Chinguen A Su Madre El Tri Mientas Me Coges
El bar en la Condesa estaba a reventar esa noche de qualifiers mundialistas. Tú y yo nos apretujamos entre la multitud sudada, el aire cargado de humo de cigarros electrónicos y el olor a chelas derramadas. La pantalla gigante mostraba a El Tri patinando contra un rival que no merecía ni el pase. Gritos everywhere: "¡No mames, wey! ¡Defiendan, cabrones!" Yo, con mi chamarra de América bien puesta para joder, te miro de reojo mientras tú, fanático del tricolor hasta la médula, aprietas el puño contra la barra.
Tu mano roza mi cintura, un toque casual que enciende chispas. Siento el calor de tu palma a través de la tela fina de mi blusa, y mi piel se eriza. Pinche Marco, pienso, siempre tan intenso con el fut. El estadio en la tele ruge, pero aquí el rugido es nuestro. El Tri falla un penal, y la bronca estalla: "¡Chinguen a su madre El Tri!", grita un cuate al fondo. Yo suelto una carcajada, y tú me jalas más cerca, tu aliento con sabor a tequila rozando mi oreja.
"Cállate, Ana, o te callo yo", murmuras, y tu voz grave me recorre la espina. El deseo ya late entre nosotros, como el pulso del tamborazo que suena de fondo. Tus dedos se clavan un poquito en mi cadera, posesivos, y yo me muevo contra ti, sintiendo lo que ya se despierta en tus jeans. El juego sigue, pero nosotros ya jugamos otro. Salimos del bar con la adrenalina a tope, el viento fresco de la noche DF besando nuestras caras enrojecidas. En el Uber, tu mano sube por mi muslo, y yo jadeo bajito, el chofer ajeno a todo.
¿Por qué carajos me prende tanto verte enojado por el fut? Es como si esa furia se convirtiera en fuego para mí.
Llegamos a tu depa en Polanco, el elevador nos deja solos y ya nos estamos comiendo la boca. Tus labios saben a sal y cerveza, ásperos contra los míos suaves. Te empujo contra la pared, mis uñas arañando tu pecho bajo la playera. "Chinguen a su madre El Tri", te digo entre besos, burlona, recordando el grito del bar. Tú ríes, pero tus ojos arden. "Vas a ver, pendeja", respondes, y me levantas en brazos como si no pesara nada.
Acto primero del verdadero partido: caemos en la cama king size, las sábanas frescas oliendo a suavizante de lavanda. El televisor sigue encendido en la sala, el sonido lejano del narrador gritando goles que no llegan. Te quito la playera, mis manos exploran tu torso duro, marcado por horas en el gym. Sudor fresco, sabor salado cuando lamo tu pezón. Gimes, y ese sonido ronco me moja entera. Tus manos desabrochan mi bra, liberando mis chichis, y chupas uno con hambre, la lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para que duela rico.
Me pones de rodillas, pero no, yo mando ahora. Te bajo los jeans, tu verga salta libre, gruesa y venosa, apuntándome como trofeo. La huelo primero, ese aroma macho que me marea, y la meto a la boca despacio. Sabor a piel caliente, tu pre-semen salado en mi lengua. Chupas aire, tus manos enredadas en mi pelo. "Qué chido, Ana, no pares". Yo acelero, mamándola profunda, sintiendo cómo palpita contra mi garganta. Pero esto es solo el medio tiempo.
La tensión sube como el marcador que El Tri no puede remontar. Te echo de espaldas, me subo encima, mi panocha chorreando sobre tu verga. Rozamos, lubricándonos, el calor húmedo mezclándose. Tus manos aprietan mi culo, amasándolo, dedos hundiéndose en la carne suave. "Métemela ya, wey", te ruego, voz ronca. Despacio, te hundes en mí, centímetro a centímetro. Siento cada vena, el estirón delicioso, mi pared interna abrazándote. Grito bajito, el placer punzando como un foul.
Pinche verga, me llena perfecta. Olvida el fut, esto es lo que duele rico.
Empiezo a cabalgar, lento al principio, mis caderas girando, sintiendo cómo me roza el clítoris con cada bajada. Tus ojos clavados en mis chichis rebotando, el slap slap de piel contra piel llenando la habitación. Sudor perla tu frente, gotea a tu pecho, y yo lo lamo, salado y caliente. Aceleramos, el colchón cruje, mis gemidos se mezclan con los tuyos. "¡Más duro, cabrón!", exijo, y tú obedeces, embistiéndome desde abajo, tus caderas chocando con fuerza.
El juego en la tele llega al minuto 80, oímos el narrador: "¡El Tri contra las cuerdas!". Yo río entre jadeos, y suelto: "¡Chinguen a su madre El Tri!". Tú te ríes, pero lo tomas como reto. Me volteas bocabajo, me pones a cuatro patas, mi culo en pompa para ti. El espejo del clóset nos refleja: yo con el pelo revuelto, mejillas sonrojadas, tetas colgando; tú detrás, verga brillante de mis jugos, listo para rematar.
Me penetras de un golpe, profundo, tocando ese punto que me hace ver estrellas. "¡Sí, así!", grito, empujando contra ti. Tus manos en mis caderas, jalándome, el ritmo brutal pero consensuado, puro fuego. Siento tus bolas golpeando mi clítoris, el olor a sexo invadiendo todo, almizcle y sudor. Tus dedos bajan, frotan mi botón hinchado, y el orgasmo se arma como tormenta. "Me vengo, Marco, ¡no pares!". Tu aliento en mi nuca, mordisqueas mi hombro, gruñendo.
La intensidad sube, mis paredes se aprietan alrededor de tu verga, ordeñándola. Tú aceleras, embestidas salvajes, la cama temblando. "Chinguen a su madre El Tri, ¡cógeme más!", balbuceo en éxtasis, la frase saliendo como mantra de placer defiant. Tu cuerpo se tensa, sientes el clímax venir. "Ana, te voy a llenar", avisás, y explotas dentro, chorros calientes bañando mis entrañas. Yo exploto contigo, olas de placer rompiéndome, piernas temblando, grito ahogado en la almohada.
Caemos exhaustos, tu peso sobre mí un cobija perfecta. Sudor pegándonos, respiraciones jadeantes sincronizadas. El tele apaga solo, el silbato final del partido suena lejano. Te deslizas a mi lado, me besas la frente, suave ahora. "Pinche loca, qué rico fue eso". Yo sonrío, mi mano trazando círculos en tu pecho húmedo. Sabor a ti aún en mis labios, el olor a nosotros impregnado en las sábanas.
El fut puede irse a la verga. Esto, nosotros, es el verdadero triunfo.
Nos acurrucamos, el afterglow nos envuelve como niebla tibia. Hablas de remontadas imposibles, yo bromeo con mi grito estrella. Reímos bajito, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo calmado. Mañana será otro día, otro juego quizás, pero esta noche chinguen a su madre todo: solo quedamos tú, yo y este placer que no acaba.