Bedoyecta Tri Inyectable La Dosis Recomendada Que Despierta el Fuego
Yo era Ana, una morra de veintiocho años que andaba bien cañona de cansancio. Trabajaba en una oficina en el centro de la CDMX, de esas que te chupan la vida con reportes y juntas eternas. Mi carnal, Javier, mi novio desde la uni, siempre andaba con sus suplementos y vitaminas para mantenerse al tiro. Ese día llegué al depa en Polanco hecha un trapo, con los ojos como mapaches y el cuerpo pesadito.
—Nena, te ves hecha mierda —me dijo Javier mientras me quitaba los zapatos en la puerta—. ¿Por qué no pruebas la Bedoyecta Tri inyectable? La dosis recomendada te va a poner como nueva, carnal.
Lo miré con cara de qué pedo. Él sacó una caja del refri, toda profesional con su jeringa lista. Era su vicio de gym, decía que le daba un subidón de energía brutal sin cafecito. Yo nunca me había inyectado nada, pero confiaba en él al mil. Era un pendejo tierno, de esos que te masajean los pies después de un día de mierda.
Nos sentamos en el sillón de cuero negro que crujía bajito con nuestro peso. El aire del depa olía a su colonia fresca mezclada con el aroma de las enchiladas que había calentado. Javier limpió mi nalga con alcohol, el frío del algodón me erizó la piel. Mi corazón latía fuerte, no de miedo, sino de esa anticipación chueca que no entendía.
¿Y si duele? ¿Y si me pongo peor? Pero sus manos firmes en mi cadera me decían que todo estaría chido.
La aguja entró suave, un piquetecito ardiente que se disipó rápido. Sentí el líquido fresco colándose en mi músculo, Bedoyecta Tri inyectable en su dosis recomendada, como él juraba. Javier sacó la jeringa con cuidado y besó el punto, su aliento cálido contra mi piel.
Al principio nada, solo un calorcito que subía lento por mi pierna. Pero de repente, pum, como si me hubieran enchufado a la luz. Mis venas zumbaban, el mundo se veía más vivo, los colores del atardecer por la ventana más intensos. Mi piel hormigueaba, sensible como nunca.
Acto uno chido, pensé, pero el verdadero desmadre apenas empezaba.
Minutos después, Javier me abrazó por atrás en la cocina mientras yo bebía agua. Su pecho duro contra mi espalda, el roce de su playera áspera en mi blusa. Olía a sudor limpio del gym matutino, mezclado con ese jabón de sándalo que usaba. Mi cuerpo respondió solo, un cosquilleo bajito en el estómago que se extendía como fuego lento.
—¿Ves? Te dije que la Bedoyecta Tri inyectable era la buena onda —susurró en mi oreja, su voz ronca rozándome el lóbulo.
Me giré y lo besé, no suave como siempre, sino con hambre. Nuestras lenguas se enredaron, saboreando el dulzor de mi agua y su aliento mentolado. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando la carne que aún ardía un poquito de la inyección. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra el bra de encaje.
Nos movimos al cuarto sin soltar-nos, tropezando con la alfombra persa que mi jefa me había regalado. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, oliendo a lavanda del detergente. Javier me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que brotaba de mí.
Yo lo empujé al colchón, montándome encima. Mis dedos temblaban desabrochando su jeans, sintiendo la dureza de su verga presionando contra la tela. Chingao, qué ganas de él, pensé mientras la liberaba. Gruesa, venosa, con ese olor almizclado que me volvía loca. La lamí de abajo arriba, saboreando la sal de su piel, su gemido ronco vibrando en mi garganta.
Él no se quedó atrás. Sus manos grandes me quitaron el calzón, rozando mi panocha ya empapada. El roce de sus callos me hizo arquear la espalda, un jadeo escapando de mis labios. La energía de la inyección hacía todo más intenso: cada toque como electricidad, cada beso como lava.
Esto no es normal, Ana. Pero qué chido se siente. No pares.
Me volteó bocabajo, su cuerpo cubriéndome como una manta pesada y caliente. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El slap de piel contra piel empezó suave, pero subió el ritmo con mis uñas clavándose en las sábanas. Sudor perlando nuestras frentes, el olor a sexo llenando el cuarto, mezclado con el perfume de mi crema corporal de coco.
El clímax se armó gradual, como tormenta en el Popo. Javier me volteó de nuevo, mis piernas alrededor de su cintura, mirándonos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mi respiración entrecortada. Cada embestida profunda tocaba ese punto que me hacía ver estrellas, mis paredes apretándolo fuerte.
—Más, cabrón, dame más —le rogué, mi voz ronca de puro desmadre.
Él aceleró, sus bolas golpeando mi culo, el colchón crujiendo al unísono con nuestros gemidos. Sentí la ola subir desde el vientre, un nudo apretándose. Grité su nombre cuando exploté, mi cuerpo convulsionando, jugos chorreando entre nosotros. Él se vino segundos después, gruñendo bajito, llenándome con chorros calientes que se sentían eternos.
Nos quedamos pegados, jadeando, el sudor enfriándose en la piel. Su peso sobre mí era perfecto, protector. Besos suaves en el cuello, risas ahogadas entre suspiros.
La Bedoyecta Tri inyectable había sido la chispa, pero el fuego éramos nosotros.
Después, en la regadera, el agua caliente lavando los restos. Jaboné su pecho velludo, sintiendo los músculos relajados. Hablamos de tonterías, de pedir unas chelas y ver Netflix. Pero en el fondo, sabía que esto cambiaba algo. Mi cuerpo vibraba aún con esa energía extra, lista para más rondas si él quería.
En la cama de nuevo, envueltos en las sábanas revueltas, Javier me acunó. —Ves, nena, la dosis recomendada es mágica. Sonreí en la oscuridad, el skyline de Reforma titilando por la ventana. Mañana probaría otra, solo para sentir este fuego de nuevo. Pero con él, siempre.
El sueño llegó dulce, con su mano en mi cadera y el eco de placer en cada célula. Chingón fin de semana.