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Tríos XX Inolvidables

6974 palabras

Tríos XX Inolvidables

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina mezclada con el humo dulce de las fogatas en la playa. Tú, con tu vestido ligero de algodón que se pegaba a tu piel por el calor húmedo, caminabas entre la gente riendo y bailando al ritmo de cumbia rebajada. Habías llegado sola, buscando esa chispa que te hacía sentir viva, neta, después de un año de rutina en la ciudad. El tequila en tu mano ardía en la garganta, calentándote las entrañas.

Ahí los viste: Ana y Luis, una pareja guapa, como sacados de un anuncio de turismo. Ella, morena con curvas que hipnotizaban, cabello negro suelto hasta la cintura; él, alto, con músculos marcados bajo la camisa abierta, sonrisa pícara. Estaban bailando pegaditos, sus cuerpos moviéndose en sincronía perfecta. Te miraron, y Ana te guiñó un ojo. Órale, pensaste, esto se pone interesante.

¿Y si me acerco? Neta, ¿por qué no? Hace tiempo que no me dejo llevar así, sin pensarlo dos veces.

Te aproximaste con una sonrisa coqueta. "¡Qué chido bailan, wey! ¿Me enseñan?", dijiste, y Luis soltó una carcajada ronca. "¡Simón, mami! Ven, únete al ritmo". Ana te tomó de la mano, su piel suave y cálida contra la tuya, y en segundos estabas entre ellos. Sus cuerpos rozándote: el pecho firme de él contra tu espalda, las caderas suaves de ella frente a ti. El sudor les brillaba en la piel bajo las luces de neón, y el olor de su loción mezclada con feromonas te mareaba. Bailaron así un rato, risas, roces casuales que no lo eran tanto. "Somos fans de los tríos XX", murmuró Ana al oído, su aliento caliente oliendo a margarita. "Y tú pareces perfecta para una noche así". Tu pulso se aceleró, un cosquilleo entre las piernas te traicionó.

La fiesta seguía, pero ellos te invitaron a su suite en el resort, con vista al mar Caribe. "Nada de compromisos, puro placer", dijo Luis, y tú asentiste, el deseo ya latiendo fuerte en tu vientre. Caminaron por la arena tibia, el sonido de las olas rompiendo como un tambor lejano. En el elevador, Ana te besó primero: labios carnosos, lengua juguetona explorando tu boca con sabor a sal y tequila. Luis observaba, su mano en tu nalga apretando suave. Puta madre, pensaste, esto va en serio.

En la suite, luces tenues, cama king size con sábanas blancas crujientes. Se quitaron la ropa despacio, como en una danza ritual. Ana tenía pechos redondos, pezones oscuros endurecidos; Luis, una verga gruesa ya semierecta, venas marcadas palpitando. Tú te desvestiste, sintiendo el aire fresco en tu piel desnuda, tus pezones erguidos por la anticipación. "Eres preciosa, mamacita", ronroneó él, y te tumbaron en la cama.

Mi corazón late como tamborazo, siento el calor subiendo desde mi cuca, húmeda ya, lista para ellos.

Ana empezó besándote el cuello, lengua trazando caminos húmedos que erizaban tu piel. Sus manos expertas masajeaban tus senos, pellizcando suave los pezones hasta sacarte gemidos ahogados. Luis se unió, lamiendo tu ombligo, bajando lento por tu vientre plano. Olías su aroma masculino, a sudor limpio y colonia cara. Tus piernas se abrieron solas, invitándolos. "Qué rica estás", gruñó él, y hundió la cara entre tus muslos. Su lengua en tu clítoris fue un rayo: chupaba, lamía círculos, metía la lengua adentro saboreando tu jugo dulce y salado. Ana te besaba meanwhile, sus dedos jugando con tus pezones, luego bajando a unirse a Luis. Dos lenguas en tu panocha: una áspera y fuerte, la otra suave y juguetona. Gemías alto, arqueando la espalda, el sonido de sus succiones húmedas llenando la habitación junto al zumbido del aire acondicionado.

Querías darles placer también. Tomaste la verga de Luis en tu mano, piel aterciopelada caliente, palpitando. La masturbaste despacio, sintiendo cómo crecía, dura como acero. Ana la lamió contigo, lenguas encontrándose en la punta, saboreando el precum salado. "¡Qué chingón!", jadeó él, manos en vuestras cabezas. Te turnaste chupándola: tú profunda hasta la garganta, ella lamiendo los huevos. El olor almizclado de su excitación te volvía loca.

La tensión crecía, como ola a punto de romper. Ana se montó en tu cara, su panocha depilada rozando tus labios. La lamiste ansiosa: sabor a miel caliente, clítoris hinchado bajo tu lengua. Ella gemía ronca, "¡Sí, así, pendeja rica!", moliéndose contra ti mientras Luis te penetraba. Su verga entró de un empujón suave, llenándote hasta el fondo. Sentiste cada centímetro estirándote, rozando tu punto G. Empujaba rítmico, piel contra piel chapoteando, bolas golpeando tu culo. Ana se corrió primero: jugos inundándote la boca, cuerpo temblando, gritos en español mexicano puro: "¡Me vengo, carajo!".

Esto es puro fuego, mi cuerpo arde, cada embestida me acerca al borde. Neta, los tríos XX son otro nivel.

Cambiaron posiciones. Tú encima de Luis, cabalgándolo como amazona. Su verga profunda, tus nalgas rebotando contra sus muslos fuertes. El sudor nos unía, resbaloso, olor a sexo denso en el aire. Ana detrás, lamiendo donde nos uníamos, dedo en tu ano jugando suave, luego dos, abriéndote. Gemías sin control, pechos saltando. Luis te chupaba los pezones, mordisqueando. "¡Cógeme más duro!", suplicaste, y él obedeció, caderas subiendo brutal pero placentero. Ana metió un dedo en tu culo mientras te follaba con un vibrador que sacó del cajón: doble penetración que te hizo ver estrellas. El zumbido del juguete vibraba en todo tu ser, clítoris frotándose contra el pubis de Luis.

El clímax se acercaba inexorable. Tus paredes contraídas ordeñaban su verga, jugos chorreando por sus bolas. "¡Me vengo!", gritaste, olas de placer rompiendo desde tu centro, piernas temblando, visión borrosa. Luis rugió, corriéndose dentro, semen caliente llenándote, desbordando. Ana se masturbaba viéndonos, corriéndose de nuevo con dedos rápidos en su cuca.

Colapsaron los tres, enredados en sábanas húmedas. El mar susurraba afuera, brisa fresca secando el sudor de vuestras pieles. Besos suaves post-orgasmo, caricias perezosas. "Eso fue de a madre", murmuró Luis, riendo bajito. Ana te abrazó, "Gracias por unirte a nuestro trío XX, preciosa". Tú sonreíste, cuerpo laxo, satisfecho.

Quién iba a decir que una noche cualquiera terminaría así. Me siento empoderada, viva, lista para más aventuras. Los tríos XX no son para todos, pero para mí, fueron inolvidables.

Se quedaron charlando hasta el amanecer, tequila suave, risas compartiendo anécdotas. No hubo promesas, solo el recuerdo grabado en la piel: marcas leves de dientes, olor persistente a sexo. Te fuiste con el sol saliendo, arena en los pies, corazón ligero. Playa del Carmen te había dado más que vacaciones; te había regalado una noche de puro éxtasis consensual, de cuerpos entrelazados en placer mutuo.

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