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La Depiladora Tria despierta pieles ardientes

6208 palabras

La Depiladora Tria despierta pieles ardientes

Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en el corazón de la Condesa, donde las noches huelen a tacos al pastor y a promesas de placer. Esa tarde, después de un día eterno en la oficina, llegué a mi depa con una caja bajo el brazo. La depiladora Tria, mi nuevo capricho. La había visto en un anuncio en Instagram, prometiendo piel suave como la de una diosa azteca, lista para ser adorada. Neta, me picó la curiosidad. Llevaba semanas fantaseando con Javier, ese morro alto y tatuado que conocí en una fiesta en Polanco. Sus ojos cafés me miraban como si ya me estuviera desnudando, y yo quería estar perfecta para él.

Me metí al baño, el vapor del regadero ya empañando el espejo. Me quité la blusa, los jeans, quedándome en tanga negra y bra. El aire fresco besaba mi piel, erizándola. Encendí la depiladora Tria, ese zumbido suave como un ronroneo de gato me erizó los vellos. ¿Y si duele? pensé, pero las reseñas decían que era como un pellizco caliente, nada grave. Apunté a mis piernas primero. El láser tocó mi piel, un calorcillo que se hundía profundo, haciendo que mi pulso se acelerara. Olía a mi loción de coco mezclada con ese aroma sutil del dispositivo, limpio y moderno. Pasada la primera ráfaga, pasé la mano: suave, riquísima. Mi coño se humedeció solo de imaginar las manos de Javier ahí.

Me senté en el borde de la tina, piernas abiertas. Respiré hondo, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo en una quinceañera. La depiladora Tria vibró contra mis labios mayores, el calor se extendió como fuego lento.

¡Ay, wey, qué chido!
gemí bajito. No dolía, al contrario, era como un beso eléctrico que despertaba cada nervio. Mi piel se ponía roja un segundo, luego rosa perfecta, lampiña. Toqué con los dedos, resbalosos ya de mi propia excitación. El espejo reflejaba mi cara sonrojada, pezones duros como piedras. Me mordí el labio, pensando en Javier. Esta noche va a flipar.

Salí del baño envuelta en una toalla, el cuerpo zumbando de anticipación. Me puse un vestido rojo ceñido, sin calzones, solo por joder. Le mandé un whatsapp: "Ven ya, papi. Te espero con sorpresas." Su respuesta fue un emoji de fuego y "Allá voy, nena." Me serví un mezcal con limón, el humo del cigarro que fumé en la terraza mezclándose con el olor de la ciudad abajo, autos pitando, risas lejanas. Mi piel nueva rozaba la tela del vestido, sensible como nunca. Cada paso era una caricia.

La puerta sonó a las nueve en punto. Javier entró como huracán, oliendo a colonia cara y cerveza. Me jaló por la cintura, sus labios chocando con los míos. Sabían a menta y deseo. ¡Puta madre, qué beso! Su lengua exploró mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda. Siente lo suave que estoy, pensé, guiando su palma a mi muslo.

—¿Qué pedo, Ana? Estás... suavísima — murmuró contra mi cuello, su aliento caliente erizándome.

—La depiladora Tria, amor. Me dejó como bebé —le contesté, riendo ronca.

Nos fuimos al sillón, él quitándome el vestido de un tirón. Sus ojos se clavaron en mi piel desnuda, iluminada por la luz tenue de las velas que prendí. Tocó mis piernas, subiendo lento, el roce de sus dedos callosos como chispas. Yo jadeaba, el calor de la depilación haciendo todo más intenso. Su boca siguió el camino, besos húmedos que saboreaban mi frescura. Olía a mi excitación, dulce y salada, mezclada con su sudor masculino.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Su verga ya dura contra mi coño lampiño. La froté despacio, sintiendo cada vena pulsar. Neta, esta sensibilidad es de otro mundo. Él gruñó, manos en mis nalgas, apretando la carne suave.

¡Eres una diosa, Ana! ¡Qué chingonería!
Me incliné, lamiendo su pecho tatuado, sabor a sal y piel caliente. Bajé más, desabrochando su pantalón. Su pito saltó libre, grueso y venoso. Lo chupé lento, lengua rodeando la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él jadeaba, dedos enredados en mi pelo.

Pero quería más. Me levanté, jalándolo al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio rozando mi piel hipersensible. Nos tumbamos, cuerpos enredados. Javier exploraba cada centímetro con la lengua: muslos internos, ingles, hasta mi clítoris hinchado. El roce era fuego puro, gracias a la depiladora Tria. Gemí fuerte, caderas arqueándose. ¡No pares, cabrón! Su dedo entró, resbaloso, curvándose justo ahí. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteos suaves llenando el cuarto.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Yo lo volteé, cabalgándolo despacio al principio. Su verga me llenaba, estirándome delicioso. La fricción en mi piel desnuda era brutal, cada embestida mandando ondas de placer. Sudábamos, olores mezclados: sexo puro, mezcal en su aliento, mi perfume floral. Él me chupaba las tetas, mordisqueando pezones. Me voy a venir ya, pensé, pero apreté, queriendo alargar.

Nos cambiamos de posición, él atrás, doggy style. Sus manos en mis caderas, embistiendo fuerte. El slap de piel contra piel resonaba, mi clítoris rozando la sábana. Grité su nombre, ¡Javier, sí! Él aceleró, gruñendo como animal. Sentí el orgasmo subir, un tsunami. Explosé, coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, llenándome hasta rebosar.

Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos. Su mano acariciaba mi piel suave, aún sensible. La depiladora Tria fue la mejor compra, pensé, riendo bajito. Javier me besó la frente.

—¿Qué morra? Eres adictiva —dijo, voz ronca.

—Imagínate la próxima vez —le susurré, sabiendo que esto era solo el principio.

Nos quedamos así, envueltos en el afterglow, la ciudad zumbando afuera. Mi piel, ahora eternamente suave, prometía más noches de fuego. Neta, la depiladora Tria no solo quitó vello; despertó una puta fiera en mí.

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