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Tres Mas Placeres

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Tres Mas Placeres

El calor de la noche en Polanco te envuelve como una caricia pegajosa mientras caminas por las calles iluminadas de la colonia Roma. Las luces de neón parpadean en los antros y restaurantes elegantes, y el aroma a tacos al pastor mezclado con perfumes caros flota en el aire. Tú, con ese vestido negro ajustado que resalta tus curvas, sientes las miradas de los güeyes que pasan. Pero solo una te prende de verdad: la de él, el morro alto y atlético que te observa desde la barra del bar con ojos que prometen travesuras.

Se acerca con una cerveza en la mano, sonrisa pícara y un "Qué onda, preciosa, ¿vienes a conquistar o qué?". Su voz grave te eriza la piel, y respondes con un guiño, "A ver si tú puedes conmigo, carnal". Charlan de todo y nada: el pinche tráfico de la CDMX, las mejores chelas artesanales, cómo el calor te hace sudar en lugares inesperados. Sientes el roce accidental de su brazo contra el tuyo, y un cosquilleo sube por tu espina. Este pendejo me va a volver loca, piensas, mientras su mirada baja a tus labios.

Una hora después, ya están en su depa en la Condesa, un lugar chido con ventanales que dan a los árboles y una cama king size que parece gritar acción. La música de fondo es un reggaetón suave, Bad Bunny susurrando promesas calientes. Él te besa contra la pared, sus labios firmes y con sabor a tequila reposado. Sientes su lengua explorando la tuya, áspera y demandante, mientras sus manos grandes recorren tu espalda, bajando hasta apretar tus nalgas. Qué rico huele, a colonia cara y hombre sudado.

"¿Quieres que pare?", murmura contra tu cuello, su aliento caliente haciendo que se te erice el vello.

"Ni madres, sigue", respondes jadeando, y lo jalas hacia la cama. La tensión crece como una tormenta: cada prenda que cae es un trueno. Tu vestido se desliza al piso con un shhh suave, revelando tu lencería roja que lo hace gruñir. Él se quita la camisa, mostrando un torso marcado por gym, pectorales duros que anhelas morder.

En la cama, sus dedos trazan patrones en tu piel, desde los pezones endurecidos hasta el interior de tus muslos. Sientes el calor húmedo entre tus piernas, ese pulso insistente que te hace arquear la espalda. Él besa tu vientre, bajando lento, torturándote con la barba raspando tu piel sensible. No mames, este carnal sabe lo que hace. Su lengua llega a tu clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave al principio, luego con hambre. Gimes alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras tus manos se enredan en su pelo oscuro y revuelto.

El primer orgasmo te golpea como un rayo: olas de placer que te hacen temblar, el sabor salado de tu sudor en tus labios mordidos. Él sube, su verga dura presionando contra tu entrada, gruesa y palpitante. "Dime si quieres", susurra, ojos fijos en los tuyos, pidiendo permiso con esa mirada que te derrite.

"Sí, métemela ya, cabrón", exiges, y él obedece, empujando despacio. Sientes cada centímetro estirándote, llenándote, el roce perfecto contra tus paredes internas. Empieza un ritmo lento, profundo, sus caderas chocando contra las tuyas con un plaf plaf húmedo. El olor a sexo inunda la habitación: almizcle, sudor, tu excitación mezclada con la suya. Tus uñas marcan su espalda, y él acelera, gruñendo tu nombre como una oración sucia.

El clímax llega juntos: tú aprietas alrededor de él, ordeñándolo, mientras él se vacía dentro con un rugido gutural. Colapsan, jadeantes, pieles pegajosas unidas. Pero no es suficiente. Sientes ese vacío hambriento de nuevo, el deseo latiendo como un corazón salvaje.

Tres más, piensas, recordando esa fantasía que siempre te ronda. "Oye", le dices al oído, mordisqueando su lóbulo, "quiero tri mas, ¿le entras?". Él ríe, voz ronca: "¿Tres más? Eres una diosa insaciable, güey".

El segundo round empieza con él de rodillas, lamiéndote de nuevo mientras tú lo montas con la boca. Su verga sabe a ambos, salada y espesa en tu lengua. Lo chupas profundo, garganta relajada, oyendo sus gemidos ahogados: "¡Qué chingón, nena!". Tus jugos corren por sus muslos mientras él te devora, dedos adentro curvándose en ese punto que te hace ver estrellas. La tensión sube otra vez, más intensa, porque ahora conoces su cuerpo, sabes cómo doblarlo a tu voluntad.

Cambian posiciones: tú encima, cabalgándolo como una amazona. Sientes su grosor abriéndote, el roce en tu G-spot con cada rebote. Tus tetas saltan, pezones rozando su pecho, y él las atrapa con la boca, succionando fuerte. El sudor perla en su frente, gotea a tu piel, salado al lamerlo. Esto es puro fuego, no quiero que acabe. Aceleras, caderas girando, y explotas de nuevo, gritando obscenidades mexicanas: "¡Me vengo, pendejo, no pares!". Él te sigue, llenándote otra vez, pero aún hay más hambre.

Ahora el conflicto interno: ¿Y si es demasiado? ¿Y si no aguanta? Pero su mirada te dice que está igual de encendido. Se levantan, van al baño amplio con regadera de lluvia. El agua caliente cae como cascada, jabón espumoso deslizándose por cuerpos entrelazados. Lo empotras contra la pared de azulejos fríos, contrastando el calor de su piel. Tus manos en su culo firme, guiándolo dentro mientras el vapor llena el aire con olor a shampoo de coco y deseo crudo.

Esta vez es salvaje: embestidas rápidas, agua salpicando, sonidos de carne mojada amplificados. Sientes sus bolas golpeando tu clítoris, pulsos acelerados sincronizados.

"Dame tri mas, amor, hazme tuya otra vez", suplicas, voz quebrada por el placer.
Él responde con un beso feroce, dientes chocando, y te voltea, penetrándote por detrás. Sus manos en tus caderas, jalándote fuerte, mientras una palmada juguetona resuena: ¡zas!. El dolor placentero te empuja al borde.

El tercer orgasmo es el más potente: un tsunami que te deja sin aliento, piernas temblando, visión borrosa. Él se corre con un bramido, colapsando contigo bajo el chorro tibio. Se besan lento ahora, lenguas perezosas, cuerpos exhaustos pero satisfechos.

Salen envueltos en toallas suaves, vuelven a la cama. El afterglow es puro: pieles frescas, aromas calmados, el pulso volviendo a normal. Él te acurruca, dedo trazando círculos en tu espalda. Tres más, y valió cada segundo, reflexionas, sintiendo una conexión más allá del sexo. "Eres increíble", murmura, y tú sonríes, sabiendo que esta noche en la CDMX cambió algo en ti.

La luna filtra por las cortinas, y mientras duermes en sus brazos, sueñas con más noches así: intensas, reales, tuyas.

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