el aire cargado de humo de cigarros electrónicos y feromonas. Me acomodé en la barra, pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua mientras el tequila me calentaba la garganta. Ahí lo vi: el mismo chavo de la app, en carne y hueso, platicando con el barman. ¿Coincidencia? Neta, el universo es un cabrón juguetón. Se giró, sus ojos oscuros me atraparon como imán. Sonrió, esa misma sonrisa traviesa.

—¿Vienes seguido por acá, guapa? —me dijo acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor.

—Neta, primera vez, pero ya me late este lugar. Soy Ana, por cierto.

—Diego. ¿Qué te trae por aquí tan solita y tan rica?

Nos pusimos a platicar, el hielo rompiéndose con chistes sobre la pinche app que nos falló a los dos esa noche. "Ocurrió un error inesperado por favor intenta tu solicitud de nuevo más tarde", imitamos al unísono, riéndonos a carcajadas. El roce accidental de su brazo contra el mío mandó chispas por mi espina. Olía a colonia amaderada mezclada con el sudor limpio de un día largo, y su mano grande posándose en mi rodilla bajo la barra me hizo apretar los muslos. La tensión crecía, como un elástico estirándose, cada mirada prometiendo más.

Después de dos margaritas, su aliento cálido en mi oreja: —¿Qué tal si salimos de aquí y intentamos algo en persona? Sin errores esta vez.

Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Sí, carajo, sí. Asentí, y salimos tomados de la mano, el aire nocturno fresco contra mi piel ardiente. Caminamos hasta su depa, a unas calles, besándonos en las esquinas, sus labios firmes saboreando a tequila y a mí.

Adentro, la luz tenue de una lámpara iluminaba su cuarto minimalista, con posters de viajes por Oaxaca y una cama king size que gritaba promesas. Me quitó el vestido despacio, sus dedos trazando mi espalda, erizándome la piel. "Estás chida, Ana, neta me tienes bien encendido", murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis palmas, el vello áspero rozándome las yemas.

Esto es lo que necesitaba, piel con piel, sin pantallas de por medio

Nos tumbamos, su boca explorando mi cuerpo como un mapa del tesoro. Sus labios chuparon mis pezones, duros como piedras, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca mientras nos besábamos con hambre. Bajó más, su lengua trazando un camino húmedo por mi vientre, hasta llegar a mi panocha ya empapada. El primer lametón fue eléctrico, saboreando mi humedad salada, su nariz rozando mi clítoris hinchado. "Sabrosa, pinche delicia", gruñó, metiendo dos dedos gruesos que me llenaron justo, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

Arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros, el olor a sexo llenando el aire, mezclado con su aroma masculino. Le pedí más, "Cógeme, Diego, ya no aguanto". Se puso de rodillas, su verga tiesa y gruesa apuntándome, venosa y lista. La guié yo misma, frotándola contra mis labios húmedos, sintiendo su calor pulsante. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, hasta que sus bolas peludas chocaron contra mi culo.

Empezamos lento, sus embestidas profundas haciendo que mi concha lo apretara como guante. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos mezclados con sus gruñidos roncos, "¡Qué rico te sientes, cabrona!". Aceleramos, sudor goteando, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Cambiamos de posición, yo encima, cabalgándolo como reina, mis caderas girando, sintiendo su verga golpear mi fondo una y otra vez. El clímax se acercaba, una ola creciendo en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

Me vengo, Ana, ¡dame todo! —rugió, y yo exploté primero, un grito ahogado saliendo de mi garganta mientras el orgasmo me sacudía, jugos chorreando por sus bolas. Él se vació dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando bajo el mío.

Nos quedamos así, enredados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con el olor almizclado del sexo. Su mano acariciando mi cabello húmedo, besos suaves en mi frente.

—Pinche error de la app fue lo mejor que nos pasó —le dije riendo bajito.

—Neta, ahora ya sabes: en persona siempre sale chido.

Quién iba a decir que un mensajito de mierda me daría la noche de mi vida. Mañana intento de nuevo, pero esta vez con él

Me dormí en sus brazos, satisfecha, el cuerpo pesado de placer, soñando con más errores inesperados.

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