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Canciones Romanticas del Tri en Nuestra Piel

7340 palabras

Canciones Romanticas del Tri en Nuestra Piel

La lluvia caía a cántaros sobre el DF, ese golpeteo constante en el tejado del depa en la Roma que me hacía sentir viva, como si el cielo estuviera tocando su propia rockola cósmica. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, acababa de llegar de un día de mierda en la oficina, con el pinche tráfico que me tenía hasta la madre. Pero ahí estaba él, Luis, mi carnal reciente, el wey que me había conquistado con su sonrisa pícara y esas manos callosas de mecánico que prometían milagros.

Entré empapada, tirando la chamarra al suelo con un plaf. ¡Órale, nena, pareces diosa azteca salida del lago! me dijo riendo, mientras me acercaba una chela fría de la refri. Su olor a jabón fresco y aceite de motor me invadió, ese aroma macho que me erizaba la piel. Nos sentamos en el sillón viejo, con la tele apagada y el estéreo encendido bajito. ¿Qué onda con música?, pregunté, recargándome en su hombro. Él sonrió, ese gesto que me hacía mojarme sin remedio. Te voy a poner unas canciones romanticas del Tri, esas que te gustan, pa' que nos pongamos románticos.

La primera que sonó fue Triste Canción de Amor, con esa guitarra rasposa de Alex Lora que te cala hasta los huesos. El ritmo lento, melancólico, pero con ese fuego rockero que nos hacía movernos al unísono. Luis me jaló de la mano, Ven, baila conmigo, mami. Sus brazos me rodearon la cintura, fuerte pero tierno, y yo me pegué a su pecho, sintiendo el latido de su corazón como tambores de guerra. La tela de su playera se humedecía con mi pelo mojado, y su aliento cálido en mi cuello olía a menta y cerveza. Qué chido se siente esto, pensé, mientras mis caderas se mecían contra las suyas, rozando esa dureza que ya se notaba en sus jeans.

El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, subiendo lento por mi espinazo. Sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con esa posesión juguetona. Eres una tentación, Ana, neta que me vuelves loco, murmuró al oído, su voz ronca compitiendo con la letra de la canción. Yo giré la cara, nuestros labios se rozaron apenas, un preview que me dejó con la boca seca y el clítoris palpitando. La lluvia afuera arreciaba, un fondo perfecto para nuestra tormenta interna. Bailamos así un rato, cuerpos pegados, sudando ya un poquito, el olor a nuestra piel mezclándose con el de la tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta.

¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? Esas canciones romanticas del Tri nos están prendiendo como mecha de dinamita. Quiero que me coma entera, ya.

La segunda rola, Abuso de Autoridad no, espera, él cambió a una más suave, Niña de la Escuela en versión romántica que había bootlegueado. Nos reímos de la letra pendeja, pero el ambiente ya estaba cargado. Me quitó la blusa con un movimiento fluido, sus dedos ásperos rozando mis pezones que se pararon como soldados en atención. ¡Mira nomás qué chichis tan ricos! exclamó, admirándolos con ojos hambrientos. Yo me quité el brasier yo misma, empoderada, sintiéndome reina. Lo empujé al sillón y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que pedía guerra a través de la tela.

Acto dos, la cosa se ponía intensa. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que ardían al enfriarse. Lamí su oreja, saboreando el salado de su sudor, mientras mis uñas arañaban su espalda. Te quiero dentro, cabrón, pero despacito, le susurré, guiando su mano a mi entrepierna. Estaba empapada, mis jugos mojando mis calzones de encaje. Él metió los dedos, explorando con maestría, frotando mi clítoris en círculos que me hacían arquear la espalda. ¡Ay, wey, eso es!, gemí, el sonido ahogado por la guitarra eléctrica que ahora rugía en Las Piedras Rodantes, otra de esas romanticas del Tri que nos tenía en trance.

Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel por fin. Su cuerpo era puro músculo trabajado, con tatuajes de águilas y calaveras que me volvían loca. El mío, curvas mexicanas, tetas firmes y culo redondo que él amasaba como panadero experto. Caímos al piso, alfombra áspera contra mi espalda, pero qué importaba. Él besó mi ombligo, bajando lento, torturándome con su lengua juguetona. Cuando llegó a mi concha, inhaló profundo. Olerte es como droga, nena, dulce y salado. Su lengua entró en acción, lamiendo pliegues, chupando mi botón con succión perfecta. Yo me retorcía, piernas temblando, el placer subiendo como ola en Acapulco. No pares, pendejo, me voy a venir, pensé, agarrando su pelo revuelto.

Pero no lo dejé acabar ahí. Lo volteé, poniéndome encima en 69, mi boca envolviendo su pito grueso, venoso, que sabía a hombre puro. Lo chupé profundo, garganta relajada, mientras él devoraba mi panocha. Nuestros gemidos se mezclaban con la música, el bajo retumbando en nuestros pechos. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle adictivo, sudor perlando nuestras pieles. Tensiones internas: ¿Y si no es el wey de mi vida? Nah, ahorita solo quiero gozar. Pequeñas resoluciones, como cuando él me miró a los ojos y dijo Te quiero hacer mía, ¿sí? y yo asentí, empoderada en mi deseo.

La intensidad crecía. Cambiamos posiciones, él de rodillas, yo abierta como flor de noche. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué rica estás, tan apretadita! gruñó, mientras yo sentía cada vena pulsando dentro. Empezamos a movernos, ritmo de rock, lento al principio, luego fiero. Sus embestidas profundas tocaban mi punto G, chispas de placer explotando. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, yo lo lamía, salado y caliente. Sonidos: carne contra carne, plaf plaf, mis alaridos ¡Más duro, Luis, rómpeme!, su respiración jadeante. Olores: sexo crudo, lluvia, cerveza derramada. Tacto: su vello púbico rozando mi clítoris, manos entrelazadas, uñas clavadas.

Estas canciones romanticas del Tri son nuestro himno, nos unen en este éxtasis. Neta, nunca había sentido tanto fuego.

El clímax se acercaba como tormenta. Cambiamos a misionero, él encima, mis piernas en su cintura. Besos salvajes, lenguas batallando. Vente conmigo, amor, me ordenó suave, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos brotando. Él se vino segundos después, gruñendo como bestia, llenándome de leche caliente que sentía correr dentro. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, música fading out a otra rola suave del Tri.

Afterglow puro. Nos recargamos en el piso, cuerpos entrelazados, lluvia amainando afuera. Él me acariciaba el pelo, Eres lo máximo, Ana. Estas noches con canciones romanticas del Tri son inolvidables. Yo sonreí, saboreando el beso post-sexo, tierno y satisfecho. Qué chido es esto, conexión real, no solo cogida. Quizás sea el principio de algo grande. Nos levantamos lento, ducha juntos, jabón resbalando por curvas y músculos, risas compartidas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, la ciudad dormía, pero nosotros, con el eco de esas canciones en la piel, sabíamos que el fuego apenas empezaba.

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