Lágrimas en la Lluvia con El Tri
La lluvia caía como un manto pesado sobre la Ciudad de México, ese golpeteo constante en el techo de mi departamento en la Roma que me hacía sentir viva, como si el cielo estuviera llorando por todos los deseos reprimidos del mundo. Yo, Ana, estaba sola en la sala, con una copa de mezcal en la mano, el humo del incienso de copal flotando en el aire húmedo. Afuera, las luces de los autos reflejaban charcos neón, y el olor a tierra mojada se colaba por la ventana entreabierta. Puse el disco viejo de El Tri, ese que mi carnal me había prestado hace años, y cuando sonó "Lágrimas en la lluvia", algo se removió dentro de mí, un calor que subía desde el estómago hasta el pecho.
Ahí fue cuando llegó él, Marco, mi amor de los últimos meses, empapado hasta los huesos, con esa sonrisa pícara que me derretía. "Órale, nena, esta lluvia está cabrona", dijo sacudiéndose el agua del cabello negro, gotas resbalando por su cuello moreno. Lo jalé adentro, riéndonos como pendejos, y le quité la chamarra mojada, sintiendo el calor de su piel debajo de la playera pegada. Sus ojos cafés me miraban con esa hambre que conozco bien, la misma que me hace temblar las rodillas.
¿Por qué carajos esta canción siempre me pone así? Lágrimas en la lluvia, dice Alex Lora con esa voz ronca, y yo siento que mis propias lágrimas de anhelo se mezclan con el agua que gotea de su cuerpo.
Lo besé primero, suave, probando el sabor salado de la lluvia en sus labios carnosos. Sus manos grandes me rodearon la cintura, atrayéndome contra él, y el roce de su pecho duro contra mis tetas me erizó la piel. La música seguía, la guitarra eléctrica rasgando el aire como un lamento apasionado, y nosotros bailamos lento en la sala, cuerpos pegados, mi falda ligera subiendo por mis muslos. Olía a su colonia mezclada con el petricor, ese aroma terroso que me volvía loca.
Acto uno apenas empezaba, pero ya sentía la tensión en mi vientre, ese pulso insistente entre las piernas. Marco me susurró al oído: "Estás rica hoy, Ana, como si la lluvia te hubiera puesto jugosa". Reí bajito, mordiéndome el labio, y le respondí con un beso más profundo, mi lengua explorando su boca, saboreando el mezcal que le ofrecí de mi copa. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mi ombligo, subiendo despacio hasta rozar mis pezones endurecidos. Un jadeo se me escapó, y él sonrió contra mi piel.
Lo llevé a la recámara, donde la lluvia ahora truena más fuerte contra los vidrios, como un tambor que marca el ritmo de nuestros corazones acelerados. Nos quitamos la ropa con calma, saboreando cada prenda que cae: su pantalón vaquero, pesado de agua; mi bra de encaje negro, que él desabrocha con dientes juguetones. Desnudos, nos miramos bajo la luz tenue de la lámpara, su verga ya semi-dura, gruesa y venosa, llamándome. Yo, con mis curvas suaves, caderas anchas de mujer mexicana, me acerco, rozando mi pubis contra su muslo, sintiendo la aspereza de su vello.
La voz de El Tri sigue sonando en loop, "lágrimas en la lluvia que nadie ve", y yo pienso que mis lágrimas son de puro deseo, invisibles en esta noche tormentosa.
En el colchón king, nos tendimos uno frente al otro, piernas entrelazadas. Sus manos recorren mi espalda, masajeando con fuerza, mientras yo le acaricio el pecho, pellizcando sus tetillas oscuras hasta que gime. "Chingao, Ana, me vas a matar", murmura, y yo río, bajando mi boca por su abdomen, lamiendo el agua que aún brilla en su piel. El olor a su excitación me golpea, almizclado y varonil, mezclado con el sudor fresco. Lo tomo en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo cómo crece, late contra mi palma cálida.
Él no se queda atrás: sus dedos encuentran mi clítoris, hinchado y sensible, y lo rodea con círculos expertos, haciendo que mis caderas se arquen. "Estás chorreando, mi reina", dice con voz grave, y mete dos dedos adentro, curvándolos justo donde duele de placer. Gimo fuerte, el sonido ahogado por el trueno, mis jugos empapando sus nudillos. La tensión sube, gradual, como la lluvia que arrecia afuera, cada roce enviando chispas por mi espina dorsal.
Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo con los ojos fijos en los suyos. La canción cambia, pero el espíritu de Lágrimas en la lluvia persiste en mi mente, un fondo rockero para nuestro ritual. Bajo despacio sobre su pija, sintiendo cómo me abre, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso que me llena. "¡Ay, cabrón, qué grande estás!", exclamo, y él agarra mis nalgas, guiándome. Empiezo a moverme, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel uniéndose al repiqueteo de la lluvia.
El sudor nos cubre, perlas saladas que lamo de su cuello, sabor a sal y hombre. Sus embestidas suben de intensidad, yo rebotando más rápido, mis tetas saltando, pezones rozando su pecho. Siento el orgasmo construyéndose, una ola en el estómago, mientras él gruñe: "Vente conmigo, nena, déjame sentirte apretarme". Mis paredes lo aprietan, palpitando, y exploto primero, un grito ronco que se pierde en la tormenta, lágrimas reales brotando de mis ojos –lágrimas de éxtasis, mezclándose con el sudor.
Él se corre segundos después, caliente dentro de mí, su semen llenándome en chorros pulsantes. Nos quedamos así, unidos, respiraciones jadeantes, el mundo afuera un borrón gris. La música se apaga, pero el eco de El Tri queda en el aire.
Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas, la lluvia amainando a un susurro. Marco me besa la frente, sus dedos trazando patrones en mi espalda. "Esa canción siempre nos prende, ¿verdad?", dice, y yo asiento, pensando en cómo lágrimas en la lluvia de El Tri se ha convertido en nuestro himno secreto, un puente entre el alma y el cuerpo.
En esta ciudad de contrastes, donde la lluvia lava las calles y los pecados, encontré en él no solo placer, sino un hogar en su piel. Y si llueve de nuevo, pondré el disco, y repetiremos esta danza eterna.
Nos dormimos así, envueltos en el calor mutuo, el olor a sexo y lluvia impregnando todo, un cierre perfecto a nuestra noche de pasión desatada.