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El Seco Trío

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El Seco Trío

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a jazmines silvestres que trepaban por las paredes de la villa. El aire cálido, casi pegajoso, se colaba por las ventanas abiertas, trayendo el rumor lejano de las olas rompiendo en la playa privada. Yo, Ana, estaba recargada en la barra de la cocina, con un vestido ligero de algodón que se adhería a mi piel por el bochorno. Frente a mí, Carlos, mi esposo, preparaba unos tequilas con limón, su camisa desabotonada dejando ver el brillo de sudor en su pecho moreno. A su lado, Javier, su carnal de toda la vida, reía con esa carcajada ronca que siempre me ponía la piel chinita.

¿Por qué carajos me siento así esta noche? pensé, mientras mis ojos se desviaban a las manos fuertes de Javier sirviendo el hielo. Habíamos llegado esa tarde para un fin de semana de relax, solo nosotros tres, como en los viejos tiempos de la uni. Pero algo en el ambiente había cambiado. Las miradas se prolongaban más, los roces accidentales duraban un segundo extra. Carlos me guiñó un ojo al pasarme el vaso.

—Órale, nena, bríndalo con nosotros —dijo, su voz grave como el trueno lejano—. Por las noches calientes como esta.

El tequila bajó ardiente por mi garganta, despertando un cosquilleo que se extendió hasta mi vientre. Javier se acercó, su colonia mezclada con el olor masculino de su piel me envolvió. Chingado, qué rico huele, me dije, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la tela fina.

—Por el seco trío que se arma esta noche —bromeó Javier, chocando su vaso contra el mío. Sus ojos cafés brillaban con picardía, y Carlos soltó una risotada, pero noté el leve endurecimiento en su mandíbula. ¿Era en serio? El corazón me latió más fuerte, un pulso traicionero entre mis piernas.

Nos movimos a la terraza, iluminada solo por las luces tenues y la luna llena que plateaba el mar. La música de un mariachi suave sonaba de fondo, pero pronto se perdió en nuestras pláticas. Hablamos de todo y nada: los chismes de la chamba, las morras de la playa, hasta que Carlos, con esa confianza suya que me volvía loca, puso su mano en mi muslo desnudo.

—Ana, siempre has sido la más guapa del trío —murmuró, sus dedos trazando círculos lentos, subiendo apenas un centímetro.

Javier no se quedó atrás. Se sentó al otro lado, su rodilla rozando la mía.

¿Qué pedo? Esto no es broma, ¿verdad? Mi cuerpo ya responde solo, la humedad crece ahí abajo, traicionándome.
El calor no era solo del trópico; era el fuego que empezaba a arder en nosotro.

La tensión creció como la marea. Un roce aquí, una mirada allá. Carlos me besó primero, lento, su lengua saboreando el tequila en mi boca, mientras Javier observaba, su respiración pesada. Luego, sin palabras, Javier se inclinó y capturó mis labios. Su boca es más exigente, más salvaje, pensé, gimiendo bajito cuando su mano subió por mi espalda, desatando el vestido.

Caímos en los cojines de la terraza, el aire nocturno fresco contra mi piel expuesta. Carlos lamía mi cuello, mordisqueando suave, mientras Javier bajaba el vestido por mis hombros, exponiendo mis tetas al viento salino. Sentí sus bocas en mí: Carlos chupando un pezón, Javier el otro. El sonido de sus lenguas húmedas, mis jadeos entrecortados, el chapoteo lejano del mar... todo se mezclaba en una sinfonía de deseo.

—Qué rico estás, cabrón —le dije a Carlos, metiendo la mano en su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra, palpitando en mi palma. Javier gruñó, desabrochándose él mismo, y pronto las dos pollas estaban libres, gruesas, venosas, oliendo a hombre excitado.

Me arrodillé entre ellos, el mármol fresco bajo mis rodillas contrastando con el calor de sus cuerpos. Lamí primero a Carlos, saboreando la sal de su piel, el gusto almizclado de su pre-semen. Luego a Javier, más largo, curvado, que gemía "¡Ay, pinche Ana, chúpamela más hondo!". Alternaba, mis manos acariciando bolas pesadas, sintiendo cómo se tensaban. Ellos se miraban, riendo cómplices, y eso me encendió más. Esto es el seco trío perfecto, directo al grano, sin pendejadas.

Carlos me levantó, cargándome como si no pesara nada, y me llevó adentro, a la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Javier nos siguió, desnudo, su cuerpo atlético brillando bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. Me tumbaron boca arriba, y el asalto fue total. Carlos entre mis piernas, lamiendo mi clítoris hinchado, su lengua experta girando, chupando el néctar que brotaba de mí. Olía a sexo, a mi excitación dulce y salada. Javier besaba mi boca, sus dedos pellizcando mis pezones, enviando descargas eléctricas directo a mi centro.

No aguanto más, me voy a correr ya, pensé, arqueándome. Grité cuando el orgasmo me golpeó, olas de placer sacudiendo mi cuerpo, mis jugos empapando la cara de Carlos. Él sonrió, lamiéndose los labios.

—Ahora nos toca a nosotros, mi reina —dijo, posicionándose. Entró en mí de un empujón suave pero firme, llenándome hasta el fondo. Su verga gruesa estirándome, el roce delicioso contra mis paredes sensibles. Javier se arrodilló a mi lado, y yo lo mamé mientras Carlos me cogía, el ritmo constante, el sonido de piel contra piel retumbando en la habitación.

Cambiaron. Javier se hundió en mí, más profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.

"¡Más duro, wey! ¡Cógeme como puta!"
grité, perdida en el éxtasis. Carlos metió su verga en mi boca, follándome la garganta con cuidado, sus bolas golpeando mi barbilla. Sudábamos todos, el olor almizclado llenando el aire, mezclado con el perfume de las flores del jardín.

La intensidad subió. Me pusieron de rodillas, Javier detrás, embistiéndome con fuerza, sus manos en mis caderas dejando marcas rojas. Carlos debajo, chupando mis tetas mientras yo lo montaba a medias. Sentía sus dos vergas rozándose a través de mí, el calor doble, el placer duplicado. Grité su nombre, el de Javier, insultos sucios que los volvían locos: "¡Pendejos calientes, rómpanme!".

Javier se corrió primero, gruñendo como animal, su leche caliente llenándome, goteando por mis muslos. Eso disparó a Carlos, que se sacó y eyaculó en mis tetas, chorros espesos y calientes salpicando mi piel. Yo exploté de nuevo, el clítoris frotándose contra el cuerpo de Carlos, un orgasmo que me dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El mar seguía susurrando afuera, como aplaudiendo nuestro seco trío. Carlos me besó la frente, Javier acarició mi cabello.

—Fue chingón, ¿verdad? —murmuró Carlos, su voz ronca de satisfacción.

Sonreí, el cuerpo lánguido, lleno de ellos. Nunca había sentido algo tan crudo, tan perfecto. En el afterglow, con sus brazos rodeándome, supe que esto no era el fin, solo el principio de más noches así. El deseo se había liberado, dejando un lazo más fuerte entre nosotros tres. Mañana la playa nos esperaría, pero esta noche, en la villa perfumada de sexo y tequila, éramos uno solo.

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