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Nunca Dejes de Intentarlo

7242 palabras

Nunca Dejes de Intentarlo

El sol del atardecer en la playa de Cancún teñía el cielo de naranjas y rosas, mientras Ana caminaba de la mano con Marco por la arena tibia. Habían llegado esa mañana desde la Ciudad de México, escapando del ajetreo citadino por un fin de semana de puro relax. Ana, con su piel morena brillando bajo el sudor ligero del día, llevaba un bikini rojo que acentuaba sus curvas generosas: tetas firmes que se mecían con cada paso, un culazo redondo que Marco no podía dejar de mirar. Él, alto y moreno, con ese tatuaje de águila en el pecho que tanto le gustaba a ella, la apretaba contra su cuerpo musculoso.

Órale, qué chido este viaje, pensó Ana, sintiendo el calor de su mano en la cintura. Pero en el fondo, una punzada de duda la carcomía. Llevaban seis meses juntos, y aunque Marco era un carnal atento y cariñoso, en la cama siempre pasaba lo mismo: ella se encendía como pólvora, pero el clímax se le escapaba, como arena entre los dedos. Nunca dejes de intentarlo, le había dicho él una vez, riendo juguetón después de una noche intensa. Esas palabras se le habían quedado grabadas, como un mantra sexy.

De vuelta en la cabaña frente al mar, el aire olía a sal y coco del protector solar. Marco encendió unas velas que perfumaban la habitación con jazmín, y puso música ranchera suave, de esa que te pone romántico el alma. Ana se recostó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Él se acercó despacio, besándola en el cuello, donde su pulso latía como tambor.

Mamacita, hoy te voy a hacer volar —murmuró Marco, su voz ronca rozándole la oreja, enviando escalofríos por su espina.

Ana rio bajito, un sonido gutural y juguetón.

No mames, wey, siempre dices lo mismo. Pero neta, échale ganas.

El beso empezó suave, labios carnosos encontrándose como olas en la playa. Marco la desató el bikini con dientes, dejando al aire sus tetas perfectas, pezones duros como piedras de mar. Los lamió despacio, chupando uno mientras masajeaba el otro con la mano callosa de tanto gym. Ana jadeó, el sonido de su saliva mezclándose con el rumor del mar afuera. Su piel olía a vainilla y sal, un afrodisíaco que lo volvía loco.

Las manos de él bajaron por su vientre plano, deteniéndose en las caderas anchas. Le quitó el bottom del bikini, exponiendo su panocha depilada, ya húmeda y brillante.

¿Por qué siempre me cuesta tanto soltarme?
se preguntó Ana en su mente, mientras él separaba sus muslos con ternura. Marco se arrodilló entre sus piernas, inhalando profundo su aroma almizclado, ese olor a mujer en celo que lo ponía duro como verga de toro.

Empezó lamiendo despacio los labios mayores, lengua plana y caliente trazando círculos. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el placer subiendo como marea. Pero el nudo en su vientre no cedía del todo. Él no se rindió; metió un dedo, luego dos, curvándolos hacia arriba en ese punto G que tanto le gustaba encontrar. Qué rico, cabrón, pensó ella, clavando uñas en sus hombros anchos.

Marco varió el ritmo: chupadas rápidas en el clítoris, luego lentas y profundas. Sudor perlando su frente, el sabor salado de ella en su boca lo excitaba más. Ana sentía el calor acumularse, pulsos en su centro latiendo fuerte, pero el orgasmo se asomaba y huía. Nunca dejes de intentarlo, recordó, y tomó su cabeza, guiándolo más adentro.

Más fuerte, amor, no pares —suplicó, voz entrecortada.

El aire de la cabaña se cargaba de gemidos y el chapoteo húmedo de su lengua. Marco se levantó un momento, quitándose el short. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza roja y goteante de precum. Ana la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciar, sintiendo el calor palpitante en su palma. La masturbó despacio, pulgar en la punta sensible, mientras él volvía a su clítoris con dedos expertos.

Ahora el conflicto interno de Ana escalaba: ¿Soy yo la que no se deja ir? ¿O es que no conectamos del todo? Pero Marco leía su cuerpo como libro abierto. La volteó boca abajo, besando su espalda desde las nalgas hasta las cervicales. Le separó las nalgas, lamiendo su ano con delicadeza, un toque prohibido que la hizo gritar de placer inesperado. ¡Puta madre, qué chingón!

La penetró con la lengua ahí, mientras dedos follaban su panocha empapada. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con el jazmín. Ana se retorcía, sábanas enredadas en puños, el sonido de su respiración agitada como olas rompiendo. Él la puso de rodillas, verga rozando su entrada, pero no entró aún. Jugaba, restregando la cabeza contra su clítoris hinchado, lubricándola más.

Dime qué quieres, ricura —gruñó él, voz grave.

Te quiero adentro, pendejo juguetón. Fóllame ya.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, el grosor llenándola, toques eléctricos en sus paredes internas. Empezó a bombear, lento al principio, caderas chocando con plaf suave. Ella empujaba hacia atrás, tetas balanceándose, sudor goteando entre sus pechos.

La intensidad subía: él aceleró, una mano en su clítoris frotando círculos, la otra pellizcando pezones. Ana gritaba ahora, ¡Sí, cabrón, así!, el placer acumulándose como tormenta. Pensaba en sus intentos pasados, en cómo él nunca paraba de intentar complacerla, probando posiciones, palabras sucias, juguetes incluso una vez. Esa perseverancia la empoderaba, la hacía sentir deseada de verdad.

Marco la volteó boca arriba, piernas sobre sus hombros, penetrándola profundo. Sus ojos se clavaron en los de ella, conexión eléctrica más allá de lo físico. Eres mía, y yo tuyo, transmitían. El ritmo era feroz ahora, cama crujiendo, pieles chocando con sonidos obscenos. Ana olía su propio arousal, sentía el semen filtrándose, el sabor de su boca cuando lo besó desesperada.

El clímax se acercaba, no como siempre fugaz, sino como avalancha.

¡No pares, nunca dejes de intentarlo!
gritó en su mente. Sus músculos se contrajeron, panocha apretando su verga como vicio. El orgasmo la golpeó en olas: primero un espasmo en el clítoris, luego explosión interna, jugos salpicando sus muslos. Gritó su nombre, cuerpo convulsionando, visión borrosa de placer puro.

Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente, pulsos interminables. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El mar susurraba afuera, testigo de su unión.

En el afterglow, Ana lo abrazó, cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante. Olía a hombre satisfecho, a sexo consumado.

Gracias por no rendirte nunca, amor —susurró ella, besando su tatuaje.

Nunca dejaré de intentarlo, mi reina. Tú vales cada esfuerzo.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches como esa. Ana se sentía completa, empoderada, sabiendo que el amor verdadero persevera, en la cama y en la vida.

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