Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Trio de Colegialas Calientes El Trio de Colegialas Calientes

El Trio de Colegialas Calientes

6626 palabras

El Trio de Colegialas Calientes

La fiesta en la casa de playa de mis carnales estaba en su mero mole. El sol ya se había escondido, pero el calor de la noche veraniega pegaba como chicharrón en la piel. Yo, Alex, de veinticinco pirulos, había llegado con mis compas de la uni, pero mis ojos no se despegaban de ellas: Ana, Bea y Carla, un trio de colegialas que cursaban el último semestre en la universidad privada del centro. Todas de veintidós años, con esas falditas plisadas cortas que usaban para las prácticas, blusas blancas semi transparentes que marcaban sus curvas perfectas y moños desordenados que les daban un aire juguetón, inocente pero pendejamente provocador. Neta, eran adultas consentidoras, independientes, con ganas de comerse el mundo... y a mí.

Ana, la morena de ojos verdes y labios carnosos, se acercó primero con una chela en la mano. Órale, wey, ¿por qué tan solitos? me dijo, rozando mi brazo con sus tetas firmes. Su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales. Bea, la güerita tetona con pecas en el escote, soltó una risa coqueta y se pegó por el otro lado, su mano tibia deslizándose por mi muslo. Ven, Alex, jugamos algo en la piscina, susurró, su aliento cálido oliendo a tequila y menta. Carla, la más delgadita pero con un culo de infarto, completaba el trío; se mordía el labio mientras nos veía, sus uñas pintadas de rojo arañando el borde de su vaso.

El corazón me latía a mil, como tamborazo en una quinceañera.

¿Qué chingados pasa aquí? Tres chavas así de ricas, pegadas a mí como chicles. No mames, esto es un sueño húmedo hecho realidad.
Las llevé a la piscina iluminada por luces neón, el agua chapoteando suave contra los bordes. La música ranchera moderna retumbaba bajito, vibrando en el pecho. Se quitaron los zapatos, metieron los pies al agua y me jalaron con ellas. Sus pieles bronceadas brillaban bajo la luna, gotitas de sudor perlando sus cuellos.

La tensión crecía como olla exprés. Ana me besó primero, sus labios suaves y jugosos saboreando a sal y deseo. Mmm, qué rico sabes, carnal, murmuró, su lengua danzando con la mía. Bea no se quedó atrás; sus manos expertas desabotonaron mi camisa, sus uñas rozando mis pezones endurecidos, enviando chispas por mi espina. Tocarla era como seda caliente, su piel oliendo a coco y excitación. Carla observaba, masturbándose disimuladamente por encima de la falda, sus gemidos suaves como olas rompiendo.

¿Quieres nuestro trio de colegialas, Alex? preguntó Bea con voz ronca, mientras Ana bajaba la cremallera de mis jeans. Sentí mi verga palpitar, dura como fierro, liberándose al aire nocturno fresco.

Joder, sí. Esto es lo que necesitaba después de tanto estrés en el jale.
Nos metimos al agua, salpicando risas y besos. El cloro mezclaba con sus aromas corporales, un cóctel embriagador. Sus cuerpos se frotaban contra el mío: tetas aplastadas en mi pecho, culos presionando mi entrepierna, manos explorando sin pudor.

En el jacuzzi contiguo, el agua burbujeaba caliente, masajeando nuestras carnes. Ana se sentó en mi regazo, su concha húmeda rozando mi verga a través de la tela empapada de su tanga. Siente lo mojada que estoy por ti, pendejo, jadeó, moviéndose lento, torturándome con fricción deliciosa. El vapor subía, empañando el aire, y sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada. Bea y Carla se besaban entre ellas, lenguas enredadas, manos amasando tetas y culos. Verlas era un festín visual: pezones rosados erectos, pieles relucientes, labios hinchados de deseo.

La intensidad subía. Las ayudé a quitarse las blusas, revelando sostenes de encaje que apenas contenían sus curvas. Chúpame, Alex, ordenó Carla, empujando su teta a mi boca. Chupé con hambre, saboreando el salado de su piel, el dulce de su areola. Ella gimió fuerte, ¡Ay, cabrón, qué chido!, sus caderas ondulando. Bea se arrodilló en el agua, su boca envolviendo mi verga en un calor húmedo y succionante. Su lengua giraba experta, tragando hasta la garganta, el sonido de succión mezclado con el jacuzzi. Ana besaba mi cuello, mordisqueando, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes de placer.

No aguanto más. Estas morras me van a volver loco. Su trio es perfecto, sincronizadas como bailarinas de cumbia.
Cambiamos posiciones. Saqué a Bea del agua, la puse en el borde, abrí sus piernas y lamí su concha rasurada, hinchada y chorreante. Sabía a miel salada, su clítoris pulsando bajo mi lengua. ¡Sí, wey, come mi panocha! gritó, tirando de mi pelo. Ana y Carla se frotaban mutuamente, dedos hundiéndose en coños empapados, gemidos armónicos como un coro erótico. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y adictivo, con toques de sudor y piscina.

El clímax se acercaba como tormenta. Puse a Ana a cuatro patas en una tumbona, su culo empinado invitándome. Empujé mi verga dentro de ella, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretadas ordeñándome. ¡Chíngame duro, amor! suplicó, y obedecí, embistiéndola con ritmo salvaje, piel chocando contra piel en palmadas húmedas. Bea se acostó debajo, lamiendo mis huevos y el clítoris de Ana, mientras Carla montaba mi cara, su concha frotándose en mi boca. Gemidos everywhere: ¡Qué rico! ¡No pares! ¡Me vengo!

Sus cuerpos temblaban, pulsos acelerados latiendo contra mí. Ana se corrió primero, su coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes empapándome. ¡Ay, Diosito! gritó, voz quebrada. Bea siguió, su boca succionando más fuerte hasta que exploté en su garganta, semen espeso y caliente que tragó con deleite, gotas escapando por su barbilla. Carla se vino en mi lengua, jugos dulces inundándome, sus muslos apretando mi cabeza.

Colapsamos en la tumbona, cuerpos enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El agua del jacuzzi aún burbujeaba, la noche fresca calmando el fuego. Ana acariciaba mi pecho, Eres el mejor, carnal. Nuestro trio de colegialas te adoptó. Bea besó mi hombro, Vuelve cuando quieras, wey. Carla sonrió pícara, Esto apenas empieza.

Neta, qué noche. Me siento rey del mundo, con estas diosas a mi lado. El deseo satisfecho, pero ya anhelo más.
Nos quedamos ahí, charlando bajito, risas suaves, cuerpos relajados. El mar rugía lejano, testigo de nuestro paraíso consensual. Mañana sería otro día, pero esta memoria grabada en la piel perduraría.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.