Hago Un Trío Con Mis Primas
Todo empezó en la casa de playa de mis tíos en Puerto Vallarta. Era uno de esos fines de semana familiares que se arman de la nada, con el sol quemando la arena y el mar rompiendo olas como si quisiera comerse la orilla. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, había llegado temprano con mi troca cargada de chelas y un cooler lleno de hielo. Mis primas, Ana y Carla, llegaron después, bajándose del camión con esas sonrisas que te derriten el alma y el alma nomás.
Ana, la mayor con veinticuatro, es de esas morenas que parecen salidas de un sueño: curvas que se mueven como olas, pelo negro largo hasta la cintura y ojos cafés que te clavan. Carla, la chiquita de veintitrés, más delgadita pero con unas tetas que desafían la gravedad, rubia teñida y una risa que suena a campanas en fiesta. Siempre hemos sido cercanos, desde chavos jugando en el patio de la abuela, pero últimamente las miradas se habían puesto pesadas, como si el aire entre nosotros cargara electricidad.
La tarde se fue en alberca, chapoteando y echando relajo. El olor a protector solar mezclado con salitre me tenía mareado. Ana se subía al trampolín en bikini rojo, sus nalgas rebotando al caer al agua, y yo disimulaba mirándola de reojo mientras sorbía mi michelada. ¿Qué pedo, carnal? ¿Por qué me pones así?, pensaba, sintiendo mi verga endurecerse bajo los shorts. Carla nadaba como pez, rozándome las piernas "sin querer" cada rato, su piel fresca y suave contra la mía.
Al caer la noche, la familia se fue a cenar a un restaurante en la playa, dejándonos solos en la casa. "Vamos a armar pedo aquí, wey", dijo Carla, sacando una botella de tequila Don Julio del refri. Ana prendió la bocina con cumbia rebajada, ese ritmo que te entra en las venas. Nos sentamos en la terraza, con la brisa marina oliendo a yodo y jazmín, pasando shots y platicando pendejadas.
—Oye, Alex, ¿te acuerdas cuando éramos chavos y nos bañábamos juntos en el río? —rió Ana, su voz ronca por el trago, inclinándose para servirme más—. Ya no cabemos en la tina, ¿eh?
Carla se acurrucó a mi lado, su muslo pegado al mío, caliente como brasa.
Pinche ricura, huele a vainilla y deseo. ¿Será que ellas también sienten esto?El tequila me soltaba la lengua, y de pronto confesé:
—La neta, siempre las he visto con otros ojos. Son unas chingonas, mis primas.
Las dos se miraron, sonriendo con picardía. Ana se acercó, su aliento dulce de limón y tequila rozando mi oreja.
—Nosotras también, primo. ¿Y si armamos algo chido esta noche?
El corazón me latía como tambor en quinceañera. No era un sueño; sus manos ya exploraban mi pecho, bajando lentito. La tensión se acumulaba como tormenta en el Golfo, el aire espeso con el olor de sus pieles sudadas y el mar de fondo.
Nos metimos a la recámara principal, con la cama king size esperando como altar. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sus cuerpos en plata. Ana me besó primero, sus labios carnosos saboreando a tequila y miel, lengua danzando con la mía en un remolino húmedo. Carla observaba, mordiéndose el labio, sus pezones endurecidos bajo la blusa ligera.
Me quité la playera, y ellas jadearon. Sí, cabrones, esta es la mercancía. Carla se arrodilló, desabrochándome el short con dedos temblorosos de emoción. Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. "¡Órale, qué choncha!", exclamó ella, lamiendo la punta con lengua juguetona, sabor salado de mi piel mezclándose con su saliva cálida.
Ana se desvistió despacio, quitándose el bikini para revelar tetas perfectas, grandes y firmes, con areolas oscuras. Se recostó en la cama, abriendo las piernas, su concha depilada brillando húmeda bajo la luz tenue. El aroma almizclado de su excitación llenó la habitación, como perfume prohibido. "Ven, primo, pruébame", susurró.
Me lancé sobre ella, besando su cuello salado, bajando a morder esos pezones que se endurecían en mi boca como caramelos. Mis dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos, y ella gimió ronco, arqueando la espalda. Carla se unió, chupándome la verga con avidez, succionando hasta la garganta, gargantas profundas que me hacían ver estrellas. El sonido de su boca húmeda, chapoteando, se mezclaba con los gemidos de Ana y las olas rompiendo afuera.
Esto es el paraíso, wey. Dos primas mías, entregadas, queriendo todo de mí. Cambiamos posiciones; yo en el centro, Ana montándome la cara, su concha chorreante en mi boca. Sabía a néctar dulce y salado, lamía sus labios mayores, succionando el clítoris mientras ella se mecía, sus jugos empapándome la barba. Carla se empaló en mi verga, centímetro a centímetro, su interior apretado y caliente como horno. "¡Ay, cabrón, qué gruesa!", gritó, cabalgándome con ritmo de cumbia, tetas rebotando hipnóticas.
El sudor nos unía, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, jugos íntimos. Mis manos amasaban las nalgas de Carla, dedos hundiéndose en carne suave, mientras Ana me cabalgaba la lengua, sus muslos temblando.
¿Cuánto aguantamos? Esto es fuego puro.
Las hice cambiar; Ana se puso a cuatro, su culo redondo invitándome. La penetré de doggy, lento al principio, sintiendo cada pliegue de su vagina envolviéndome, cálida y empapada. Carla debajo, lamiendo mis huevos y la unión de nosotros, su lengua eléctrica enviando chispas. "¡Más duro, primo! ¡Danos verga!", pedía Ana, empujando contra mí, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores.
La intensidad subía; mi pulso tronaba en oídos, venas hinchadas, bolas apretadas. Carla se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su concha rosada, gimiendo "¡Sí, fóllatela como puta!". Giramos a un trío perfecto: yo de pie, Ana y Carla arrodilladas chupándome alternadas, lenguas enredándose en mi glande, besándose con mi verga de por medio. El placer era abrumador, sensory overload: tacto de lenguas suaves, vista de sus rostros lujuriosos, sonidos de succión y gemidos ahogados.
No aguanté más. "¡Me vengo, putas!", rugí. Ana y Carla abrieron la boca, lenguas fuera, y eyaculé chorros calientes, blancos y espesos, salpicando sus caras, tetas, gargantas. Ellas se lamían mutuamente, saboreando mi leche con besos lascivos, tragando con deleite. Colapsamos en la cama, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones jadeantes calmándose al ritmo del mar.
Después, en la afterglow, nos bañamos juntos en la regadera al aire libre, agua tibia lavando pecados, manos suaves enjabonando curvas. Ana me besó el pecho: "Fue chingón, primo. ¿Repetimos?". Carla rio, pellizcándome el culo: "Obvio, wey. Somos familia, ¿no?".
Acostados en la hamaca de la terraza, con estrellas arriba y brisa fresca secando nuestra piel, reflexioné. Hago un trío con mis primas y el mundo sabe a gloria. Esto no acaba aquí; el deseo queda latiendo, como pulso eterno. La noche mexicana nos envolvía, prometiendo más noches de fuego.